En el editorial de este lunes 3 de junio expusimos nuestra opinión de que la lucha armada es anacrónica e indeseable, si lo que se pretende es establecer la democracia. Nos referimos a ese tema por las declaraciones del exmagistrado sandinista-orteguista Rafael Solís, de que en la actualidad la lucha armada es la única vía posible para lograr el cambio de gobierno.
Además de que la lucha armada es extemporánea, nunca ha sido garantía de que quienes toman el poder por medio de la violencia no lo van a ejercer de la misma manera. Y por principios ningún gobierno que se basa en el uso de la fuerza puede ser democrático.
Eso no significa que en la historia de Nicaragua —tan fértil en dictaduras— la lucha armada no haya sido practicada o intentada en diversas ocasiones por demócratas que querían un cambio democrático. En el siglo pasado diversos movimientos y personalidades políticas democráticas recurrieron a la lucha armada para tratar de tomar el poder y establecer la democracia. Pero todos fracasaron en el intento y en algunos casos ni siquiera pudieron comenzar.
Podemos mencionar entre los más relevantes movimientos de lucha armada en busca de la democracia en el siglo 20, el de mina La India en 1947; la conspiración de abril de 1954; las guerrillas de Ramón Raudales, Manuel Díaz Sotelo y Julio Alonso en 1957, 1958 y 1959; la invasión de Olama y Mollejones, en 1959, que fue organizada y encabezada por Pedro Joaquín Chamorro Cardenal; el asalto a los cuarteles de Jinotepe y Diriamba, en 1960; y el intento de insurrección popular del 22 de enero de 1967. Esta fue la última intentona de lucha armada para conseguir la democracia, pues la que comenzó el FSLN en 1961 no tenía propósitos democráticos, sino revolucionarios marxistas como la revolución de Cuba.
Cabe mencionar también entre las experiencias de lucha armada con la intención de instaurar la democracia, que se realizaron o no llegaron a concretarse, el caso muy poco conocido de la “guerra de las muñecas”. Esta fue una aventura que sin éxito trató de organizar Manolo Morales Peralta en 1973, con un grupo de militantes políticos y sindicalistas socialcristianos. Adolfo Bonilla se refiere en su libro El gran Manolo a esa peripecia que denominamos “guerra de las muñecas” porque así llamaba Manolo a las armas de fuego que había conseguido para su plan de asaltar la hacienda El Retiro, la residencia de Anastasio Somoza Debayle convertida en casa presidencial a raíz del terremoto de Managua de diciembre de 1972.
De manera que no es cierto que solo los sandinistas practicaron la lucha armada contra el somocismo. También lo hicieron grupos políticos democráticos que anhelaban la democracia y no encontraron otro camino para buscarla. Pero es una ley de la política, que el poder que se conquista por medio de la lucha armada se ejerce también de manera violenta, lo cual es antidemocrático por naturaleza.
¿Acaso no ha habido suficiente experiencia de eso en Nicaragua?