En la sección de Opinión de este martes 8 de agosto publicamos dos artículos sobre la situación de Estados Unidos (EE. UU.), enfocados en sus problemáticas económica y política.
Francisco Aguirre Sacasa analiza la coyuntura económica de la gran potencia capitalista que lidera al mundo occidental y democrático en general, a partir de que la firma calificadora Fitch ha degradado la economía estadounidense de la categoría AAA a la doble AA, o sea de excelente a buena. Lo cual se ha debido —dice Fitch— “al alto nivel de endeudamiento estadounidense y a un deterioro en la gobernabilidad norteamericana”.
Por supuesto que la crisis de gobernabilidad debido a la macroeconomía y “a las crecientes tensiones políticas que enfrenta el país, a un poco más de un año de las elecciones de 2024”, no significan que EE. UU. se está derrumbando. Pero sí que su liderazgo mundial está muy deteriorado mientras no se ve ninguna señal de que su decadencia pueda o vaya a terminar.
Al aspecto político de la situación de EE. UU. se refiere el artículo que también publicamos hoy, de Andrés Hernández Alende, quien es el editor de Firmas Press que sustituyó las columnas de Carlos Alberto Montaner (q.e.p.d.) que publicábamos todos los martes.
Hernández Alende se refiere al juicio del orden penal que se le está siguiendo en EE. UU. al expresidente Donald Trump, quien a pesar de eso aspira con mucha fuerza a obtener un nuevo mandato en las elecciones de 2024.
Trump es el primer expresidente en la historia de EE. UU. que ha sido llevado a los tribunales para enfrentar cargos penales. Y algunas de las numerosas acusaciones contra él son por graves violaciones al sistema político democrático de EE. UU.; inclusive haber pretendido desconocer la elección del actual presidente Joe Biden y mediante el fraude y la violencia querer mantenerse en el poder, a pesar de haber sido derrotado en las pasadas elecciones.
Es insólito, dice Hernández Alende, que “a pesar de sus problemas con la justicia (Trump) sigue estando a la cabeza entre los votantes republicanos con vistas a la elección del año próximo. Trump le saca más de 35 puntos de ventaja en los sondeos al candidato que más se le acerca, el gobernador de la Florida, Ron DeSantis. Y está empatado en intención de voto con el presidente Biden, cada uno con 43 por ciento de la preferencia electoral”. No cabe duda de que esto habla muy mal de la cultura política de la sociedad estadounidense.
Advierte el periodista cubanoamericano que “el ataque al Capitolio el 6 de enero de 2021 —con el propósito de revertir los resultados de la elección presidencial y hacer que Trump siguiera en la Casa Blanca— demostró que hay muchos seguidores del exmandatario resueltos a llevar a cabo acciones radicales y violentas para imponer sus criterios y apoyar a su líder”.
La verdad es que el liderazgo internacional de EE. UU. se ha debido a su poder imperial que ahora está en decadencia, no a que su democracia haya sido de una calidad digna de ser imitada. Lo ejemplar en ese país ha sido la libertad individual, en la medida en que sea posible desvincular el uno del otro de estos dos grandes valores políticos.
Pero lo peor es que la democracia estadounidense no muestra signos de querer ni poder regenerarse. Más bien se sigue deteriorando al grado que ya algunos analistas la comparan con las farsas de “democracias” de las repúblicas bananeras.
Por supuesto que la mala calidad democrática de EE. UU. no abona al mantenimiento —y menos al fortalecimiento— de su prestigio político mundial. Pero sí explica en alguna medida el avance geopolítico de los sistemas autoritarios de China y Rusia.
Cabe recordar al respecto que ya avanzada la segunda parte del siglo pasado, el filósofo católico francés Jacques Maritain advirtió que “la tragedia de las democracias modernas consiste en que ellas mismas no han logrado aún realizar la democracia”.
Esa advertencia paradójica sigue siendo válida, como lo demuestra el retroceso del sistema democrático incluso en EE. UU., del que se puede decir que parece un “coloso con pies de barro”.
Se conoce que con esta expresión se señala la debilidad y vulnerabilidad de algo o alguien que tiene fama y apariencia de ser muy fuerte y sólido. Es obvio que en el caso de EE. UU. sus pies de barro radican en las deplorables fallas de su democracia.