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Fraudes electorales y farsas electorales

Elecciones” como las del 15 y el 17 de marzo recién pasado en Rusia y  las que habrá el próximo 28 de julio en Venezuela los comentaristas políticos las denominan fraudes electorales, pero también farsas electorales. Las llaman así porque no son elecciones democráticas y por lo tanto carecen de autenticidad y legitimidad.

¿Pero pueden ser fraudes y farsas electorales al mismo tiempo? El científico político latinoamericano de origen chileno y radicado en Alemania, Fernando Mires, responde a esta interrogante en un artículo titulado Elecciones dictatoriales que publicó el 22 de marzo en su blog, Polis: Política y Cultura.

A juicio de Mires, las elecciones de marzo pasado en Rusia fueron una farsa, “como suele ocurrir bajo todo régimen dictatorial”,  pero “no necesariamente un fraude”. Explica que farsa y fraude “aluden a significados diferentes… Un fraude aparece cuando un Gobierno ha robado los votos o se adjudica votos inexistentes. Una farsa en cambio, es un procedimiento mediante el cual las elecciones, fraudulentas o no, persiguen un objetivo, y este no es otro que el de servir como consagración ritual a un poder antidemocrático…”

En Nicaragua un típico fraude electoral fue el que perpetró el general Anastasio Somoza García en 1947. En las elecciones del 2 de febrero de ese año el candidato de la oposición, Enoc Aguado, obtuvo en las urnas la mayoría de los votos, pero el tribunal electoral controlado por el Gobierno contó los votos al revés y le asignó la mayor parte a Leonardo Argüello, el candidato oficialista perdedor.

El plan del general Somoza García era manejar al  presidente Leonardo Argüello como un títere, pero este, una vez instalado en la Presidencia proclamó que gobernaría  de manera independiente. Entonces Somoza lo derrocó apenas 27 días después de la toma de posesión.

En cuanto a farsas electorales, en el contexto nicaragüense un caso claro también en la época del somocismo fue la montada el  3 de febrero de 1957, cuando el tribunal electoral somocista le asignó a Luis Somoza Debayle el 89.25 por ciento de los votos. Y en la época actual basta mencionar la del 7 de noviembre de 2021, cuando con todos los precandidatos de la oposición encarcelados el Consejo Supremo Electoral le asignó a Daniel Ortega el 75.92 por ciento de los sufragios.

Según Fernando Mires, los dictadores no necesitan hacer fraudes electorales, les basta con las farsas electorales porque ellos se sostienen en el poder por medio de la fuerza. La explicación, dice, es que  “ningún dictador piensa que él es un dictador, sino un hombre elegido por su pueblo, algo así como un mesías no bíblico. Pero esa creencia, para que sea más creíble, requiere ser verificada. ¿Ante qué? Antes que nada, ante la propia dictadura”.

“Los dictadores —agrega—,  así como todos los dueños del poder, saben que el poder tiene por lo menos dos dimensiones, el de la violencia y el de la legitimidad. Por esa misma razón los dictadores necesitan asegurarse de que el poder-violencia que aplican proviene del poder de la legitimidad o, lo que es peor, los dictadores buscan ser temidos, pero también —digamos con Maquiavelo— amados por sus pueblos. Y aunque parezca increíble, en muchos casos lo son. Más todavía: los más terribles dictadores suelen ser más amados que los mejores gobernantes democráticos quienes, en el mejor de los casos, solo son respetados. A su vez, los dictadores suelen amar a sus pueblos, o a lo que se imaginan son ´sus pueblos´”.

Es que “los pueblos no son democráticos por definición”, advierte Fernando Mires. Una gran verdad que ha sido comprobada una y otra vez a lo largo de la historia, pero no se suele reconocer.  

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