La prestigiosa revista española Política Exterior ha publicado un artículo titulado Una segunda Carta para las Naciones Unidas, escrito por Augusto López-Claros, director ejecutivo y presidente del centro de pensamiento Foro de Gobernanza Global.
López-Claros sostiene que la Organización de Naciones Unidas (ONU) está en un callejón sin salida. Lo cual parece ser confirmado por el fracaso del Consejo de Seguridad de la ONU —cuya función es impedir el estallido de conflictos bélicos, o solucionarlos si han estallado—, frente a la guerra en Gaza. Tras cuatro intentos fallidos no ha podido ni siquiera sacar una resolución sobre esa guerra que amenaza con incendiar toda la región del Cercano Oriente.
Es cierto que la Asamblea General de la ONU aprobó el viernes 27 de octubre un llamado al “cese de hostilidades” en Gaza, con 120 votos a favor, 14 en contra y 45 abstenciones. Pero es una declaración solo retórica. Pudo haber sido por lo menos más representativa, si como lo propusieron las representaciones de Canadá y Estados Unidos hubiera incluido una condena a la agresión terrorista de Hamás contra la población civil de Israel, el pasado 7 de octubre. En ese caso, el mismo Israel, aunque no la hubiera apoyado pudo haberse limitado a abstenerse en la votación. Pero la sensata propuesta de los países norteamericanos fue rechazada por la mayoría de gobiernos anti-israelíes.
Antes de eso, en los primeros días de octubre, mientras se desarrollaba el período de sesiones de la Asamblea General de la ONU que se reúne anualmente para escuchar los discursos sobre política internacional de los jefes de Estado y de Gobierno, el presidente de Ghana, Nana Akufo-Addo, reconoció que “no parece que tengamos valores compartidos en los que podamos estar de acuerdo, ni objetivos comunes a los que todos aspiremos”.
Ese criterio lo sostienen reconocidos analistas internacionales y expertos en la geopolítica global, quienes señalan que la ONU necesita una reforma de fondo para que pueda cumplir los propósitos que en 1945 motivaron su creación.
Por supuesto que no solo desde el lado democrático se menciona la necesidad de reformar a la ONU. Lo mismo se plantea, pero con propósitos distintos, desde el lado oscuro de las potencias autoritarias y sus aliados y súbditos. Los gobernantes democráticos quieren que la ONU sirva efectivamente para mantener la paz, fundada en la libertad y la democracia. Los otros pretenden que sea una plataforma de lucha política contra Estados Unidos y la Europa democrática.
La causa de la ineficacia de la ONU, según los analistas, es la regla del veto que impera en el Consejo de Seguridad, el único que puede tomar decisiones de cumplimiento obligatorio.
Al respecto, Augusto López-Claros recuerda en el artículo arriba mencionado que esa regla fue impuesta por Stalin, el déspota comunista de la antigua Unión Soviética, como condición para aprobar la constitución de la ONU. Refiere que “los soviéticos declararon que no se opondrían a un mecanismo de seguridad colectiva, siempre que se basara en la unanimidad de las grandes potencias (es decir, Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética y China) mediante el ejercicio de un veto. En otras palabras, mientras estos países puedan salvaguardar sus prerrogativas soberanas y no tener que someterse a obligaciones vinculantes a nivel internacional…”
Y así quedó. Porque al fin y al cabo la ONU es una asociación de Estados y gobiernos hegemonizada por las grandes potencias. No es una organización de pueblos cuyos intereses y aspiraciones sean representados realmente por sus gobernantes. O más bien dicho, por lo general son intereses y aspiraciones diferentes y opuestas.
De manera que es muy cierto lo que dijera el presidente ghanés. En la ONU, los Estados con regímenes autoritarios no tienen —ni pueden tener— valores compartidos ni objetivos comunes con aquellos países donde hay libertad, democracia y Estado de derecho.