Desde los albores de la humanidad, cuando los hombres comenzaron a dar sus primeros pasos sobre la tierra, casi siempre ha existido la rivalidad entre hermanos. Y esta se agrava cuando está de por medio el amor apasionado por una mujer hermosa, la codicia por alcanzar riquezas, el deseo de ser el predilecto por los padres o por un personaje importante y el afán desmedido de aferrarse al poder público indefinidamente.
En las sagradas escrituras, en el IV capítulo del Génesis, se hace un relato bastante detallado de la rivalidad que tenían los hijos de Adán y Eva, Caín y Abel, que tuvo su fatal desenlace cuando el primero mató al segundo. Todo se originó porque el Señor de las naciones recibía con agrado las ofrendas de ganado que le ofrecía Abel y miraba con cierto desprecio las frutas y verduras que le llevaba Caín. Este último dedujo, maliciosamente, que si no eliminaba a su hermano de inmediato, perdería el control de la situación y emponzoñado por esa rivalidad lo asesinó.
En la Nicaragua reciente también hubo rivalidad entre hermanos por el poder público y entre los allegados al somocismo aún se considera que la muerte prematura de Luis Somoza impidió que este rompiera con su hermano Anastasio, ya que este último deseaba permanecer en el poder indefinidamente y fiel a la tradición de la dinastía somocista heredárselo a su hijo: el Chigüín. Se recuerda que cuando Anastasio asumió el poder, su hermano Luis comentó irónicamente: “El problema con mi hermano no es que suba, sino que baje”. De todas estas incidencias surgió el mito de que habían dos Somozas: Luis “el bueno” y Tacho “el malo”.
He traído todo esto a colación, porque veo con preocupación cómo algunos amigos periodistas, inconscientemente, están cayendo en la trampa de Humberto “el bueno” y Daniel “el malo” cuando ambos son la misma cosa. Esa actitud es peligrosísima porque atenta contra el futuro del pueblo nicaragüense que aspira a vivir en auténtica democracia y libertad. Tanto Luis Somoza como Humberto Ortega buscaban, cada cual en su tiempo, cambios de forma y no de fondo; cambios que asegurasen sus grandes intereses económicos producto del latrocinio y la rapiña; cambios, en fin, como los que señala Giuseppe Lampedusa en su muy conocido Gato-Pardo: “Cambiar las cosas para que todo siga igual”.
Humberto, en la década de los 80 del siglo pasado dijo en un discurso que “faltarían postes para colgar a todos los reaccionarios del Cosep” y en las reuniones de Sapoá, basadas en Esquipulas II, amenazó a los dirigentes de la Resistencia Nicaragüense con mandar a matarnos, pues según expresó: “Los brazos de la revolución son muy largos y pueden alcanzarlos donde estén”. No ha expresado siquiera su arrepentimiento por el genocidio de los misquitos que él ordenó y por muchas cosas más.
Humberto, quisiera que su hermano el dictador Daniel Ortega hiciera lo que Fidel Castro, quien cuando se sintió enfermo entregó el poder a su hermano Raúl. La verdad es que le ha dado muy buenos consejos a su hermano Daniel para mantenerse en el poder, pero se ha estrellado con el muro de la vicepresidenta Murillo que anda buscando lo mismo que él, con la diferencia de que ella tiene el sartén por el mango y él no tiene nada que ofrecer. Su desesperación estriba en que ve que el barco del FSLN está a punto de hundirse, que muchos de los bienes mal habidos los tendrá que devolver a sus legítimos dueños y de que tendrá que enfrentar la justicia por todos los desafueros que cometió en su carácter de jefe del Ejército Nacional.
En conclusión, los Ortega-Murillo han demostrado hasta la saciedad ser una familia sin escrúpulos, capaces de cualquier cosa con tal de seguir usurpando el poder, por lo que no me sorprendería que la represalia que dicen le fue recetada a Humberto por Rosario Murillo y las diatribas virulentas de su hermano contra él sean puro teatro, para poner en evidencia a los que están inconformes con el gobierno y abortar cualquier intento de implosión, que pueda sepultar para siempre los sueños de una dinastía de los Ortega Murillo en Nicaragua.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).