De cuando se terminaron los «desfiles de los pelones»


En esos años los alumnos de primer ingreso recién peloneados debían participar en un desfile por las calles más céntricas de la ciudad de León. Era el famoso “desfile de los pelones”. Así me vi obligado a participar en tal desfile con pelones de las otras facultades y que era un espectáculo muy concurrido en ese entonces.

Mientras a mí pronto me volvió a nacer la cabellera, mi compañero de estudios Roberto Incer Barquero nunca más recuperó el cabello que le cortaron.

Yo acostumbraba venirme a Managua cada quince días y por supuesto, las muchachas y muchachos de esa época se reían de mi “pelona”, pero al poco tiempo uno se acostumbraba, lo ve como muy natural hasta que le vuelve a nacer, como me sucedió a mí, toda la cabellera.

Esta costumbre, que tenía muchos años y era una tradición según decían los estudiantes de los años superiores, se terminó cuando yo llegué a la rectoría de la UNAN e impedí que pelonearan a algunos estudiantes, quitándoles personalmente las tijeras a quienes los habían tendido en el suelo del parque de La Merced, con grave peligro pues podían sacarle los ojos.

Algo parecido me sucedió en Managua, cuando vi que sobre la carretera que conduce al Recinto Universitario Rubén Darío estaban peloneando a un muchacho tirado en el suelo polvoriento, ya que, en ese entonces, la carretera no había sido adoquinada. Me dejé venir desde las oficinas de la rectoría y les quité las tijeras. Luego, reuní a los estudiantes en el Auditorio Ruiz Ayestas en León y les dije que era una vergüenza esta costumbre, que era más propia de los cuarteles militares y que la practicaban en la Academia Militar. Les dije: “¿Son ustedes universitarios o son aspirantes a guardias?”. Logré que la propia directiva del Centro Universitario (CUUN), la máxima autoridad estudiantil, acordara cancelar definitivamente esa tradición y sustituirla por un baile de bienvenida a los estudiantes de primer ingreso.

Muchos años después, el estudiante por quien intervine sobre la carretera que conduce al recinto universitario Rubén Darío, me escribió una carta, ya convertido en un profesional, y me dijo: “Yo era ese estudiante a quien usted llegó a proteger y he aguardado varios años, hasta que me gradué, para mandarle esta carta de agradecimiento por lo que usted hizo aquel día por mí”. Esta carta la conservo en mis archivos.

El baile de bienvenida sustituyó al “desfile de los pelones”, pero en uno de estos bailes, creo que en el segundo o tercero, Rogelio Ramírez, que entonces estudiaba en la Facultad de Derecho de la Universidad, me hizo una mala jugada. Como él fue el encargado de conseguir la música, le dije que le pidiera a los músicos que cuando me tocara bailar con la reina de los estudiantes me pusieran un vals o un bolero suave, me dijo que no había problema, que pondrían un vals, quizás uno incluso de José de la Cruz Mena. Así, comencé a bailar con la reina de los estudiantes y de pronto se interrumpe el vals y me ponen Quinto Mambo que era uno de los mambos más alborotados de Pérez Prado y me hizo pasar un gran ridículo.

Me satisface mucho que la costumbre de pelonear a los de primer ingreso se haya terminado e igual haya sucedido en las universidades privadas que habían, al principio, seguido el ejemplo de la UNAN.

Como estudiante, yo me dediqué de lleno a mis estudios y siempre estaba entre aquellos a quienes se les llamaba “cartoneros”, que éramos los tres mejores de cada promoción y recibíamos un diploma de reconocimiento de las autoridades universitarias como los mejores estudiantes. Eso no me impidió que participara en la vida estudiantil y por supuesto en las huelgas que con frecuencia se hacían contra las autoridades universitarias de entonces, que eran totalmente obedientes a la dictadura.

Viví en varios sitios de la ciudad de León después de mi primer albergue que ya mencioné. Fui a vivir frente al parque La Merced, con lo que la Universidad me quedaba sumamente cerca. Vivía en ese lugar cuando ocurrió un hecho que conmovió al país. Una noche, unos estudiantes universitarios, posiblemente pasados de tragos, derribaron el busto del ex presidente don Evaristo Carazo, que cayó de cabeza y hundió los ladrillos del parque. De ahí lo rescató, al día siguiente, el catedrático de la UNAN, doctor Hernán Zelaya, quien le dio asilo en su oficina mientras era colocado nuevamente en su pedestal ya que el busto, por ser de puro mármol, no sufrió ningún daño.

Esto fue noticia no solo local sino nacional, por tratarse de un ex presidente, considerado como uno de los mejores del período de los “Treinta Años”, que favoreció mucho la educación pública y que, incluso, decretó la reapertura de la Universidad de León que permanecía clausurada. Las autoridades municipales y del Ministerio de Educación prepararon un acto de desagravio con asistencia de todos los colegios públicos y privados de la ciudad para el día en que fuera reinstalado el busto en su sitio. Nunca se supo quiénes fueron los responsables, e incluso, circuló el rumor que uno de esos mismos estudiantes le había sacado los ojos al pequeño lagarto de la pileta del parque.

El acto fue muy concurrido y, curiosamente, ese mismo día circuló en León un panfleto intitulado: Veinte poemas de amor para don Evaristo y una canción desesperada al lagarto. Nunca se supo tampoco quién fue el autor de estos versos pero aún recuerdo uno de ellos que decía: “Evaristo, no te agüeves / que si ahora te tocó a vos / el próximo jueves / le toca a los otros dos”.

¿Quiénes eran los otros dos? Eran los bustos del general Mariano Salazar, fusilado por William Walker y del doctor Remigio Casco, famoso por su sabiduría y virtudes.

Después me trasladé a una pieza en el segundo piso del antiguo Hotel Esfinge. Esta casa estaba alquilada por la familia del estudiante Carlos Cuadra, quien era mi amigo. Me asignaron la habitación esquinera del segundo piso donde viví dos años. Tiempo después supe que había sido esa misma la habitación donde vivió con su esposa Oliverio Castañeda, de quien se asegura que envenenó a varias personas de una familia y a su propia esposa. En León se decía que en su agonía la esposa le preguntaba a Castañeda: “Oli, Oli, que me has dado” Y que éste le respondía: “el veneno que te has tragado”.

Mi última residencia como estudiante fue en una esquina frente al edificio principal de la UNAN, exactamente donde funciona la Facultad de Odontología. Como ya dije, yo era estudioso e incluso, me matriculé en una efímera Facultad de Humanidades, donde las clases se impartían por la noche y cuyo único catedrático de Literatura fue el doctor y poeta Ariel Medrano. Ahí tuve el gusto de conocer, y ser su compañero de estudios, a Mariana Sansón Argüello, quien siempre tuvo grandes inquietudes intelectuales. Años más tarde, Mariana fue reconocida nacional e internacionalmente como poeta, escultora y diseñadora. Recientemente, se inauguró en su ciudad natal León, un hermoso Centro Cultural en su justo homenaje.

El autor es educador, académico y escritor. Ex rector universitario.

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