Este año murió mi abuela. Lloré en silencio y a más de 3,000 kilómetros de distancia. No le pude decir adiós, aunque para mi consuelo todavía en mi cumpleaños 29 pude platicar con ella por la magia del celular ¡Qué viva la telefonía! Diría Drexler. Su muerte me hizo recordar cuando pequeño salía de clases y pasaba las tardes en su casa. Había un programa especial que siempre miraba: Sportcenter de ESPN. En mi casa no teníamos servicio de cable. Crecí sin ver Cartoon Network y Nickelodeon, pero a veces montaba mi bicicleta y en otras ocasiones caminaba más de dos kilómetros para “visitarla”, y lo digo entre comillas porque la excusa era esa, la realidad: ver ESPN.
Nunca imaginé siquiera tener la posibilidad de algún día trabajar para ESPN. Ese sueño se veía imposible, sin embargo, Dios y sus designios jamás los entenderemos. Desde agosto de 2021 me vi obligado a quedarme en Estados Unidos, un país el cual jamás pensé vivir. Mi vida pasó a ser “un día a la vez”, me convertí en un superviviente y nunca desistí de hacer lo que más me gustaba: escribir de deportes.
En ese vaivén de la vida, la profesión de escritor y editor en LA PRENSA me mantuvo a flote, galvanizando mi mente, tranquilizando mis sentidos y alimentando mi resistencia ante las complicaciones inesperadas de la vida. Ahora con lágrimas en los ojos mientras escribo, me toca decir adiós. Me mudo de casa. Hay utopías que se convierten en realidad: seré parte de una nueva familia en Bristol, Connecticut, en las oficinas centrales de ESPN, el líder mundial en deportes.
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Crecí como la mayoría de nicaragüenses, con limitaciones económicas, pero tuve la dicha de tener dos padres extraordinarios que no dejaron que esas limitantes también fueran mentales. Pude estudiar becado en la UCA, la Fundación Carolina me seleccionó para una maestría en España, desde los 16 años empecé a trabajar en la radio con Edgar Tijerino (a quien admiro y quiero como a un segundo padre) y a partir de los 19 años salté a LA PRENSA cuando Edgard Rodríguez creyó ciegamente en mí. En enero cumplí 10 años en este periódico y cuatro años como editor de deportes, cargo que Eduardo Enríquez confió a pesar de tener 25 años en ese momento, no se fijó en mi edad, sino en mi entrega y dedicación.
Ha sido una larga aventura de más alegrías que tristezas y hay ciclos que se deben cerrar para seguir creciendo. Siento que ha llegado mi hora de partir. Y en mi último día quisiera agradecer a esta gran familia que me formó y a cada lector que con sus exigencias contribuyeron a mi mejoría en la escritura. Toca volar para vivir un sueño, el de ESPN.