“¿Todo ha sido un sueño?” La estrofa de esta canción de la ópera Jesucristo Superstar me da pie para hacer una reflexión sobre la participación cristiana en el proceso revolucionario vivido en Nicaragua y los frutos —a mi juicio— alcanzados hasta hoy. La canción expresa los sentimientos de María Magdalena al contemplar la muerte de Jesús como un bandido cualquiera. Las esperanzas puestas en él, terminan en el fracaso: “¿Todo ha sido un sueño? Empieza de nuevo…” continúa la canción.
Los jóvenes con los que estoy trabajando actualmente me dicen: “Los cristianos simpatizantes con la revolución en los años 80 no fueron suficientemente críticos con los errores cometidos por la dirigencia sandinista”.Me afirman una y otra vez: “Nosotros no vamos a cometer los mismos errores”.Que cometimos errores en aquella época está bastante claro: Soy el primero en reconocerlo. Hasta el justo peca siete veces al día, nos recuerda la Biblia pero ¿fuimos o no suficientemente críticos?
Recuerdo mis primeros contactos con los jóvenes guerrilleros en el barrio San Judas en Managua, en la mañana del 19 de julio de 1979. “Muchachos si hemos ganado la guerra, ahora nos toca organizarnos para responder a las necesidades de la gente, encuentran un país en ruinas. Hay que unirse y dejar atrás los sentimientos de revanchismo y venganza”.Eso mismo planteamos en las homilías durante los primeros días del triunfo de la revolución. “Hay que crear una nueva Nicaragua para todos”, afirmábamos en cada misa.
El entusiasmo de un amplio sector del clero de Managua era grande en aquellos momentos. Ya no digamos en la Diócesis de Estelí y el Vicariato Apostólico de Bluefields, animado por el padre capuchino Francisco Solano. Él ejercía como vicario episcopal, después de haber sido propuesto como el primer alcalde de Bocana de Paiwas.
El primer problema que tenemos que evaluar no es la falta de espíritu crítico de los cristianos que deseábamos acompañar a la Revolución, no. Fue la crítica constante y poco constructiva que mostró la jerarquía católica liderada por monseñor Obando y Bravo a los 15 días después del triunfo revolucionario, y que se fue radicalizando de forma creciente con el paso del tiempo.
Esa actitud fue —a mi juicio—, la que impidió que tuviéramos una crítica seria, y por qué no decirlo, más fecunda y profética durante aquella década. Fueron “otros” desde fuera los que comenzaron a criticar y excluir a los cristianos del proceso revolucionario, clasificándoles de “ateos” y “comunistas”.En contraposición, nos acompañaron en aquellos años los teólogos más destacados de la Iglesia latinoamericana, tanto católicos como protestantes, norteamericanos y europeos. Personalidades con mucha profundidad con los que veíamos conjuntamente los problemas.
Hicimos críticas, pero los conflictos con la jerarquía católica de la época impidieron que los cristianos que acompañamos el proceso revolucionario pudiéramos tener una actitud más pública y directa ante los problemas que a todas luces, veíamos en la Revolución.
El conflicto con la jerarquía liderada por monseñor Obando y Bravo se inició 15 días después de la caída de Somoza Debayle, con el comunicado del Ministerio del Interior orientando la celebración de la fiesta de Santo Domingo. La Iglesia no había puesto mucho interés en esta expresión de piedad popular, después del fracaso pastoral en los años 60 para purificar esa manifestación religiosa. La celebración de “Minguito” era una manifestación popular al margen del liderazgo pastoral del arzobispo de Managua.
Posteriormente, continuó con la tradicional procesión del Santísimo del 1 de enero, donde la cúpula sandinista se hizo presente. Todo esto acompañado con las poco constructivas homilías de monseñor Obando y Bravo. En ese momento, se polarizó aún más la situación con la salida de los representantes de la oposición en la primera Junta de Gobierno: Alfonso Robelo y Violeta Barrios de Chamorro.
Entonces, la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN) reclamó rápidamente la salida de los sacerdotes que ejercían como ministros del gobierno. Monseñor Obando exigió la realización inmediata de elecciones generales y la restauración de la Catedral de Managua, seriamente deteriorada por el terremoto y abandonada por la Arquidiócesis. Recuerdo el artículo del sacerdote dominico Manuel Batalla, publicado en LA PRENSA de la época: “Ni elecciones, ni catedrales”.
Estas son las causas de la falta de unidad y el distanciamiento de los cristianos que queríamos acompañar al pueblo que simpatizaba con la revolución. Recuerdo las reuniones en la Nunciatura Apostólica, convocadas por el encargado de negocios de la Santa Sede, invitándonos a participar en el proceso y a trabajar por una Iglesia unida. Este plan naufragó rápidamente por la decisión de los obispos de la época, que rechazaron cualquier tipo de acercamiento con los católicos que poseían una visión más propositiva de aquella experiencia política nueva en el país.
Por su parte, la jerarquía católica de aquella época prefirió tener una postura poco constructiva y bastante confrontativa. Se expulsó a los sacerdotes extranjeros que manifestaban algún signo de cercanía al proceso revolucionario y se siguió la orientación marcada por el cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, que vino —entre otras cosas—, a impulsar una línea abiertamente hostil a la revolución.
Recuerdo que el cardenal López Trujillo celebró una misa campal —en la que todos participamos—, pidiendo solidaridad para los cristianos perseguidos en Nicaragua. Este fue el principio de una serie de conflictos vividos a lo largo de la década de los 80 entre la Iglesia y el Estado, que no lograron apaciguarse con el documento Los cristianos en la revolución, que fue contestado de forma muy beligerante por la jerarquía católica liderada por el arzobispo Obando y Bravo.
En ese contexto, ¿qué podíamos hacer los miembros de la Iglesia que acogimos el proceso como un proyecto de transformación profunda que pedía la colaboración activa de todos con un espíritu crítico de responsabilidad?
Tenemos que reconocer que el entusiasmo por un lado y la oposición poco constructiva de la institución eclesiástica por el otro, no nos permitió manifestarnos con toda la fuerza profética que los hechos ameritaban en aquella década.
Lo que no es históricamente justo es desacreditar la participación de los cristianos en aquellos años, por más negativo que veamos el presente, y el futuro lleno de nubarrones. Esta es la crisis de María Magdalena ante el fracaso de Jesús en la cruz sin intuir la fuerza de la resurrección de la persona honrada y justa que pone su voluntad al servicio de las grandes causas, al servicio del Dios de la vida.
Dios escribe recto con líneas torcidas. Esto no es un mensaje de consolación. Es ver la historia con sus contradicciones sin perder el horizonte que nos inspira el compromiso cristiano. No podemos perder la esperanza ni repetir los mismos errores del pasado.
Un error —en mi opinión— es descartar para el futuro del país todo lo que suene a revolución y sandinismo. ¿Por qué no ver el heroísmo de todo un pueblo que supo luchar contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle —en su mayoría jóvenes valientes—, que llamaron la atención de Nicaragua y el mundo? Aquellos eran hombres y mujeres cargados de generosidad y llenos de valores.
¿Por qué negar esta realidad para soñar con una Nicaragua sesgada y confrontada, que responde a los graves problemas del presente, mientras excluye a un conjunto de buenos hijos de la patria que están dispuestos a enfrentar la realidad desde otra óptica de la historia?
¿Que los que se hicieron con el poder en la revolución pervirtieron el proyecto? Todos estamos de acuerdo en ello y soy el primero en decirlo alto y claro; pero las motivaciones y los objetivos de aquella lucha fueron honestos y cargados de honradez.
Hablábamos en aquella época de la creación de un frente histórico, articulado con sectores de las clases altas, intelectuales, escritores, artistas, personalidades destacadas y gente de Iglesia. Las personas más valiosas del país, no sandinistas y sandinistas, participaron en ese esfuerzo común y dieron originalidad a la lucha contra el régimen de Somoza Debayle.
¿Por qué no soñar en este momento con una nueva coordinación de las fuerzas vivas del país sin visiones sesgadas y excluyentes, para superar los errores del pasado y enfrentar unidos las necesidades actuales del pueblo?
Hoy más que nunca podemos tener una conciencia de autonomía y soberanía nacional sin perder de vista la “mística” de la defensa de las libertades públicas como una lógica conquistada por la sociedad moderna que imprime toda nuestra cultura occidental. Los derechos humanos en toda la amplitud: políticos, sociales, económicos y derechos culturales. ¿Por qué no pensar que es posible trabajar por un Estado social de derecho donde la voz de los excluidos sea escuchada y dar prioridad a leyes que defiendan a los relegados en la historia?
Hay que soñar con un camino más allá de las conquistas de las sociedades avanzadas, si queremos responder adecuadamente al momento histórico de Nicaragua, y recoger los sueños y esperanzas que motivaron a tantos jóvenes de ayer y de hoy a entregar sus vidas por una causa tan noble: Un país mejor del que nos han heredado. Una sociedad participativa, donde la democracia sea mucho más que emitir un voto cada 5 años para elegir las autoridades que nos gobiernen, superando los paradigmas que nos ofrece el modelo actual.
Si nos motivamos para lanzarnos a conseguir este proyecto, habremos superado el mensaje de María Magdalena: “Todo ha sido un sueño”.Porque para los cristianos este proyecto es más que un sueño, es el proyecto por el que arriesgo la vida Jesús de Nazaret.
El autor es fraile dominico. Twitter: @RafaelAragonOP