En la mañana de este viernes 24 de noviembre tenía que comenzar la tregua temporal de 4 días, en la guerra de Gaza, y que los terroristas de Hamás dejaran en libertad a 50 de los 239 rehenes israelíes y de otras nacionalidades que mantienen en cautiverio.
Esas personas fueron secuestradas por los terroristas de Hamás el 7 de octubre pasado, cuando incursionaron en territorio de Israel y masacraron a más de mil doscientos civiles desarmados, entre ellos niños, mujeres y ancianos.
El secuestro de civiles pacíficos en los conflictos armados es calificado como “una práctica brutal y una violación horrenda de los derechos humanos fundamentales, como el de la libertad, la vida, la integridad personal y la dignidad”. Un crimen que se vuelve todavía más grave cuando los secuestrados o rehenes son seres inocentes, ajenos al conflicto, como es el caso de los israelíes y personas de otras nacionalidades secuestradas por los terroristas de Hamás.
La toma rehenes civiles inocentes es un crimen contra la humanidad tan antiguo como las mismas guerras y demás conflictos armados. Y sigue ocurriendo, a pesar de los innegables progresos civilizatorios en muchos campos de la existencia humana.
Para poner fin a esa práctica horrenda de violación de los derechos humanos, o al menos para reducirla, fue creado desde mediados del siglo pasado el derecho internacional humanitario, también llamado “derecho de guerra”.
Este derecho singular es definido por la Cruz Roja Internacional como “un conjunto de normas que, por razones humanitarias, trata de limitar los efectos de los conflictos armados. Protege a las personas que no participan o que ya no participan en los combates y limita los medios y métodos de hacer la guerra”.
Es un derecho que solo se aplica en los casos de guerras y otros conflictos armados y está contenido en cuatro Convenios internacionales, aprobados en Ginebra, Suiza, en 1949. Ampliado y enriquecido posteriormente con protocolos adicionales y otros convenios sobre temas específicos, como por ejemplo la prohibición del uso de armas bacteriológicas y de minas antipersonales.
Sin embargo, cuando se desencadenan las guerras y demás conflictos armados, muchos de los mismos Estados firmantes de los convenios sobre el derecho internacional humanitario, los ignoran y violan impunemente. Como lo está haciendo Rusia en la actualidad, en su guerra de agresión contra Ucrania, y como está ocurriendo en la guerra de Gaza.
En este último caso, la violación del derecho humanitario internacional o de guerra ha sido agravada por los terroristas de Hamás, porque de manera deliberada realizaron los ataques del 7 de octubre y asesinaron a muchas personas y tomaron numerosos rehenes, para provocar la terrible guerra que ahora está ocurriendo. Ellos eran conscientes de que Israel reaccionaría como lo ha hecho, es decir, con un ataque total y despiadado contra la Franja de Gaza, que ha causado la muerte a una enorme cantidad de civiles palestinos, incluyendo niños y ancianos. Además, los terroristas de Hamás han usado masivamente a la población civil como escudo humano, y utilizado hospitales, escuelas, jardines infantiles y complejos residenciales, como centros de operaciones militares y guaridas de combatientes armados. Ellos querían que la represalia de Israel causara la mayor cantidad posible de muertes civiles, para usar esto como arma de propaganda contra sus odiados enemigos judíos a quienes han jurado combatirlos hasta exterminarlos.
Muy bien dijo en una ocasión la primera ministra de Israel, Golda Meir (1898-1978), que “la paz llegará cuando los palestinos amen a sus hijos más de lo que nos odian a los judíos”.
Ella dijo una gran verdad. Al fin y al cabo, la única solución a ese conflicto hasta ahora interminable es que los palestinos y en general los árabes y musulmanes reconozcan el derecho del Estado de Israel a existir. Que formen por fin su propio Estado palestino y que israelíes y árabes, palestinos y judíos decidan coexistir y convivir en paz, con respeto a los derechos de cada pueblo y a los principios del derecho internacional.