El 19 de noviembre próximo será un día triste para los nicaragüenses que valoramos la participación del país en el sistema interamericano como Estado miembro de la OEA. Nicaragua fue uno de los signatarios originales de la Carta de la OEA en Bogotá en abril de 1948, y depositó instrumentos de ratificación en 1950. Son casi tres cuartos de siglo en los que uno de los países más pequeños del hemisferio ha tenido voz y voto en igualdad de condiciones para todos los asuntos de los que se ha ocupado ese organismo intragubernamental.
También ha recibido apoyo en momentos clave de la historia: a finales de los años 70 para poner fin a la dictadura de los Somoza; en los 80 con los acuerdos de Sapoá y el camino hacia las elecciones de 1990, que devolvieron a Nicaragua la vía democrática; en la crisis constitucional de 2005; en elecciones presidenciales y municipales tras las cuales emitieron informes con sugerencias para reformas; y, por supuesto, la crisis que surgió en abril de 2018.
En la nota enviada por el gobierno de Nicaragua a la secretaría general en noviembre de 2021 denunciando la Carta de la OEA bajo su artículo 143, no se explica motivo, si bien no es difícil deducirlo de intervenciones de representantes y comunicaciones oficiales. Es probable que la mayoría del pueblo nicaragüense, que es el soberano según la Constitución Política en vigor, discrepe. Se logra más estando en los foros y participando activamente en su quehacer. Además, las obligaciones de Estado bajo acuerdos y tratados internacionales suscritos continúan, entre ellas las de la Convención Americana de Derechos Humanos o Pacto de San José, ratificado por Nicaragua en 1979.
Una ligera revista de comentarios en redes y medios devela la necesidad que hay de conocer a fondo lo que puede y no puede hacer la OEA. El primer artículo de su Carta constitutiva aclara que es una organización internacional desarrollada para “lograr un orden de paz y de justicia, fomentar su solidaridad, robustecer su colaboración y defender su soberanía, su integridad territorial y su independencia. Dentro de las Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos constituye un organismo regional.”
La OEA tiene únicamente las facultades que expresamente le confiere la Carta, ninguna de las cuales le autoriza a intervenir en asuntos de la jurisdicción interna de los Estados miembros, salvo si éstos lo solicitan. Su ethos es diplomático, no punitivo, y su principal herramienta es el consenso. En ningún momento puede ejercer de tribunal de justicia o entidad de gobierno supranacional. De allí que las expectativas expresadas por muchos nicaragüenses no hayan tenido nunca la posibilidad de cumplirse.
Tanto la secretaría general como los dos órganos políticos de la OEA han acompañado intensivamente a los nicaragüenses en los últimos cinco años y medio. Se han ocupado de los asuntos que han surgido y se han implicado en apoyar en la búsqueda de soluciones. A las cuales, la responsabilidad primordial en eso recae primordialmente en los ciudadanos nicaragüense y su gobierno. La OEA se comprometió a continuar dando atención especial, que complementará la que previsiblemente se seguirá prestando en otros foros y organismos a los que Nicaragua pertenece. No obstante, es de esperar que esta sea una pausa breve y que pronto pueda reincorporarse Nicaragua al organismo regional por excelencia del hemisferio occidental. Mientras tanto, muchas gracias a la OEA por todo.
El autor es J.D./LL.M. University of Wisconsin-Madison