La revista digital Latinoamérica21 ha publicado recientemente un artículo de la politóloga mexicana Diana Paola Penasgos Vásquez, en el cual asegura y argumenta que la pobreza es el principal obstáculo para la democracia.
El tema de este artículo, que fue reproducido por el medio digital nicaragüense Confidencial el jueves 10 de agosto corriente, es una vieja discusión de investigadores y divulgadores políticos y sociales, que tratan de entender y explicar por qué la democracia es tan frágil —inclusive inexistente— en los países atrasados y pobres del planeta.
De la lectura del artículo mencionado y de toda la abundante literatura que hay sobre el tema se podría concluir que la gente de los países pobres no puede aspirar a la democracia, porque supuestamente esta es una forma de existencia social y de gobierno exclusiva de países desarrollados y ricos.
Pero además el tema da pie para otra gran discusión que se refiere a qué es o debe ser primero, el desarrollo, la creación de riqueza y la prosperidad de la gente, o la democracia.
De alguna manera este planteamiento recrea la vieja tesis filosófica materialista de que el hombre primero debe satisfacer sus necesidades primarias y solo después ponerse a filosofar, es decir, pensar en política y en modalidades de gobierno.
En principio eso es cierto, pero absolutizarlo equivale a sostener que una persona pobre no puede ser aseada ni bien portada porque la limpieza y el buen comportamiento son lujos que no pueden darse quienes ante todo deben pensar en comer y reproducirse.
Pero el ser humano se diferencia del animal irracional y es superior porque tiene consciencia y por tanto capacidad para razonar, discernir y actuar de manera deliberada. De manera que por su condición humana la persona, aun siendo pobre, puede educarse y escoger la forma de vida política mejor para sí misma, para los suyos y su comunidad.
Sin duda que la persona humana está subordinada a las leyes naturales y necesidades primarias, pero al mismo tiempo por su condición particular en el reino animal se condiciona a reglas morales, lógicas, sociales e históricas.
Por otro lado, es un hecho visible que los países más ricos no por eso tienen democracia o son los más democráticos. Como ejemplo, basta decir que en el Índice de la Democracia en el mundo elaborado por la Unidad de Inteligencia de The Economist, Estados Unidos (EE. UU.) no figura entre las primeras democracias del mundo, está hasta en el lugar número 30.
Sin embargo, entre los países más ricos del mundo que son encabezados por EE. UU., China está en segundo lugar y Rusia ocupa el noveno puesto. Pero estos dos son países cuyos Estados y sistemas políticos califican entre los más autoritarios del mundo.
De cualquier manera, más allá de los debates intelectuales sobre cultura política y la relación entre pobreza o riqueza y democracia, lo cierto es que aunque Nicaragua sea un país atrasado y pobre los nicaragüenses tienen derecho a vivir en libertad y pueden gobernarse democráticamente.
De hecho ya lo lograron en el siglo 19 con las insuficiencias propias de la época. Y también lo consiguieron a fines del siglo 20, cuando por la voluntad electoral del pueblo se estableció la democracia, cierto que limitada, frágil y defectuosa, pero una democracia al fin que duró 16 años. La cual se frustró solo por la corrupción y la traición de una cúpula política que para proteger sus intereses espurios pactó para restablecer el autoritarismo dictatorial.
Y ahora en esas penurias y penumbras se encuentra de nuevo la sociedad nicaragüense.