De derechos, libertades y libertinajes

Los periodistas y comunicadores de Nicaragua se han convertido en férreos defensores de los derechos humanos, pero sobre todo del derecho a la información, a la libertad de prensa y libertad de expresión.

Pero hay que señalar que en esta batalla se ha dado, irónicamente, un problema de “comunicación”. Se debe entender cuáles son los derechos, libertades y sus límites para no caer en el libertinaje.

El problema con la libertad de expresión es como dice Clint Eastwood “las opiniones son como los culos. Cada uno tiene el suyo”. No es que tener una opinión sea malo. Lo malo es cuando creemos que nuestra opinión es la única que debe existir.

Cuando en clases hablábamos de derechos y de límites, recuerdo decían que una cosa es libertad y otra cosa es libertinaje. Digamos entonces que existe un “libertinaje de expresión”. Decir lo que sale “sin filtro”, al punto de creer que lo que estamos por pronunciar será una verdad innegable e irrefutable.

Recientemente he pensado mucho en estos temas. Es libertinaje de expresión cuando una persona ofende a otra, en persona, por chat, por televisión, por el medio que sea y ante cualquier señalamiento se escuda en el derecho a decir “lo que quiera”.

Y por supuesto, me surge la pregunta de cuál debe ser el deber de las y los comunicadores en esta batalla. Me remonto a la base del periodismo cuando me decían que debíamos aprender a explicar los temas. Debíamos ser capaces de escribir para que nos entendiera el sobrinito de cinco años y la abuelita de sesenta.

Entonces cómo les explicamos a las audiencias el tema de los derechos, de las libertades y les señalamos el libertinaje sin herir susceptibilidades. Esa es la magia de la comunicación y para eso es que nos preparamos.

Rápidamente existen derechos humanos de diferentes generaciones. Existen los derechos civiles y políticos, entre ellos la libertad de expresión. Estos surgen con la idea de que todas y todos podamos participar en la sociedad, entonces un derecho se limita, donde comienza el de los demás. No se trata de decir lo que nos da la gana, se trata de dar nuestra opinión sin que esta afecte los derechos de los demás.

Los derechos de segunda generación incluyen los económicos, sociales y culturales. La libertad de expresión incluye expresar nuestra opinión a través del arte.

Quizá los conflictos en el ejercicio de los derechos y las dudas sobre hasta dónde llegan las libertades, es lo que lleva a los derechos humanos de tercera generación, en los que se destacan el derecho a la paz, a la autodeterminación y a un medio natural sano. No se trata de “doy mi opinión y que arda Troya”, ni de yo ocupo los recursos naturales porque es mi derecho y después que vea el resto qué hace.

Y a finales del siglo XX e inicios del siglo XXI se incluyen derechos de cuarta generación, los derechos digitales, que buscan el cumplimiento de derechos humanos en el mundo de la virtualidad. Porque si ya era grave decir lo que queremos y ofender sin pensar en las consecuencias, las cosas empeoran con plataformas que llevan la violación de un derecho a otros niveles, a otras audiencias.

Todos tenemos libertades, pero debemos procurar no caer en libertinaje y recordar que en el cumplimiento de los derechos humanos hay roles. Así como se los reclamamos a los Estados debemos de pensar desde mi posición, cómo garantizo, procuro, promuevo los derechos humanos, no solo los míos, sino de todos.

En este sentido es importante que cuando le decimos a alguien que está entendiendo mal la libertad de expresión, lo hagamos con argumentos y modos que permitan mostrar: uno nuestra labor de defensores de derechos humanos y en segundo lugar que somos comunicadores y aprendimos a manejar y usar la información.

Tener plataformas para ampliar nuestros derechos nos da más responsabilidad. Recuerdo cuando me decía que las injurias y calumnias tenían mayor condena si estaban en un medio de circulación nacional, haciendo cálculos en la audiencia. Ahora el tema de las audiencias es más referido a qué bien que nos ven más personas y no qué mal que mientras más me vean si digo algo que no está sustentado o afecta los derechos de otros el precio a pagar es mayor.

Aquellos con acceso a grandes audiencias tienen una mayor responsabilidad. Saber qué es una ofensa no es física nuclear. Pensar que es libertad y cerrarse en que tienen el derecho de decir lo que quieran es una muestra clara de libertinaje de expresión, el error es claro, aunque llamarlo de esta forma es más mi opinión.

La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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