Cristina Bruno interpretando La Nica. CORTESÍA/Esteban Chinchilla

“La Nica”: una historia de amor, luto y migración

Esta es la historia de una argentina que se hizo “nica” por amor. La actriz Cristina Bruno ha retomado la bandera de su fallecido y recordado esposo, César Meléndez, “El Nica”. Ella ahora es “La Nica”.

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Sobre una tela blanca aparece una proyección de titulares de prensa y pintas callejeras: “Nicas hijueputas”, “Fuera nicas”, “El río San Juan es nica”. Acto seguido, una mujer delgada de cabello rubio, rizado y desaliñado, ropa sucia, rodillas ensangrentadas y brazos lodosos, aparece cojeando con una mochila a la espalda. Se trata de “Marilla” Espinoza, quien ha llegado al cuarto en donde vive tras una extenuante jornada laboral para quejarse con Cristo de sus desgracias.

Así comienza la obra de teatro El Inmigrante, La Nica, interpretada por la argentina Cristina Bruno Catania y creada por su esposo, el actor nicaragüense César Meléndez, fallecido en diciembre de 2016 a los 51 años, tras padecer una grave enfermedad.

Cuando nació esta obra en 1999, Meléndez interpretaba a José Mejía Espinoza, El Nica, y tras su muerte, su esposa Bruno decidió adaptarla al género femenino, La Nica, y así se convirtió en María Espinoza o “la Marilla”, a como se presenta ella dejando atrás su marcado acento argentino y emulando un particular acento nica cuando está sobre el escenario.

La obra creada por Meléndez, y ahora interpretada por Bruno, habla sobre la tragedia alrededor de una migrante nicaragüense en Costa Rica víctima de explotación laboral, xenofobia, discriminación y muchas cosas más que va contando a una imagen de Cristo que tiene en su cuarto.

Además de su propio drama, también saca a relucir el del país que la alberga, así como el del que dejó atrás, en un repaso emotivo en el que los espectadores pasan de las carcajadas al llanto y del sollozo al autorreconocimiento. “A mí me pasó eso”; “Es cierto”; “Así igualito me pasó a mí”; se escucha entre las butacas.

Para la actriz también ha sido un vaivén de emociones. No ha sido fácil para ella montar esta obra después de que por más de 18 años ayudó a su esposo con la creación, montaje, y demás aspectos logísticos, y tras haberla engavetado para sobrellevar el luto por el fallecimiento de Meléndez, un día se dijo a sí misma: “Yo no puedo dejar olvidado esto por honor a César y por la situación que todavía es espantosamente urgente”.

Amor de teatro

Cristina Bruno tiene 43 años. Lleva el teatro en la sangre. Nació y creció en medio de una familia de artistas en Santa Fe, Argentina. Es la menor de cinco hermanos y en 1985, su madre, que era actriz y dramaturga, fundó la primera escuela de teatro para niños en Costa Rica. Bruno llegó a ese país junto a su madre ese año.

Jovencita entró a estudiar en el Taller Nacional de Teatro de Costa Rica y se graduó como profesora teatral y actriz. Luego, ingresó a la Universidad Nacional (UNA) para estudiar el bachillerato en Teatro, graduándose en 1999 y en ese año conoció al nicaragüense César Meléndez.

Él también tiene su historia de migración. Meléndez era originario del barrio Riguero, en Managua, y llegó a Costa Rica a inicios de los años setenta cuando tenía apenas 4 años y sus padres eran menores de edad. Su madre tenía 13 años y su padre 12, según contó el mismo Meléndez a la revista Magazine, en agosto de 2004.

“Mi papá se robó a mi mamá, entonces a donde nosotros íbamos allá llegaba el padrastro de mi mamá. Ya fuera en Rivas o Matagalpa. A todos lados llegaba”, relató, de manera que decidieron irse a Costa Rica y su padre empezó a trabajar como chofer de autobús y su madre como empleada doméstica.

Meléndez también trabajó desde pequeño. Fue cobrador de autobús, trabajó en supermercados, vendía juguetes y carne en las calles hasta que se abrió camino como cantante y posteriormente como actor.

Para 1999, cuando Bruno lo conoció, ambos eran parte del elenco de una obra y el sentimiento entre ellos nació como una crónica de amor anunciado. En aquella pieza teatral, el personaje de Meléndez era Santiago Nasar y ella era María Alejandrina, su amor platónico. La obra se llamaba Crónica de una muerte anunciada, inspirada en el libro de Gabriel García Márquez.

Bruno recuerda que empezó a salir con Meléndez y se hicieron novios. “Nos dimos cuenta que éramos muy afines. Teníamos muchos sueños y eso nos unió mucho más como pareja”, cuenta. Pronto fundaron el Teatro La Polea, y una de las primeras obras, y quizás de las más exitosas que crearon, fue El Nica.

César Meléndez cuando interpretaba a El Nica. ARCHIVO

“No seas nica”

Para aquellos años, explica Bruno, la xenofobia en Costa Rica hacia los nicaragüenses estaba muy presente. “Yo daba clases de teatro en un colegio y escuchaba muy frecuentemente que los chicos para ofenderse se decían: “No seas nica”.

Para entonces, un escritor costarricense llamado Rodrigo Soto escribió un artículo publicado en La Nación y titulado: “Yo también soy nica”. En este texto, Soto hace comparaciones entre ticos y nicas, y este le sirvió a Meléndez como base para crear su monólogo.

“Él se despertó una vez en medio de la noche y tenía seguramente todas las ideas y escribió y escribió, y al día siguiente me llama y me muestra lo que tenía, y ahí empezamos entre los dos a darle forma”, relata Bruno.

Una vez que se estrenó El Nica, las funciones no pararon. Fueron 16 años ininterrumpidos de presentaciones en distintos escenarios. Más de 2,500 funciones y solamente en Costa Rica, señala Bruno, fueron a 950 localidades, pero la obra también se presentó en Estados Unidos, España, Francia, Argentina y por supuesto en Nicaragua, en donde llegó a ser la obra más taquillera del Teatro Nacional Rubén Darío.

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Mientras Meléndez estuvo en el escenario en esos 16 años, Bruno estaba tras bambalinas arreglando la logística. Luces, maquillaje, vestuario, sonido, imprevistos, Todo eso hasta que El Nica no pudo presentarse más. César Meléndez falleció la madrugada del 16 de diciembre de 2016.

La Nica

Tras la muerte de Meléndez, Bruno tuvo un tiempo de mucho duelo y tuvo que plantearse qué hacer con la obra cumbre de su esposo en medio del luto por su pérdida. “César fallece un sábado en la madrugada y el lunes yo empiezo a recibir llamadas de gente, actores, dramaturgos que me pedían el texto, que me decían que querían hacer El Nica. Empezaron como a ofuscar”, relata.

Ella entendía el interés, pero puso un alto: “El único Nica que va a haber en la vida, decía yo en ese momento, es César”.

Tomó el texto y lo guardó con llave en un cajón. También guardó las grabaciones de la obra para que en un futuro, la hija de ambos, María Paz, quien tenía un año y diez meses de edad, pudiera ver a su padre cuando creciera.

En medio de su duelo, Bruno continuó con el Teatro La Polea y creando otras piezas hasta que un día de enero de 2018, despertó y se dio cuenta que no podía dejar engavetado el legado de su esposo. Sacó el texto y se dijo a sí misma: “Pero si yo soy La Nica”.

Estuvo ocho meses adaptando el texto al género femenino y cuando sintió que estaba listo, lo presentó en privado a sus compañeros de La Polea. Esa fue la primera puesta en escena de La Nica.

La adaptación, explica Bruno, además de cambiar algunos elementos al género femenino, se eliminaron otros que estaban descontextualizados y se agregaron algunos para enriquecer la pieza.

Con cosas más o cosas menos, la escenografía es casi la misma, y el vestuario es bastante similar, empezando por la icónica camisa del personaje con la leyenda “Costa Rica, Pura Vida”.

Cristina Bruno Catania tiene 43 años y desde pequeña se interesó por el arte. LA PRENSA/Óscar Navarrete

Con el tiempo y la anuencia de su compañeros de La Polea, La Nica se estrenó en otros espacios y teatros de prestigio en Costa Rica, pero cada función significaba una carga emotiva muy fuerte para la actriz. Primero por el duelo, pero también porque había personas que llegaban a compararla con Meléndez e incluso no reconocían su trabajo y la única referencia que tenían de ella era que se trataba de su esposa.

“Siempre fue para mí un orgullo ser la esposa de César cuando estaba vivo, pero luego me di cuenta cuando César ya no estaba, que la gente ya no me reconocía. Cuando me percato que me iban a ver para compararme cruelmente con un personaje masculino, con una fuerza actoral diferente a la mía, con una interpretación diferente, yo me di cuenta que me estaba causando daño y tuve que empezar a decir: sí, es de César, me basé en eso, le agradezco profundamente, pero ahora soy yo Teatro La Polea y ahora soy yo La Nica”.

Incluso había personas que le decían que estaba aprovechando la crisis política de abril de 2018 y la oleada de nicaragüenses hacia Costa Rica para tener mayor impacto en sus presentaciones.

Pero también hay espectadores que se han ido con muy buenas sensaciones, señala Bruno. Hasta han elogiado su acento nicaragüense y para ella es un “premio” que una mujer nica le haya preguntado después de una función en una comunidad fronteriza con Nicaragua llamada Cuatro Quesos que de qué parte de Nicaragua ella.

—Disculpe, yo no soy de Nicaragua. Yo soy argentina —respondió ella.

—¿En serio? Pero yo te juro que te oigo y sos nica.

Dice que no tuvo que practicarlo y atribuye la facilidad de imitarlo a los 18 años que convivió con Meléndez y su familia.

El legado de Meléndez

Después de pedir perdón por su nacionalidad, por llegar a buscar una vida mejor a un país ajeno, por escuchar a los Mejía Godoy y saberse de memoria a Rubén Darío, por comer tortillas de verdad. En fin, después de disculparse por ser nica, María Espinoza se prepara para dormir.

Se acuesta en su cama y el frío de San José la obliga a cobijarse con su Bandera de Nicaragua, pero el frío es tan intenso que tiene que buscar otra sábana. Se abriga con la Bandera de Costa Rica y suena: “Ay Nicaragua, Nicaragüita…”.

Se cierra el telón mientras el público rompe en aplausos. Todos de pie frente a La Nica. Algunos en llanto y otros empezando a hacer la fila para felicitar a la actriz, mientras ella no desaprovecha para recordar a César Meléndez y agradecerle a los espectadores.

Cristina Bruno no puede recordar a Meléndez sin emocionarse. Es casi visible el nudo en su garganta que le impide hablar sobre el gran amor de su vida.

“Fue un gran compañero de vida, con muchos sueños en común, con una ilusión de paternidad frustrada. Es un dolor que cargaré siempre”. Interrumpe brevemente para tomar aire y continúa con los ojos enrojecidos: “Un ser humano excepcional”.

Cristina Bruno junto a su hija María Paz quien ha mostrado tener interés en las artes escénicas. LA PRENSA/Óscar Navarrete

También lo recuerda como una persona muy bondadosa y que ayudaba a todo el que podía, incluso desconocidos, a veces hasta sacrificando muchas cosas para él mismo.

“Una vez lo senté”, cuenta Bruno.

—Es maravilloso lo que haces, pero ¿por qué?, ¿de dónde viene esa vocación tan generosa? —le preguntó.

—El que ha sufrido carencias de niño, puede ponerse en el lugar de los otros.

La hija de ambos, María Paz, tiene actualmente 9 años y su madre dice que desde muy pequeña ha demostrado su interés por el arte. Quiere ser cantante, bailarina y actriz. Le encantan los musicales.

Actualmente estudia en el Conservatorio de Castella, en Costa Rica, donde, además de las materias comunes de la primaria, le enseñan arte.

“No ha visto La Nica. Dice que no quiere verla porque no se siente preparada. Me imagino que debe tener una mezcla de recuerdos de su papá y dice que no le gusta cuando a la mamá la lastiman”, detalla Bruno.

Una vez un compañero actor de Bruno le preguntó a la niña qué quería ser cuando fuera grande. Con su inocencia, respondió:

—¡Qué pregunta! Yo voy a ser La Nica. Porque después cuando mi mamá no pueda y esté viejita, yo voy a seguir haciendo la obra.

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