Es evidente que la política de Estado y de gobierno nacional e internacional que practica el régimen de Nicaragua está marcada por el odio y el resentimiento hacia Estados Unidos y la Unión Europea, de la que España es una parte muy importante.
Es una política declarada como “antimperialismo yanqui” y “anticolonialismo europeo”. Lo primero por las intervenciones militares y políticas en Nicaragua que ejecutaron los gobiernos de Estados Unidos a mediados del siglo 19 y hasta los años 80 del siglo pasado; y la otra, por la dominación colonial española que duró desde comienzos del siglo 16 hasta la proclamación de la independencia de Centroamérica y Nicaragua en 1821.
Pero eso es historia. Sin embargo, por su ideología y convicción política la clase dominante de Nicaragua las valora como si fueran situaciones actuales y las maneja como elementos fundamentales de su actuar gubernamental y estatal. Un anacronismo histórico que en la práctica resulta perjudicial para la nación y a la larga hasta para el grupo político y familiar que detenta el poder.
Eso es lo que los analistas y activistas políticos opositores no logran entender: por qué el alejamiento deliberado de la zona de influencia e intereses estadounidenses y europeos, siendo EE. UU. el principal socio comercial, fuente de remesas familiares e inversionista financiero y tecnológico de Nicaragua; y la Unión Europea gran benefactora del pueblo nicaragüense.
Para ver el asunto de manera comparativa es interesante un artículo publicado recientemente por la Fundación Internacional Bases, una institución argentina no gubernamental que según define sus propósitos busca “ser parte activa en un cambio real que traiga el triunfo de la libertad, el pasaje hacia una sociedad de individuos responsables, la apertura de la economía y la disminución del rol del gobierno en nuestras vidas”.
El artículo de opinión es titulado ¿Por qué tus Nike están hechas en Vietnam? Un análisis de su transición capitalista. Su autor es Jorge Alberto Ruiz Meza, máster en Gestión Pública y licenciado en Economía y Finanzas, quien señala que las autoridades socialistas de un país como Vietnam que sufrió una terrible y larga guerra de intervención estadounidense, no guardan por eso odio y resentimiento hacia EE. UU. ni desprecio hacia la economía capitalista.
Es al contrario. Como lo demuestran sondeos de prestigiosas firmas internacionales de investigación de opinión pública, la gente vietnamita incluyendo a sus gobernantes tiene una actitud favorable al capitalismo; admiran a las personas ricas; han facilitado la inversión y la instalación de empresas capitalistas en Vietnam, incluso atrayendo a algunas que estaban operando en China. Gracias a eso, la economía nacional de Vietnam ha florecido y las personas y sus familias han prosperado notablemente.
Renombradas marcas capitalistas como Nike o Adidas —escribe Ruiz Meza en su artículo— “han encontrado un hogar (en Vietnam) para la confección de sus productos. Y no han sido las únicas. Apple y Samsung también han invertido fuertemente y producen grandes stocks en el país del Sudeste Asiático y que en algunos casos han tomado la iniciativa de movilizar las fábricas de pantallas a Vietnam por las ventajas que tiene este país en comparación a China”.
“Desde los años 90 —agrega el autor del artículo en referencia— Estados Unidos y Vietnam han fortalecido sus lazos económicos…” Y menciona un sondeo de Pew Research Center el cual mostró que casi 50 años después del fin de la guerra de Estados Unidos en Vietnam y la caída de todo el país en manos de los comunistas, “el 76 por ciento de los vietnamitas ven a los EE. UU. como un aliado, además de que consideran en un 95 por ciento que la población vive mejor gracias a la economía de libre mercado”.
Vietnam tiene un sistema político sustentado en el régimen de partido único. Pero paradójicamente la amenaza que ven los vietnamitas no es de EE. UU., sino de China que también es un país comunista.
En 1986 el Partido Comunista de Vietnam comenzó a aplicar las reformas de libre mercado denominadas Doi Moi (Renovación). Conservó inamovible el poder político de Estado, pero promovió la propiedad privada agraria e industrial, abrió el país a la inversión extranjera y a partir de entonces comenzó una etapa de desarrollo económico y prosperidad. Ahora solo falta la apertura política hacia la democracia, que aunque tarde inevitablemente llegará.
Qué bueno sería aprender de una experiencia como esa. Pero los nicaragüenses estamos como estamos porque somos como somos, como solía decir con su agudeza intelectual el desaparecido académico lingüista, folclorista y teólogo católico Carlos (Chale) Mántica.