Patente de corso

Corsarios

Patente de corso era la autoridad que, a la altura de la Edad Media, se le daba a un delincuente para delinquir. Por ejemplo, Inglaterra autorizaba a un tipo a que atacara, saqueara, violara y matara en barcos o poblados enemigos, como España. Solo a enemigos. Esa es la diferencia entre cosarios y piratas. Los piratas actuaban contra cualquier barco. Los corsarios, delinquían en nombre de una guerra.

Patente de corso

Las patentes de corso del siglo XXI son esas autorizaciones que tienen, o creen tener, algunos grupos o gobiernos en nombre de una supuesta guerra contra “el imperialismo norteamericano”. Pueden cometer los peores crímenes: robar millones, violentar a pueblos enteros, invadir, asesinar, pero si se cobijan con un discurso revolucionario de la época de los dinosaurios, ya dejan de ser los criminales que son y se colocan como víctimas. Lo hacen por justicia, dicen. Son delincuentes disfrazados de justicieros. Como los piratas de antes cuando se volvían corsarios.

Vista gorda

Daniel Ortega ha matado, torturado, violado, encarcelado a inocentes, ejecutado fraudes electorales, desterrado a miles de ciudadanos que piensan distinto y violentado todas las leyes de Nicaragua. Sus amigos de pandilla, sin embargo, se niegan a verlo como la que es. Un criminal. Para ellos es un jefe de Estado, un revolucionario, una víctima del imperialismo. Y condenan las sanciones que han recibido sus familiares y cercanos, pero no los asesinatos que ha cometido. Reclaman como ataques a la soberanía de Nicaragua las críticas que se le hacen a su dictadura, pero se hacen de la vista gorda cuando Ortega quita nacionalidades ¡a nacidos en Nicaragua!, roba propiedades y derechos a los nicaragüenses.

Doble rasero

Hay un doble rasero terrible, que va convirtiendo en méritos los crímenes de ese equipo y, al revés, en crímenes los méritos y derechos del equipo contrario. Imagínese, Rusia invade militarmente un país vecino y pequeño, pero, para Daniel Ortega, la víctima es Rusia. En cambio, saca invasiones de hace 200 años para reclamarle a Estados Unidos. ¿Por qué no hablamos mejor de cuando William Walker invadió Nicaragua?, propone cada vez que tiene un micrófono en frente. Y no se trata de limpiar los pecados de Estados Unidos, que tiene muchos, sino de juzgar parejo y en este tiempo.

Mauricio Funes

En ese refugio del doble rasero, hace unos días, un delincuente de primera categoría, Mauricio Funes, atacaba a monseñor Rolando Álvarez bajo la simpleza de que fue acusado, juzgado y encontrado culpable de delitos y por lo tanto bien preso está. Funes tiene dos condenas en El Salvador, y no por decir misa ni porque algún adversario político lo considere traidor a la patria. Es por corrupción. Cuando allanaron su vivienda le encontraron, entre otras cosas, 74 pares de zapatos de alta gama, cien camisas a estrenar, 59 armas de fuego de todo tipo, pinturas, licores y muchos lujos más.

Rolando Álvarez

Basta un poco de sentido común para concluir que Mauricio Funes y Daniel Ortega, entre muchos más, deberían estar presos. Pero, el que está aislado, en una celda de máxima seguridad, es monseñor Rolando Álvarez, a quien no se le ha demostrado un solo delito, y quien debería estar al frente de su diócesis, libre, como hombre de Dios que es. El mundo está al revés. Funes, miren que descaro, lo acusa de delincuente. Y Ortega, imagínense, lo condena como delincuente. El clásico de “los pájaros tirándole a las escopetas”.

Guerras

Daniel Ortega se presenta como víctima, en tanto, dice, sufrió un intento de golpe de Estado. Llama terroristas a las personas que protestan. Habla de violencia porque se usaron morteros artesanales en las barricadas. Al estilo Randolph Hearst se inventó una guerra para justificar su propia violencia y colocarse como víctima. Pero, este mismo Ortega es quien el 19 de julio celebra la victoria contra Somoza, realmente armada y extremadamente violenta. O sea, la violencia es buena y celebrable si la usa él, pero repudiable si se usa contra él.

Piratas

Un pirata era un delincuente. Un corsario hacía lo mismo que el pirata, pero con patente de corso. En tiempos modernos, por ejemplo, el equivalente a pirata sería un Chapo Guzmán o un Pablo Escobar, y corsarios un Putin, un Maduro o un Ortega. Hacen lo mismo, delinquen, pero unos sienten que tienen derechos legales para hacerlo. O sea, tienen patente de corsos. Y peor aún: sienten que tienen autoridad para declarar delincuentes a quienes no entran al asalto con ellos.

Opinión
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