Para seguir opinando

El zoroastrismo fue y sigue siendo la primera religión monoteísta documentada, que introdujo los conceptos de la dualidad del bien y el mal, el cuerpo y el alma, la existencia de espíritus, el libre albedrío, un mesías, el fin de los tiempos, la resurrección de los muertos, el juicio final, y el premio o el castigo, nociones referidas posteriormente en el judaísmo de los fariseos, el cristianismo primitivo, el catolicismo y el protestantismo, entre otras religiones.  

El zoroastrismo (mazdeísmo) fue trasladado por comunidades persas a la vecina India y a otros territorios, cuando los musulmanes conquistadores pretendieron la conversión de los persas al islam. Hoy la comunidad zoroástrica es pequeña pero estable y próspera. No están interesados en convertir a nadie fuera de su comunidad, son respetuosos de otras creencias porque esa es la enseñanza de su profeta Zoroastro (Zaratustra), el de Así habló Zaratustra, de Nietzsche, el profeta de Ahura Mazda, el Dios creador y supremo entre los demás.

Su símbolo cosmogónico es el fuego y los sacerdotes no hacen sacrificios de animales ni de otro orden. En esto y más se adelantaron a los hebreos. ¿Tienen presente la leyenda de Isaac y su hijo Jacob? Zoroastro ya había superado ese estadio de las creencias populares. ¿Cómo lo hizo? Se retiró a meditar para recibir la revelación, como Mahoma mil quinientos años después. Cuando Zoroastro comenzó a predicar en público, tuvo que lidiar con los sacerdotes politeístas de los distintos templos. Los sacerdotes vivían de sus dioses por lo que cada templo y culto significaba ingresos, hasta que el mazdeísmo fue decretado religión del Estado en el Irán persa aqueménida, en el siglo VII a.C., y solo para Persia, no para todo el imperio.

No hay certezas sobre la biografía de Zoroastro, con la salvedad que las alabanzas para el culto y las enseñanzas del profeta fueron trasmitidas de forma oral por algo así como mil años. No fue hasta el siglo VII a.C. que se redactó el Avesta en su versión definitiva, en idioma indoiraniano, el libro sagrado del mazdeísmo. El Antiguo Testamento de la Biblia hebrea fue redactado en hebreo antiguo, y aprobado por los rabinos durante su cautiverio en Babilonia, cuando ya habían entrado en contacto con las enseñanzas de Zoroastro y rechazadas las de los sacerdotes del poderoso Marduk, el dios principal de los babilonios, ordenador del caos y creador, como se concebía al dios principal en Mesopotamia. La competencia entre los dioses por el territorio debió haber sido feroz, porque en el Pentateuco se da testimonio de la rivalidad entre los sacerdotes de Yahvé y los de Baal, otro nombre regional para Marduk.

Por su parte Mahoma le dictó sus revelaciones a los memoriones en el siglo VII d.C., y los textos fueron escritos y compilados en árabe (idioma semita como el hebreo), cuando los árabes del desierto aprendieron a leer y a escribir. Omar, el segundo califa después de Abu Bakr, ordenó destruir todo escrito y fragmento disperso, para que su Corán fuese el único del reino (una religión, una ley, un rey). Nada nuevo, pero después aparecieron otras versiones y Omar fue asesinado y sustituido, hasta que se llegó a la escisión entre sunitas y chiitas. Fue algo así como la escisión entre el cristianismo de oriente y el de occidente en el 1054, cuando el patriarca de Constantinopla excomulgó al papa de Roma y viceversa.

La filología es muy compleja. Quién escribió qué, donde, cuándo, en que idioma y cómo se tradujeron las palabras y los conceptos a otros idiomas, o quién agregó o quitó algo en el transcurso del tiempo. La de los sacerdotes del pontifex maximus local no es la única versión del todo. Las enseñanzas religiosas han venido de la tradición oral antes de ser puestas por escrito en sus distintas variantes. ¿Por qué se nos sugiere, estimado lector, que solo existe la versión oral e incoherente de una sacerdotisa en un Estado perseguidor de los cristianos?  La respuesta que tiene en su mente es la correcta: una religión, una ley, un rey.

En el año 380 d. C. el emperador romano Teodosio emitió el Edicto de Tesalónica, por el que hizo del cristianismo niceno del 325, la religión oficial del Imperio Romano, y la única lícita, prohibiendo las demás. Comenzaron así las persecuciones de los cristianos contra los que llamaron paganos, los que creían en los dioses romanos, o cualquier otro, por convicción o por conveniencia.

Ambrosio, obispo de Milán (374-395), sentó las bases teológicas en las que se sustentaría la intolerancia religiosa del cristianismo: “El único Dios verdadero es el nuestro”, principio con que trató de refutar los argumentos del senador pagano Simmaco: “No se puede alcanzar a comprender tan gran misterio por un solo camino”. (En Ramón Teja, Del Edicto de Galerio al de Tesalónica o cuando el príncipe entró en la iglesia acompañado del diablo). Nótese que no se trataba de un romano pagano cualquiera, sino que de uno instruido en el pensamiento racional grecorromano, un senador, y por tanto un político que entendió que la era de las deidades mortales había llegado a su fin, el de los emperadores divinizados a la usanza oriental, pero que no era la hora del poder terrenal de los obispos, y esa hora llegó.

La luz y la oscuridad, el día y la noche. Imaginen la noche antes del fuego que no había sido inventado. Solo eran el Sol y la Luna, el hombre y la mujer, no había dioses ni semidioses LGTBI. Los dioses se reproducían de manera natural y no existía la píldora, de la que se aprovechó un profesor con su alumna de primer año, y ahora, viejito, es un predicador tragador de hostias.

Usted atribulado lector, ¿entiende algo de lo dicho hasta aquí y por qué la tengo con los conversos que han sido todo y su contrario? No se sienta mal, que todos estos son solo cuentos contados por un pagano, pero no de la religión de Estado que se quiere imponer, el del Sol y la Luna de tiempos remotos con una liturgia que pretende elevar al poder a un descendiente, listo para el siguiente acto en este teatro del absurdo.

“Y así voy, ciego y loco por este mundo amargo; a veces me parece que el camino es muy largo, y a veces que es muy corto”. (Rubén Darío).

El autor es doctor en Derecho.

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