El obispo Rolando Álvarez y el beato Franz Jagerstatter

Los 8 expresidentes de Costa Rica que se conservan con vida han enviado una carta al Comité Noruego del Premio Nobel de la Paz, respaldando la petición que está en curso para que dicho premio mundial le sea otorgado a los obispos nicaragüenses monseñor Silvio Báez y monseñor Rolando Álvarez.

No cabe ninguna duda de que ambos prelados católicos, y sobre todo el martirizado obispo Álvarez, merecen ese reconocimiento moral internacional y ojalá que les sea otorgado.

Como bien sabemos, monseñor Báez está exiliado en Miami y ha sido despojado de su nacionalidad nicaragüense; mientras que monseñor Álvarez sufre el martirio de la cárcel, ha sido condenado a más de 26 años de prisión y también le han quitado su nacionalidad.

En relación con monseñor Álvarez, nos parece oportuno mencionar que en estos días se han cumplido 80 años de cuando el católico cristiano austríaco Franz Jagerstatter fue guillotinado por la dictadura nazi de Alemania porque no quiso renunciar a su fe, la que más bien ratificó ante sus verdugos.

Después de que los nazis anexaron Austria a Alemania, impusieron el servicio militar obligatorio y desataron la guerra, Franz Jagerstatter alegó objeción de conciencia para no ser movilizado a los lugares de combate, pues por su fe cristiana él no podía  matar a ninguna persona. Y pidió que a cambio le asignaran una función de paramédico.

Pero su petición fue rechazada y lo condenaron a morir guillotinado, que era como los nazis ejecutaban a las personas de raza aria, a quienes no eran judíos ni pertenecían a ninguna otra “raza inferior”.

Algunas personas trataron de persuadir a Jagerstatter de que cambiara de actitud para salvar la vida, pues de todas maneras su sacrificio no haría ningún cambio en el curso fatal de la guerra. Incluso algunos sacerdotes católicos quisieron disuadirlo, mencionándole un texto bíblico que “obliga” a los cristianos a obedecer a las autoridades civiles.

Pero su convicción y su fe eran inconmovibles y les replicó que: “Estar obligados, so pena de pecado, a comprometerse bajo juramento a obedecer a nuestras autoridades terrenales en todo cuanto ordenen no figura en ninguno de los mandamientos de Dios ni de la Iglesia”. Lo cual dejó escrito en una de las cartas que redactó en la cárcel y se conocieron hasta en 1987, cuando fueron publicadas.

En otra de sus cartas de la prisión Franz Jagerstatter aseguró que “ni prisiones, ni grilletes, ni siquiera la muerte, son capaces de apartar a alguien del amor de Dios, o de arrebatarle su fe o su libre albedrío”.

Hay que señalar que él no era un sacerdote, mucho menos un obispo ni otro alto personaje de la Iglesia. Era un sencillo productor agrícola que antes de ser encarcelado trabajaba la tierra ayudado por su joven esposa y con ella criando cristianamente a sus tres pequeñas hijas. Pero su actitud, su fe y el martirio que sufrió por no renunciar a ella fue de la misma magnitud y ejemplaridad de la mostrada por todos los grandes mártires de la Iglesia. Por eso fue beatificado por el papa Benedicto XVI el 27 de octubre de 2007 y está en espera de su canonización, o sea su declaración como mártir y santo de la Iglesia católica.

Seguramente monseñor Rolando Álvarez conoce la emocionante historia de la vida y muerte del beato Franz Jagerstatter, y que entre otras iguales le sirve de inspiración y le da fortaleza para soportar el martirio que está sufriendo.

Y tal vez el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz ayudaría mucho a conseguir su liberación. De manera que ojalá se lo concedieran.

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