El martes 24 de abril se realizó en Venezuela la XXIII Cumbre del Alba, la asociación intergubernamental de gobiernos del llamado socialismo del siglo 21, en la cual participó Daniel Ortega de manera presencial.
Según informó LA PRENSA, en dicho evento Ortega repitió su habitual discurso de odio contra Estados Unidos y las democracias europeas. Además, calificó como “nazi-fascistas” a los gobernantes de Argentina y Ecuador, Javier Milei y Daniel Noboa respectivamente.
Es habitual que los políticos de la extrema izquierda autoritaria, gobernantes o no, acusen de “fascistas”, “nazi-fascistas” o “neonazis” a sus adversarios de derecha. Lo mismo hacen, pero al revés, los radicales de ultraderecha que califican como comunistas y totalitarios a toda la gente de izquierda, sin hacer distinciones.
Tanto los extremistas de izquierda como los de derecha usan el lenguaje como arma de lucha ideológica y política, distorsionándolo con el fin de denigrar y asesinar moralmente a sus adversarios y a todos los que no apoyen sus planteamientos y acciones.
El fascismo es un sistema de poder político que se basa en la centralización total del Estado, en el uso de la violencia y la fuerza como forma de gobierno, en la intolerancia a la oposición y el irrespeto absoluto a los derechos de los demás, inclusive el derecho a la vida.
Los presidentes Milei de Argentina y Noboa de Ecuador no pueden ser fascistas o nazi-fascistas, porque llegaron al poder por medio de elecciones libres y respetan la libertad de prensa, de organización social y de oposición política. Y sus economías se basan en la libertad de empresa y de iniciativa privada. Nada de eso puede haber en Estados fascistas o neonazis.
El nazismo es un fenómeno histórico particular de la Alemania de la tercera y cuarta década del siglo XX. Tenía componentes fascistas pero sobre todo se fundaba en el concepto de que los arios alemanes eran una raza superior que debía dominar e inclusive eliminar a los integrantes de las razas inferiores. Y aunque el nombre de nazi era un acrónimo de “nacional socialismo”, en la realidad era un sistema de dominación capitalista de la oligarquía económica más rica y poderosa.
Según los investigadores sociales y científicos políticos el fascismo sí tiene una clara identificación con el socialismo autoritario y totalitario. Al respecto el investigador político venezolano Rory Branker ha escrito que el socialismo marxista moviliza a la gente en base a clases sociales, mientras que el fascismo lo hace apelando a su identidad nacional, además de su clase. “Los fascistas son, por lo tanto,socialistas con una identidad nacional”, concluye Branker.
Eso es lo que explica por qué los sandinistas autoritarios que detentan el poder en Nicaragua proclaman que su Estado es socialista y usan un lenguaje ultranacionalista para adoctrinar y movilizar a sus masas. Sin embargo, en la práctica entregan el país a Rusia y China que son las nuevas potencias mundiales imperialistas y expansionistas.
Branker cita a Giovanni Gentile, el teórico del fascismo italiano quien sostenía que por un lado estaba la democracia liberal, “individualista y demasiado centrada en la libertad y los derechos de las personas, por lo tanto egoísta”. Y por otro lado estaba la “verdadera democracia” (el fascismo) “en la que los individuos voluntariamente se subordinan al Estado”.
En realidad de lo que se trata es de crear un Estado centralizador y opresivo que todo lo acapara y domina, que no tolera partidos políticos independientes ni organizaciones de sociedad civil que funcionen fuera de su control. Y en el cual la camarilla dirigente se enriquece obscenamente.