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Desde antes que el orteguismo llegara al poder, su aparataje propagandístico controlado por su consorte Rosario Murillo ha buscado cómo exaltar la imagen del dictador poniéndolo como una persona mesiánica.
Daniel Ortega nunca fue el gran guerrillero. Tampoco sus acciones militares fueron destacadas, pero el afán de convertirlo en un héroe de la Revolución Sandinista participando en las acciones guerrilleras de esa época ha sido el andamiaje para colocarlo en un lugar importante de la historia con el propósito de que sus adeptos, sobre todo en la población más joven, se coman ese cuento.
En los años de la revolución el culto a los nueve comandantes era excesivo. Los comandantes de la Dirección Nacional eran como dioses del Olimpo. Tomás Borge en una entrevista al semanario internacional Tiempos del Mundo llegó a decir que en esa época “había gente que estaba dispuesta a besarle los pies a los comandantes”, porque la Revolución eran ellos. A finales de los ochenta todos estos egos se desvanecieron con la derrota electoral.
Cuando Ortega llegó nuevamente al poder, su esposa Rosario Murillo se empeñó en idealizar su imagen, creando un enorme culto de magnanimidad hacia su persona. Con la cooperación de Venezuela crearon proyectos sociales para ampliar su clientelismo político como Hambre Cero, Usura Cero y Plan Techo, donde las personas beneficiadas repetían: “Gracias al comandante Daniel y a la compañera Rosario Murillo por restituir nuestros derechos ciudadanos”.
Como si eso fuera poco, en el año 2016 empezaron a aparecer por todos lados las fotos de Rosario Murillo como la compañera de fórmula presidencial de su esposo Daniel Ortega y nuevamente, al igual que las arbolatas, las gigantografías inundaron todo el país alimentando el ego de los dictadores. También crearon sus propios medios de comunicación donde todos los días en sus programas sale al aire la propaganda hacia Ortega y su mujer que son cargadas de reverencia y adulación.
El culto a la personalidad no es solamente de los regímenes de izquierda, también lo han hecho regímenes de derecha, como el mismo caso del fundador de la dinastía Anastasio Somoza García cuando mandó a construir un monumento ecuestre en el antiguo Estadio Nacional de Beisbol. Lo mismo hizo su hijo cuando en el cerro Motastepe de la capital puso su apellido en gigantescas letras blancas con su lema de campaña “Somoza es más viviendas”.
En los 11 principios de la propaganda nazi de Joseph Goebbels, específicamente en el que abordaba el principio de la vulgarización, decía lo siguiente: “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.










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