A propósito de la conmemoración de la Revolución Sandinista

Los sandinistas de Nicaragua y los simpatizantes del sandinismo en otros países celebran este 19 de julio de 2023, el 44 aniversario de la Revolución Sandinista de 1979.

Tienen razón y derecho de celebrarlo. Pero también igual razón y derecho tienen para no hacerlo todas las  personas que repudian el sandinismo, o simplemente no se identifican con eso; ni con el sandinismo de la revolución de los años ochenta ni con su mutación en el régimen de la actualidad.

Algunos que eran sandinistas en los años ochenta y hasta ocuparon puestos de mando superior e intermedio, pero se democratizaron después de que perdieron el poder y ahora luchan contra el autoritarismo, sostienen que aquella Revolución fue grandiosa, a pesar de los errores que se cometieron.

 Dicen que la Revolución Sandinista de los años 80 realizó profundas transformaciones de beneficio social, y que sentó las bases de la institucionalidad democrática que el autoritarismo del siglo 21 ha desmantelado.

 Es cierto que hubo algunas reformas sociales, pero fueron desvirtuadas por la férrea dictadura de vocación totalitaria que impusieron los nueve comandantes sandinistas. Alguien de la vieja guardia  sandinista ha asegurado incluso que la democracia de los años noventa y primeros de la década dos mil comenzó con las elecciones de 1984, que realizó el régimen revolucionario y llevaron a la Presidencia de Nicaragua a Daniel Ortega. Pero eso es no cierto.

El régimen sandinista convocó a aquellas elecciones porque fue obligado por la presión internacional y para tratar de detener la guerra civil que comenzaba a tomar fuerza.

Además, no fueron elecciones libres ni competitivas. No se permitió la participación de los partidos políticos de la Coordinadora Democrática Ramiro Sacasa, tildada oficialmente de derechista. Solo participaron los partidos aliados y subordinados del FSLN en el Frente Patriótico de la Revolución (FPR), y una pequeña agrupación maoísta.

Los mismos comandantes y otros altos dirigentes sandinistas reconocieron públicamente que aquello era un simulacro electoral, que tales “elecciones” no eran para “rifar el poder” sino para consolidar la revolución.

Muy lejos de haber promovido la creación de una institucionalidad democrática, lo que hicieron los sandinistas después de las elecciones de 1990 fue tratar de impedirla por cualquier  medio. Ellos habían permitido que las elecciones de 1990 fueran competitivas y supervisadas internacionalmente, porque estaban seguros de ganarlas. Pero las perdieron y en contra de su voluntad tuvieron que entregar el gobierno y una parte del poder, solo una parte, para luego tratar de impedir por medio de la violencia política y social los cambios democráticos que con muchas dificultades impulsaba el frágil gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro, que solo tenía la fuerza moral.

La verdad hay que decirla como es y la historia contarla como fue. En libros magistrales como La transición difícil. En el gobierno con doña Violeta, de Antonio Lacayo; La lucha por el poder (el poder o la guerra), del expresidente Enrique Bolaños Geyer; y Buscando la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019, de Humberto Belli, hay suficiente información objetiva y veraz sobre aquellos hechos históricos. Y ojalá que muchos los leyeran, para entender qué fue lo que realmente ocurrió en los años de la Revolución Sandinista y en el período de la malograda transición democrática de 1990 a 2006.

Las credenciales de demócratas y luchadores por la libertad, el Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos, las otorga la práctica. No hay necesidad de sustituir la historia con una narrativa política, como se les dice ahora a los relatos interesados y parcializados.

Hace mucho tiempo se dijo que a los partidos como a las personas no se les juzga por lo que dicen de ellos mismos, sino por lo que hacen. Esto  es algo cierto que nunca pierde validez.

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