La lucha armada es obsoleta e indeseable

En la extensa entrevista de más de 3,500 palabras publicada por LA PRENSA este domingo 2 de junio, Rafael Solís Cerda asegura que el camino a seguir para poner fin a la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo “no es el diálogo o la negociación”, sino la lucha armada.

Por su dilatada y protagónica trayectoria sandinista, que va desde guerrillero contra el somocismo hasta magistrado de la Corte Suprema de Justicia, pero ahora exiliado y víctima de la dictadura que contribuyó a imponer de manera determinante, la opinión de Solís Cerda tiene un peso particular, aunque no necesariamente capacidad de convencimiento precisamente por sus antecedentes.

De manera que lo dicho por Rafael Solís ha causado revuelo en la oposición exiliada que busca afanosamente el camino indicado para promover el cambio de régimen en el país, para sustituir la dictadura con un gobierno provisional de transición a la democracia.

Rafael Solís tiene razón, a nuestro juicio, al decir que con el régimen de Ortega y Murillo no hay ninguna posibilidad de diálogo y negociación para producir el cambio. En lo que no tiene razón es en su afirmación de que el único camino que queda es la lucha armada.

En realidad, el camino del diálogo, la negociación y los acuerdos para un cambio democrático está cerrado actualmente por el régimen que lo rechaza tajantemente, pues sus líderes  creen que el poder les pertenece para siempre y que es hereditario.

Pero no por eso se debe optar por la lucha armada como única salida. Esto no puede ser aceptable para quienes son demócratas genuinos y por lo consiguiente luchan por una república democrática.

En la concepción democrática de la  lucha política las formas de lucha deben corresponder con el contenido. Si lo que se quiere y busca es libertad y  democracia, las formas de lucha para conseguirlas necesariamente tienen que ser democráticas. No cabe aquí la regla política amoral de que el fin justifica los medios. Ahora bien, si lo que se pretende es tomar el poder para establecer cualquier clase de régimen, incluso una dictadura peor que la derrocada, entonces sí que es lógico optar por cualquier forma de lucha armada, incluso el terrorismo.

Pero además como estrategia política la lucha armada es obsoleta, es cosa del pasado. En la nueva situación internacional de América Latina ningún país está dispuesto a apoyarla como se hacía en el pasado. Y sin apoyo exterior la lucha armada no puede tener éxito y cualquier intento que se haga degenera inevitablemente en acciones terroristas.

 “La lucha armada como instrumento de transformación de la sociedad ha quedado relegada por los cambios históricos”, escribe en un ensayo sobre el tema el investigador español de izquierda Javier Colomo Ugarte. Y advierte que ahora “la lucha armada para cambiar gobiernos la protagonizan solamente quienes persiguen intereses de grupos tribales o de poderes facciosos, instrumentalizando el sectarismo religioso como acontece en algunos países del centro y norte de África, particularmente en Siria e Irak”. Y en el Cercano Oriente, hay que añadir.

Pero, además, los que mediante la  lucha armada tomaron el poder después de derrocar a un régimen, lo que hicieron fue imponer otra dictadura peor que la anterior. De manera que ahora sería una inmensa insensatez volver a cometer el error histórico de recurrir otra vez a la lucha armada, como ha propuesto  Rafael Solís en sus controversiales declaraciones para LA PRENSA.

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