Santo Domingo en las calles, del lobo un pelo

Las personas católicas de Managua, en particular los devotos y promesantes de Santo Domingo de Guzmán, están visiblemente contentas porque la imagen de su santo patrono ha podido salir a las calles en su fervorosa y festiva procesión tradicional.

En una situación tan sombría en la que las procesiones católicas están prohibidas —prohibidas de hecho, porque los derechos constitucionales de libertad religiosa están vigentes—, es un logro de la Iglesia que la venerada imagen de Santo Domingo de Guzmán haya podido hacer su recorrido histórico desde Las Sierritas de Managua hasta su templo en el centro de la ciudad; que después hará su acostumbrado recorrido en algunos barrios populares y que el 10 de agosto regresará en otra procesión a su residencia habitual.

Aunque no hay información oficial —ni del régimen ni de la Iglesia— es obvio que hubo un acuerdo entre las dos partes para que fuera posible realizar las procesiones de Santo Domingo. Así se entendió cuando el párroco de su iglesia en Las Sierritas, presbítero Boanerges Carballo, anunció la semana pasada que la procesión en los dos días principales de la celebración sería posible “gracias a la capacidad de conversar, de orar y trabajar juntos”. Es obvio que con esas palabras el clérigo estaba diciendo que hubo un acuerdo de la Iglesia con el régimen para facilitar la celebración religiosa de las festividades patronales de Managua.

Posteriormente, el lunes 31 de agosto después de la misa solemne en el templo de Las Sierritas con motivo de “la bajada” de la imagen de Santo Domingo, las máximas autoridades de la Alcaldía de Managua y uno de los ministros del régimen fueron a saludar al cardenal Leopoldo Brenes e intercambiaron con él algunas palabras en un ambiente de cordialidad y respeto. Algo que no ocurría desde que comenzó la represión contra la Iglesia a raíz de los sucesos de abril de 2018.

En el ambiente de polarización y sensibilidad política extrema que prevalece en Nicaragua, el acuerdo de la Iglesia católica con el régimen para la celebración de las procesiones de Santo Domingo ha sido recibido con satisfacción por algunos católicos, pero criticado por otros, en este caso activistas opositores beligerantes y periodistas adversarios del régimen.

Estos consideran que no se debe dialogar ni hacer acuerdos de ninguna clase con el régimen mientras se mantenga la represión contra la Iglesia y el obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez, y otros sacerdotes permanezcan encarcelados. Pero es evidente que esa no es la estrategia de la Iglesia, que no busca el enfrentamiento con el régimen sino la apertura al diálogo con la esperanza de que las medidas de represión sean revertidas y se restablezca poco a poco el respeto del Estado a la actividad religiosa y eclesial.

En este orden, aunque sería aventurado suponer que el régimen ya está en disposición de aflojar, el acuerdo sobre la celebración de las festividades de Santo Domingo demuestra que “gracias a la capacidad de conversar”, como ha dicho el padre Boanerges Carballo, la Iglesia podría avanzar poco a poco en la recuperación de sus espacios religiosos.

Cuando no es posible lograrlo todo de una vez lo razonable es procurar conseguirlo poco a poco. Como suele decir el cardenal Brenes en sus homilías, una gota de agua horada la piedra si cae sobre ella con insistencia.

También se podría decir que del lobo un pelo, o sea que no siendo posible por ahora que la Iglesia recupere toda la libertad que le ha sido quitada, por lo menos puede ser un paso hacia adelante lograr que Santo Domingo de Guzmán vuelva a andar en procesión en las calles de Managua.

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