Al cumplirse este martes 7 de noviembre un mes del horrendo ataque terrorista de Hamás contra Israel, y de la consiguiente guerra total que provocó en la Franja de Gaza, el secretario general de la Organización de Naciones Unidas (ONU), António Guterres, hizo un dramático llamado al cese del fuego.
Dos días antes, el domingo 5 de noviembre, también el papa Francisco pronunció en Roma una emotiva exhortación al cese de la guerra.
Pero igualmente Estados Unidos, por medio del presidente Joe Biden y el secretario de Estado, Antony Blinken, se han pronunciado por un alto al fuego en Gaza y han ido hasta Tel Aviv, la capital de Israel, no solo a patentizarle su apoyo total sino también a tratar de persuadir a las autoridades israelíes que acepten una tregua para llevar asistencia humanitaria a la gente de Gaza.
Por su parte, el premio nobel latinoamericano de literatura, Mario Vargas Llosa, en su última columna publicada en los medios informativos internacionales que tienen la suscripción, clamó contra la guerra en Gaza y mostró su asombro de que “nadie en posiciones de responsabilidad parezca pensar en que, en el peligro incierto de una victoria total, puede venir escondido un paquete de proyecciones que conducen, potencialmente, a la extinción de la vida humana”.
Lo que teme Vargas Llosa es que la guerra en Gaza pudiera desembocar en un conflicto bélico atómico. Por eso exclama: “¿Cuándo se nos irá la mano y estallaremos como si fuéramos pompas de jabón por la insensatez y la barbarie de políticos fanáticos y oscurantistas que desprecian la vida humana?” Y concluye preguntando: “¿Será la hora de un vasto movimiento mundial, en todas las grandes ciudades del globo, que sin asumir una causa local o particular, a pesar de que la razón anime más para un lado que para el otro, abogue, grite, reclame, la bendición de la paz genuina en un mundo de adelantos tan extraordinarios como destructivos?”
Pero lo cierto es que hay un vasto movimiento mundial de gobiernos y masas populares contra la guerra en Gaza, solo que dividido en dos bandos irreconciliables: uno beligerante y masivo que apoya incondicionalmente la causa palestina e increíblemente a los terroristas de Hamás; y el otro, mucho menos masivo y bastante más pacífico, que respalda a Israel y al pueblo judío.
Sin embargo, por la naturaleza del conflicto y el curso de la guerra, es prácticamente imposible un cese del fuego o una tregua en Gaza, ni siquiera por razones estrictamente humanitarias. Un conflicto bélico en desarrollo solo se detiene cuando las partes enfrentadas se ponen de acuerdo. O cuando una fuerza externa superior a ellos los obliga a cesar las hostilidades.
Pero ni la dirigencia de Hamás ni los gobernantes de Israel están dispuestos a aceptar un cese del fuego, ni hay una fuerza externa que los pudiera obligar.
Los dirigentes de Hamás no quieren ni aceptan el cese del fuego, porque a pesar de la inmensa tragedia que está sufriendo la población de Gaza por la guerra, ellos están convencidos de que su lucha solo se debe terminar cuando exterminen a Israel, no solo como Estado sino también como nación y gente.
Por su parte, Israel considera que un cese del fuego significaría una rendición de hecho ante las fuerzas terroristas de Hamás. Así lo ha dicho claramente el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. Una tregua o cese del fuego, sostiene el jefe de gobierno de Israel, le permitiría a Hamás recuperar fuerzas, reorganizarse y restablecer la capacidad armamentista que le es proveída desde el exterior, para seguir atacando a Israel.
Para los gobernantes israelíes el cese del fuego solo será posible cuando, primero, sean liberados los rehenes israelíes secuestrados por Hamás; segundo, la organización militar terrorista de Hamás sea destruida; y tercero, cuando la Franja de Gaza deje de ser una base de ataques contra el Estado y la población de Israel.
Destruir a Hamás no significa exterminar al pueblo palestino. Eso es imposible y no es el propósito de los israelíes, al contrario de los palestinos más extremistas, como Hamás y Hezbolá, que siguen obsesionados con la idea demencial de desaparecer a Israel y a los judíos.
El conflicto solo podrá terminar cuando ambos bandos acepten la existencia de dos Estados, uno Israelí y el otro palestino, cuyas naciones se toleren por fin para vivir o al menos coexistir en una paz duradera.