En su pronunciamiento sobre el cierre y confiscación de la Universidad Centroamericana (UCA) de Nicaragua, la Orden Jesuita para Centroamérica que tiene su sede en El Salvador ha dicho con palabras proféticas que “Dios es quien tiene la última palabra sobre la historia y la tendrá también sobre Nicaragua”.
La Compañía de Jesús u Orden Jesuita fundó la UCA de Nicaragua en 1960 y hasta este miércoles 16 agosto que el régimen la cerró y confiscó, fue su responsable académica, ética y religiosa llegando a colocarla en el primer lugar de todas las universidades de Nicaragua y una de las mejores de Centroamérica.
Desde que el 10 de agosto corriente se conoció que las cuentas bancarias de la UCA habían sido congeladas y sus bienes inmuebles inmovilizados, advertimos en este espacio editorial que eso era el primer paso en el tramo final hacia su cierre y confiscación.
“Ojalá que no fuera así –dijimos en el editorial del viernes 11 de agosto titulado La UCA y la Iglesia católica en el desarrollo de la educación superior– pero en la situación que prevalece en Nicaragua desde 2018 no hay motivos para ser optimistas. Solo podemos lamentar que la educación universitaria de calidad ha venido siendo socavada y que en esta desgracia la luminosa UCA puede desaparecer, no su nombre, pero sí su esencia y su fecunda trayectoria”.
Agregamos que eso podría ocurrir “por venganza del régimen, ya que la UCA protegió a los estudiantes en la rebelión popular democrática de abril de 2018; o por avance del proyecto estratégico de no dejar ningún espacio –o reducirlo al mínimo posible– de participación autónoma de la sociedad civil en las asuntos de importancia e interés público”.
Ahora el desgraciado hecho ha sido consumado. Es un golpe terrible a la educación general en Nicaragua y a la enseñanza universitaria de calidad y por tanto libre de la tutela del Estado y los partidos políticos. Un golpe demoledor a la libertad de cátedra y el derecho de estudiar sobre la base de sólidos principios científicos y morales; y a más de sesenta años de fecunda labor en los que ha graduado y posgraduado a los mejores profesionales de Nicaragua, incluyendo a muchos sandinistas.
Pero aquí no termina la historia de la UCA y menos la de Nicaragua. Al rechazar categóricamente la infame acusación de terrorista imputada por el régimen a la prestigiosa y honorable casa de estudios superiores de orientación y moral jesuita, la Compañía de Jesús ha dicho de sus autoridades docentes y ejecutivas, y de sus estudiantes, citando el Evangelio de San Mateo:
“Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente…. Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes”. (Mt 5, 11).
En realidad, estamos consternados por la abominable acción que han hecho contra la UCA. Pero compartimos plenamente lo dicho por los padres jesuitas, acerca de que Dios tiene la última palabra sobre la historia y sobre Nicaragua. La compartimos por fe católica y también por la convicción de que no obstante los sobresaltos, tropezones y retrocesos temporales, la historia marcha hacia adelante y no hay nada ni nadie que la pueda detener.