Nadie duda de la buena fe de Estados Unidos en apoyar la libertad y la democracia en Nicaragua a través de donaciones económicas para el fortalecimiento de las instituciones de la sociedad civil y para que estas a su vez realicen seminarios y proyectos de capacitación política en materia de valores y principios para una sociedad libre.
Hasta ahí las cosas van bien, pero lamentablemente, las instituciones de este tipo que han recibido millones de dólares no han utilizado estos fondos como debe ser. Y esto ya no se trata de que cuando el río suena es que piedras trae, ya que es un eco de alta resonancia en diversos sectores que dichos recursos, además de no haber tenido mayores incidencias en el agitado proceso de lucha contra la dictadura de Daniel Ortega y su implantación totalitaria, han sido utilizados para derroche hotelero, turismo político y banalidades personales por parte de muchos de dichos “opositores”.
Recientemente, congresistas y senadores de Estados Unidos, miembros del Partido Republicano como Mario Diaz-Balart, María Elvira Salazar y Carlos Jiménez anunciaron el suministro de quince millones de dólares para la “oposición” de Nicaragua, lo que inmediatamente despertó altas suspicacias, incomodidad y hasta rechazo de sectores nicaragüenses que —no solo desde 2018 cuando reventó la insurrección popular motivada por los ancianos a quienes se les quiso rebajar aún más sus miserables jubilaciones y por los jóvenes que protestaban sobre todo frente a la sede del Consejo Supremo Electoral en Managua ante tantos abusos electorales—, han mantenido una lucha sistemática dentro y fuera del país y jamás han recibido, en base a la reciprocidad, un centavo de parte de las autoridades norteamericanas. ¿Favoritismos en la Patria de Lincoln?
Parece ser que Estados Unidos aun con todas sus buenas voluntades, no logra tener una información de primera mano de cuanto ocurre en Nicaragua y de quién es quién en esta desigual batalla entre la búsqueda de la libertad y el totalitarismo. Tener buenas intenciones no lo es todo, y, tomando en cuenta que toda la cooperación internacional emana de sus impuestos, deberían ser más cuidadosos en este tipo de desembolsos. Veamos dos casos.
El primero con la cooperación a las oenegés que surgieron en 1990 después de la derrota electoral del sandinismo y que en gran parte, sus directivos provienen del régimen, quienes al no tener ya el poder, vieron en dichas instituciones la oportunidad de transferir propiedades (como las hechas a través del colosal y descarado robo de la “piñata”). Es asombrosa la cantidad de estas organizaciones, teniendo entre sus fundadores a miembros que pertenecieron a la cúpula del sandinismo, hasta comandantes de menores rangos y militantes en general.
Basta saber quiénes son los auténticos dueños del Instituto para la Democracia (Ipade), el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), la Popol Na o el Centro de Investigaciones de la Comunicación (Cinco), para saber que es parte de la misma dirigencia del sandinismo, que tanto daño hizo, que se prestó a ser un subdesarrollado satélite de la confrontación Este-Oeste en la Guerra Fría y que llamó al yankee “enemigo de la humanidad”, el cual ha creado verdaderos monopolios de oenegés beneficiándose de los fondos en este caso de Estados Unidos a quienes atacaban y vituperaban horrorosamente en los 80.
Después, ya en el 2018 surgió un desbarajuste mayor de estas organizaciones sandinistas, mezcladas con otras, primero dentro del país y posteriormente, sobre todo en Costa Rica, en las que han tomado preeminencia la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, la Articulación de Movimientos Sociales y la Unidad Azul y Blanco. Al día de hoy es prácticamente imposible evaluar estos hongos crepitantes y ralos de masas, pues frecuentemente mutan, se desbaratan y surgen bajo otros nombres, producto de sus propias crisis.
Por otra parte algunas de estas entidades fueron cerradas por el propio Ortega, pasándole la cuenta a sus viejos compinches, pero han renacido fructíferamente con otros nombres en otros países, siempre bendecidas por la danza de millones ya sea de Europa o de Estados Unidos.
El caso de la sociedad civil de derecha es absolutamente deprimente. Al menos sobrevive una pequeña pero significativa estructura del Frente Democrático Nicaragüense (FDN) creado por la Contra en los primeros años de la lucha armada contra el sandinismo, algunas escasas organizaciones de sociedad civil tanto en Costa Rica como en Estados Unidos y una incipiente oposición política partidaria de derecha en Nicaragua y en la diáspora.
La señora Muñeca Fuentes, en ese acto en Washington en el que se anunció el nuevo desembolso, tomó la palabra y les pidió a los senadores y congresistas que tuviesen más cuidado para ver a quiénes entregan ese dinero, pues argumentó que había en la “oposición” infiltrados, lo que es cierto, pues muchos de esta instancia están coludidos con el sector privado y otras entidades del eslabón nacional que buscan el famoso aterrizaje suave, quienes como el grupo Monteverde, se oponen a que se arrecie la represión contra el régimen de Managua.
Ojalá que esos nuevos fondos no sean administrados por el Instituto Republicano Internacional (IRI), fundado por Ronald Reagan y paradójicamente tomado por el sandinismo del MRS ahora Unamos.
Pero además de esos y otros infiltrados, también están los “opositores” incompetentes, fracasados y viciados, tan colmilludos como la clase política tradicional que supuestamente rechazan. No se trata de decir “no le des a aquel dale a este”, se trata de saber que chorrea sangre tanta indolencia ante una realidad dolorosa y lamentable como la que vive el pueblo de Nicaragua, a esa pobre nación que quieren volver a gobernar estos mismos personajes de la “sociedad civil opositora” en mención.
El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista Internacional.