La doble moral y la guerra de Gaza como problema nacional

LA PRENSA calificó como “doble moral” de la dictadura de Nicaragua sus beligerantes declaraciones de respaldo a las manifestaciones estudiantiles en Estados Unidos contra Israel y en favor de la resistencia palestina, “mientras soslaya la represión contra los estudiantes nicaragüenses en seis años de crisis sociopolítica”.

Por definición, la doble moral, también llamada doble rasero, es la actitud de una persona, grupo o institución que predica un determinado código de comportamiento, pero actúa de manera contraria. O sea que en realidad tienen dos códigos de conducta, uno que predican y el otro, opuesto o contrario, el que practican.

En el caso del régimen de Nicaragua, su doble moral ante la guerra de Gaza la determinan sus afinidades ideológicas y su naturaleza política. Se debe a que el grupo dominante del país liderado por Daniel Ortega tiene afinidad total con los movimientos palestinos, en particular con los más radicales como son Hamás, Hezbolá y la Jihad Islámica. Y al mismo tiempo odia también de manera absoluta a Israel, igual que esos movimientos extremistas palestinos, porque es el único  Estado libre y democrático en el Cercano Oriente.

Eso explica por qué un conflicto internacional como es la guerra de Gaza entre el Estado de Israel y el movimiento terrorista palestino Hamás, ha sido convertido en un problema político nacional de Nicaragua. Lo ha hecho el régimen de Daniel Ortega al alinear al Estado de Nicaragua como defensor beligerante de la causa palestina en general y en particular de la agrupación terrorista Hamás, que hace la guerra contra Israel con el objetivo de liquidarlo como Estado y nación.

La guerra en Gaza la comenzó Hamás con el alevoso y sanguinario ataque que perpetró el 7 de octubre del año pasado contra Israel. Los terroristas palestinos asesinaron a más de 1,400 personas civiles desarmadas, degollaron a varios bebés, violaron a numerosas mujeres y secuestraron a 245 personas, incluyendo a unos  30 niños.

De manera que la respuesta militar de Israel al ataque del movimiento terrorista palestino ha sido en legítima defensa, de conformidad con el derecho internacional. Sin embargo es evidente y no se puede negar que la reacción o contraataque de Israel ha sido desproporcionado y en la guerra que libra para tratar de exterminar a Hamás ha matado a miles de personas civiles, niños y ancianos.

De allí que los aliados de Israel, y en particular Estados Unidos, traten de persuadirlo de la necesidad de hacer compatible la defensa férrea de sus intereses y su derecho a existir, con un cuidado máximo por los derechos humanos de las personas que no son combatientes; así como procurar un acuerdo de  cese del fuego que dé oportunidad a buscar una paz digna.

Pero esto no se puede hacer desde la complicidad con los asesinos, como lo proponen los gobernantes amigos de los palestinos y afines a los terroristas. Las democracias del mundo no pueden asumir el relato del terrorismo islámico y transformar a la víctima en verdugo. Hacerlo sería renunciar a los valores fundamentales de libertad, democracia, justicia y paz con dignidad.

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