Régimen dinástico y cultura política nicaragüense

La semana pasada fue muy comentada la noticia de que el acto oficial por la entrega de una nueva cantidad de buses procedentes de China para el servicio nacional de transporte colectivo, no fue presidido por el presidente Daniel Ortega, sino por su hijo, Laureano Ortega Murillo.

Como se sabe, Laureano Ortega Murillo es “asesor presidencial para las Inversiones, Comercio y Cooperación Internacional” y figura predominante en las negociaciones y acuerdos del régimen de Nicaragua con las grandes potencias China y Rusia.

LA PRENSA, al informar el miércoles 15 de noviembre que en la ceremonia de entrega de los autobuses chinos Daniel Ortega había sido sustituido por su hijo Laureano, incluyó en el titular de la información la frase interrogante: “¿Comienza la sucesión?”

Es que desde que en noviembre de 2021 desapareció en el país la posibilidad de un cambio de gobernante por medio de elecciones libres, en una competencia abierta de candidatos de distintos partidos, se viene comentando —o especulando, porque no hay  información verificada— que Laureano Ortega Murillo será el sucesor de su padre, Daniel Ortega, directamente o después de que transcurra un período o interinato de gobierno de su madre, la señora Rosario Murillo.

Al respecto, en el editorial de LA PRENSA del 2 de febrero de 2022, que fue titulado Nepotismo y régimen dinástico, se recordó que “el somocismo fue un régimen familiar que se convirtió en dinástico en septiembre de 1956, cuando al ser asesinado el dictador Anastasio Somoza García lo sustituyó en el poder su hijo, Luis Somoza Debayle. Y terminó en julio de 1979 con el derrocamiento del general Anastasio Somoza Debayle por medio de la insurrección armada encabezada por los sandinistas”.

El doctor Emilio Álvarez Montalván, en su obra clásica Cultura política nicaragüense dice que el “familismo” es un rasgo característico de la cultura política criolla, del cual se derivan sus corolarios de paternalismo, proteccionismo y nepotismo.

En realidad esos son defectos de la cultura política comunes en todas partes, solo que en algunos países se han podido superar mediante la educación cívica, mejorando los métodos de gobernar la sociedad, con controles institucionales y sociales del poder político y, en general, impulsando la modernización de los Estados y desarrollando democracias de calidad.

El profesor de Ciencias Políticas y Relaciones Internacional en la Universidad del Sur de California, Gerardo Munck, en un ensayo publicado en la revista en línea Política exterior señala que “los problemas más usuales, que afectan aproximadamente al 90 por ciento de la población latinoamericana se derivan del patrimonialismo de los gobernantes… de que el acceso a los cargos en el sector público se debe a conexiones políticas y familiares, y no a concursos abiertos donde prima el criterio del mérito…”

Por supuesto que eso es peor donde las personas que ostentan los máximos cargos del Estado no son elegidas por los ciudadanos de acuerdo con las reglas de la democracia representativa; y ejercen el poder de manera autocrática, caudillista, autoritaria o dictatorial.

Es que la democracia, a pesar de sus defectos e insuficiencias, al menos impide que los impulsos del familismo y los vicios del patrimonialismo y del nepotismo, conduzcan a regímenes dinásticos, o sea que los padres sean sustituidos en el poder por los hijos, como sucede en la siniestra República de Corea del Norte.

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