Freddy Corea soltado una bola de nudillos (vea el agarre) en la parte final de su carrera con el San Fernando. LA PRENSA/OSCAR NAVARRETE

Los Dodgers querían a Freddy Corea, pero «alguien» le sugirió que buscara más dinero

En 1995 el espigado lanzador leonés estaba convertido en el mejor del país y tras brillar ante los cubanos, Mike Brito lo quería firmar, pero no se pudo

Hubo una época, muy breve por cierto, en la que Freddy Corea fue el mejor lanzador del país. Eso ocurrió entre 1995 y 1996. Nadie estaba delante de él, ni en el Pomares, ni en la Selección Nacional.

Había pasado de ser un muchacho alto e intrascendente que no logró estabilizarse con los Leones, a convertirse en un lanzador de calibre, buscado por los scouts y temido hasta por los bateadores cubanos.

De un modesto récord de 10-12 y 3.04 con el Carazo y el San Fernando, al que llegó de refuerzo en 1995, Freddy saltó a 14-1 y 2.72 en 1996, ya con la tropa de Masaya, que lo extrajo de Jinotepe y se quedó con él, a cambio de Francisco Castillo.

Y mientras eso ocurría, el tirador leonés de 22 años, 6’4 pies de estatura y 185 libras que lo hacían verse angosto, se volvía el “as” de la Selección, al extremo de impactar en Edmonton, Canadá, en el Preolímpico y luego en Cuba, en la Copa Intercontinental.

Su faena cumbre en ese 1995 fue un trabajo que hizo ante los cubanos en la Copa Intercontinental en La Habana. Llegó al noveno inning arriba 3-2, con siete ponches, en una presentación colosal.

Era el Cuba de Omar Linares, Orestes Kindeán, Antonio Pacheco y Lourdes Gurriel, entre otros y con aluminio. Pero José Luis Quiroz falló al relevo y Cuba ganó 4-3 en el décimo.

Corea terminó el torneo con 1-0 y 2.12, más ese juego sin decisión. Su victoria fue ante Corea del Sur, precisamente. Los scouts se le acercaron y le ofrecieron algo que un “asesor” valoró de muy poco y no firmó. “Las ofertas van a venir”, le dijo.

Sin embargo, luego del estelar 14-1 y 2.72, más 11 juegos completos con el San Fernando en 1996, más una victoria 7-2 ante Italia en los Juegos Olímpicos de Atlanta, lo que le vino a Corea fue una lesión y quedó en el aire.

En 1997 tuvo 8-8 y 5.72. Al año siguiente el problema creció. Solo lanzó en dos partidos y acumuló 2.2 innings con 16.85 en efectividad. Se habló de la gravedad de su problema y vino el drama.

El San Fernando lo botó y se unió al Bóer. En dos años en la tribu, en los que no lució bien, tuvo 7-8 y 7.24. Y para el año 2000, no lanzó. Pero ahí es cuando comienza lo que yo llamo su trabajo como obrero del box y no se rindió.

Se mantuvo entre las sombras, lejos del ruido periodístico y en la parte final de las rotaciones de los equipos en los que lanzó, pero no desistió, hasta retirarse con cifras respetables en su carrera.

Desde su lesión, ocurrida en 1997, hasta su último año como lanzador (2017), Freddy ganó 107 juegos y trabajó 1,464.2 innings. Y cada día se dijo que su brazo no servía, que “empujaba la bola”.

En realidad, lo que Corea hacía era lanzar forkball (bola de tenedor) y knucle ball (nudillos) y logró coleccionar marca de 140-117 y 3.88 en 1,978.2 episodios en su carrera. Un brazo malo no es capaz de hacer todo eso.

Es el octavo lanzador con más victorias en el beisbol nacional y uno de los más trabajados con sus 1,978.2 innings, pero sobre todo, fue un guerrero del montículo que nunca se dio por vencido, a pesar que se decía que estaba acabado.

El 1 de junio del 2005, cuando vistió la camiseta del Bóer por segunda ocasión, lanzó un partidazo ante el Rivas y se anotó la victoria. Ese día, lo vi lanzar tan fuerte como lo hacía en sus inicios.

Cuando lo busqué después del partido le comenté que vi muy mejorada su velocidad, como lo hacía en sus mejores tiempos, en los que llegó a lanzar hasta 93 millas y me impactó su respuesta.

«Ayer sepulté a mi papá y le prometí que hoy lanzaría lo mejor que podía en su honor»… Esa noche estaba como aquel día en el Estadio Latinoamericano de Cuba ante los cubanos, como un general en el box.

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