En circunstancias históricas como las de Nicaragua en la actualidad es comprensible que se apele a la esperanza como recurso emocional de sobrevivencia. Pero también como confianza en que la mala situación pasará tarde o temprano.
Por supuesto que, como lo hemos escrito en otras ocasiones, no es lo mismo la esperanza como cuestión de fe religiosa —una virtud teologal como se le llama en el lenguaje católico—, que la esperanza como expectativa política.
En el primer caso, el religioso, se espera alcanzar lo que desea y necesita por medio de la oración. En el segundo, el político, se tiene la convicción de que se puede alcanzar los objetivos propuestos por medio de la acción apropiada y perseverante, con la voluntad de convertir las derrotas en victorias y los reveses en éxitos.
Se asegura que la historia la escriben los vencedores, lo cual es cierto, pero solo relativamente. Al respecto, la politóloga venezolana Dayana Cristina Duzoglou Ledo escribe que “a lo largo de la vasta trama de la historia, la narrativa predominante ha sido labrada por la pluma de los vencedores. Sin embargo, tras los pliegues del tapiz universal yace un relato paralelo, uno que enaltece el espíritu indomable de aquellos que, pese a la derrota, lograron renacer de las cenizas para forjar un legado imperecedero y mostrar finalmente el triunfo de los vencidos”.
La motivación principal para convertir la derrota en victoria es la esperanza política, la convicción de que se está en el lado correcto de la historia, luchando por una causa justa y que, a pesar de las dificultades y los reveses, con el esfuerzo perseverante se podrá alcanzar los objetivos que se han propuesto.
Para eso es indispensable el análisis racional de la realidad en la que se vive y lucha, valorar objetivamente la correlación entre las propias fuerzas y las del adversario, determinar con realismo las tareas que es posible realizar en cada trecho del empinado y sinuoso camino que se debe recorrer para poder cambiar la situación y convertirse en una fuerza vencedora.
Después de una situación como la de Nicaragua en 2018, determinada por la gran rebelión ciudadana que no pudo triunfar y la despiadada represión estatal que le siguió y no termina hasta ahora, es imperiosamente necesario valorar con franqueza y lucidez la nueva realidad creada. Para poder delinear la estrategia y las tácticas correctas que se deben emplear para ir acercándose a la meta de recuperar la libertad y la democracia, hasta llegar a ella.
Como refiriéndose a Nicaragua, la mencionada politóloga venezolana escribe en un artículo de opinión que “aceptar la derrota con humildad y disposición para aprender es el primer paso hacia la grandeza. Cómo una sociedad o individuo procesa el infortunio determina su capacidad para resurgir de las cenizas con una fuerza renovada”.
Al respecto, menciona al líder surafricano de proyección mundial, Nelson Mandela, quien “pese a pasar 27 años encarcelado por el régimen del apartheid, supo canalizar esa amarga experiencia en una visión transformadora de reconciliación nacional… Tocar fondo, si bien puede ser doloroso, puede ser el impulso necesario para alcanzar las más altas cumbres”.
Obviamente se refiere a que la misma regla de la superación personal debe ser aplicada para ellos por los grupos o movimientos que quieren cambiar la situación de su país y luchan por hacerlo.