La sorpresa de las elecciones presidenciales del pasado domingo 22 de octubre en Argentina fue que Javier Milei, el candidato libertario (o de ultraderecha como lo llaman los comentaristas y periodistas), quedó en segundo lugar de las votaciones, detrás de Sergio Massa, el candidato oficialista y de izquierda.
Fue una sorpresa porque en las elecciones primarias celebradas previamente Milei quedó en primer lugar, con una considerable ventaja sobre Massa. Además porque las encuestas anticipaban que Milei quedaría en primer lugar y que inclusive podría alzarse con la victoria en la primera vuelta.
La rifa electoral en Argentina es muy importante internacionalmente, porque ese país suramericano, hasta ahora gobernado por la izquierda peronista, es el tercero más grande de América Latina; y a pesar de sus graves debilidades económicas tiene una fuerte presencia e influencia mundial.
De manera que si Sergio Massa ganara la elección presidencial definitiva del 19 de noviembre, Argentina continuaría en la misma posición de izquierda, aunque con alguna moderación como el candidato peronista está prometiendo con el fin de sumar los votos que necesita para ganar.
Ahora bien, si Milei quedó debajo o detrás de Massa fue porque hasta el último momento mantuvo el discurso radical ultraderechista, grosero e intimidante. Milei asustó y preocupó a mucha gente que no es de izquierda ni peronista, la que quiere un cambio de rumbo en el país, pero no extremista y de ultraderecha.
Milei se equivocó de plano al creer que manteniendo y más bien reforzando su discurso extremista, quedaría en primer lugar e inclusive podría ganar la Presidencia de Argentina en la primera vuelta electoral. Se dejó llevar por sus propios impulsos irreflexivos o los consejos de algunos de sus más conspicuos asesores intelectuales, los que hablaron de que se había creado el “teorema de Milei” en sustitución del “teorema de Baglini”.
Para aclarar los términos debemos decir que el “teorema de Baglini” es un concepto político en Argentina, según el cual entre menos posibilidad de llegar al poder —por medio de elecciones competitivas, por supuesto—, más irresponsables son los planteamientos de los partidos y líderes que se inclinan a los extremos de izquierda o derecha.
Por el contrario, establece el “teorema de Baglini” que cuando más cercana ven la posibilidad de llegar al poder esos políticos y partidos se vuelven más sensatos, razonables y moderados con sus propuestas de gobierno.
Ese concepto político fue creado en 1986 por el político democrático argentino Raúl Baglini, cuyo partido Unión Cívica Radical fundado a fines del siglo 19 ha gobernado el país diez veces, en distintas ocasiones, con presidentes elegidos mediante el voto popular.
Los resultados electorales del 22 de octubre demostraron que el “teorema de Baglini” sigue siendo válido. Milei lo entendió y ahora ha moderado significativamente su discurso político e ideológico, con el fin de atraer los votos de la gente moderada de centro-derecha que necesita para ganar la elección presidencial el 19 de noviembre.
Resta decir que el “teorema de Baglini” no es válido solo para Argentina, su ámbito de validez es internacional puesto que aparte de las peculiaridades nacionales de cada país, la política y la conducta electoral de la gente es básicamente la misma en todas partes.
Por supuesto que eso es donde hay democracia y el poder se rifa en elecciones libres, no donde se impone por medio de la fuerza, y las farsas y fraudes electorales.