Un grupo de veteranos cadetes de la desaparecida Academia Militar de Nicaragua celebraron en Miami su promoción número XXVIII (1969-1973) el pasado 2 de julio de 2023, a la que asistí para saludar a amigos y conocer de vivas voces trazos de esa parte de nuestra historia, instituciones y personas, casi proscritas y satanizadas por el sandinismo y sus malvadas pitoretas propagandísticas que pretendieron borrar para siempre cuanto se dio en el pasado político, sobre todo en los años que los tres Somoza, Anastasio, Luis y Anastasio II gobernaron el país.
Tanto el evento como la mezcla de sus participantes, revivió una estampa de lo que somos los nacidos en esa tierra, en esencia alegres, tristones, bromistas, enamorados de la vida y sus mujeres, bailarines, todos muchas veces con una razón en la mano; algunos incluso sin rencores políticos, pero aún recelosos de su seguridad y muy claros de cómo actuó el sandinismo una vez instalado en el poder y lo indómito e inhumano de muchas de sus actuaciones, marcadas por la prepotencia y las descalificaciones contra quienes se enfrentaron.
Además de los discursos y reconocimientos, ellos, los viejos cadetes, acompañados de exmiembros de la Guardia Nacional, de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), de la Contra y hasta de la familia Somoza (ahí estaba también Álvaro, hijo del expresidente Luis y el primero de esa familia —heredera de un legado de prosperidad innegable—, en llevar a cabo una importante labor mediática desmitificadora de cuantas mentiras y oprobios se han dicho sobre la dinastía); otros familiares y amigos que se reencontraron, conversaron y hasta escucharon canciones folclóricas nicaragüenses en las que inclusive se dejó oír La María de los guardias, del cantautor Carlos Mejía Godoy, y en la que se habla de un “hombre arrecho llamado Sandino”, como dice en una parte la letra de dicha canción, polémica y popular, cuyo personaje femenino viene a ser una especie de prostituta de las tantas que aparecen en la novela de Mario Vargas Llosa Pantaleón y las visitadoras.
Esta Academia fue fundada el 22 de noviembre de 1939 e “injustamente revocada el 15 de julio de 1979 sin forma legal ni figura de juicio”, según Wenceslao Mayorga D., teniente coronel del Cuerpo de Leyes, ex GN y doctor en Derecho. Desde entonces y partiendo de la llegada abrupta y violenta del sandinismo al poder, todos los miembros de las fuerzas castrenses oficiales de Nicaragua han vivido el exilio, destierro, la pobreza en muchos casos, la cárcel y otros que continuaron su lucha armada contra el comunismo desde las filas de la Resistencia Nicaragüense —la Contra—.
Es meritorio conocer los antecedentes de estas instituciones del siglo XX, con los consabidos errores y violaciones a los derechos humanos cometidos por ambos bandos y en el cual el somocismo sigue demostrando menos arbitrariedades. Los registros alterados por los vencedores obligan a nuevas valoraciones, ya sin el bravo entusiasmo de los vientos “revolucionarios”, ahondando en las decisiones asumidas por los dirigentes políticos y gobernantes del periodo entre la llegada de los Somoza, la intervención estadounidense, la aparición de Sandino, su ajusticiamiento por razones hemisféricas, nacionales y de seguridad (separatista, irracionalmente político y sobrevalorado por el marxismo de la época hasta el presente) y el arribo del FSLN en 1979.
El Gobierno de Estados Unidos y el de Nicaragua son los propulsores de la creación de la Academia Militar, de ahí que la componen desde sus inicios hombres que reciben una formidable preparación militar, nada menos que siguiendo entrenamiento y formación académica al mejor estilo de la clásica escuela norteamericana West Point, luego de que el mandatario Anastasio (Tacho) Somoza García lograra convencer al presidente Franklin D. Roosevelt de la necesidad de crearla, la cual conlleva además de una excelsa formación militar a misiones específicas en el territorio nacional a fin de dar una mejor formación a la ya existente Guardia Nacional y al futuro Ejército.
En el plano regional al gobierno de Washington le convenía también la existencia de una fuerza castrense que de una u otra manera aminorara conflictos territoriales en el istmo —y sobre todo, como sigue señalando Wenceslao Mayorga D., “terminar con las guerras intestinas que se daban entre los tradicionales partidos políticos, liberales y conservadores”—, expresando también la importancia estratégica de Estados Unidos.
Se trata pues de saber y rememorar que estas instituciones como la Academia, surgieron por la visión de estadistas de la época, con cadetes y soldados provenientes de todas las capas sociales del país, con sentido de solidaridad, humanismo y de nación (formados sin chapucerías tropicales como hizo en un inicio el gobierno del FSLN al nombrar sus nomenclaturas en el Ejército Sandinista).
Ante la historia, evidentemente, las fuerzas castrenses anteriores a 1979 como la Academia Militar, merecen tener en alto su lugar. Qué bueno que los viejos cadetes agradezcan a Dios y a su pueblo estar vivos y reunirse, en medio de las atrocidades actuales. ¡Saludos viejos guerreros!
El autor es escritor y periodista. Columnista Internacional y presidente del Partido Libero Conservador Clásico (OPA).