Evidentemente no es por buscar un mayor beneficio económico para el país que el régimen lo está sacando de la órbita del Occidente capitalista y democrático, e insertándolo en la de China, que también es una gran potencia capitalista, pero no de libre competencia, sino de Estado y, peor todavía, autoritario.
En realidad, está claro que es solo ideológica la razón del régimen para sacar al país del ámbito del mundo democrático e insertarlo en el autoritario. Es por su afinidad con los sistemas políticos autocráticos de China, Rusia e Irán, y en particular porque estos son adversarios y enemigos —abiertos o solapados— de Estados Unidos y Europa Occidental.
De allí que al hacer estratégicos acuerdos con China, al régimen de Nicaragua no le importen los riesgos y perjuicios que implica migrar del ámbito económico occidental —donde ha estado desde que se constituyó como país independiente—, al del mundo no democrático que no ofrece las mismas posibilidades de relaciones económicas beneficiosas. Por el contrario, podría frenar el desarrollo económico del país y hacer más pobre a su gente.
Al respecto LA PRENSA ha publicado este martes 21 de noviembre, una interesante información sobre las compañías de China que han sido contratadas por el régimen de Nicaragua para financiar y ejecutar sus proyectos de desarrollo. “Esas empresas tienen un historial de corrupción y proyectos mal hechos en los países donde han pasado”, se dice en la información. Y menciona casos concretos ocurridos no solo en América Latina sino también en África y Asia.
Otras informaciones dan cuenta de que al menos una de las grandes empresas chinas contratadas por el régimen de Nicaragua ha sido procesada por corrupción en Bolivia y Ecuador, y “está sancionada por la banca multilateral de desarrollo por prácticas fraudulentas”.
El medio independiente de investigación periodística, Expediente Público, informa que otra de esas entidades empresariales chinas está vinculada “con una empresa señalada de presuntamente repartir sobornos; y una tercera está sancionada por el Departamento de Comercio de Estados Unidos por contribuir a la expansión militar del gigante asiático en el Mar de China Meridional”.
En general, la corrupción está asociada con los proyectos chinos de desarrollo en los países tercermundistas. En ese sentido la experta venezolana Beatriz de Majo ilustra en un artículo publicado en el periódico El Nacional, que uno de los grandes problemas de China es la corrupción en la implementación de sus proyectos de desarrollo en el extranjero. Pero también “las enormes deficiencias en el cumplimiento de las obras por incapacidad gerencial que se refleja en cementerios de construcciones inconclusas; los retrasos y sobrecostos y los impactos ambientales negativos de algunas o muchas de las obras”. E informa que de acuerdo con datos del Instituto Americano de Empresas de Washington, el “10 por ciento de las transacciones de todo el conjunto mundial de proyectos (de China) se encuentra ´en dificultades´”.
Hablando metafóricamente, los proyectos económicos y empresariales de China en Nicaragua son como una gota de agua en el mar, considerando que el monto de las inversiones chinas en el extranjero en la primera década de su Nueva Ruta de la Seda, asciende a un trillón de dólares, lo que expresado en cifras sería US$ 1,000,000,000,000,000,000, algo muy difícil que alcance en la mente de cualquier persona.
Sin embargo para el régimen de Nicaragua las promesas, proyectos e inversiones de China a cambio de su afiliación geopolítica son lo máximo, y prácticamente lo único que puede esperar de sus exóticos aliados internacionales, pues Rusia, Corea del Norte y Venezuela es poco o nada lo que le pueden ofrecer.
Sin embargo, por el interés del país y en particular de la gente nicaragüense, sinceramente quisiéramos que los acuerdos de Nicaragua con China no sean solo “cuentos chinos”, como dicen sus detractores, sino reales proyectos de desarrollo nacional. Aunque no puedan sustituir los volúmenes de intercambio comercial, inversiones directas e indirectas e inclusive las vitales remesas familiares que llegan de EE. UU. y Europa, que en gran medida sostienen la economía nacional.