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Embajador de Colombia, un diplomático del siglo XVII

Han sido motivo de escándalo mediático el video y las fotos en las que se muestra al embajador de Colombia en Nicaragua luciendo los emblemas y colores del FSLN, cuando participaba en una marcha del partido oficialista nicaragüense en León, el 7 de julio.

El embajador colombiano en Managua, León Fredy Muñoz, tras el escándalo causado por esas imágenes y sus declaraciones de fervorosa adhesión al régimen sandinista nicaragüense, publicó un comunicado en su cuenta de Twitter alegando que de esa manera cumple la política del presidente Gustavo Petro en su relación con Nicaragua.

Sin embargo, en Colombia se informó que la cancillería de ese país se había sorprendido y molestado por el comportamiento político del embajador Muñoz, quien fue llamado a Bogotá para ser amonestado.

 Cabe señalar que León Fredy Muñoz no es diplomático de formación y carrera profesional. Es un político que antes de ser nombrado embajador por el presidente Gustavo Petro era diputado al Congreso colombiano.

Comentaristas entendidos en diplomacia señalan que con su participación en las actividades del partido político oficialista de Nicaragua,  el representante estatal de Colombia  habría violado la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas que en su Artículo 41, numeral 1, establece que los embajadores “están obligados a no inmiscuirse en los asuntos internos del Estado ante el cual están acreditados”.

En realidad, este embajador colombiano se comporta a la usanza de hace cuatro siglos y medio, cuando se comenzaba a formar el servicio diplomático de la época moderna y estaba plagado de vicios que a estas alturas son inadmisibles.

 Al respecto, el español Rafael Calduch Cervera, doctor en Ciencias Políticas y catedrático de Derecho Internacional Público, escribe en su libro Dinámica de la sociedad internacional que la moderna diplomacia surgió tras la Paz de Westfalia (de 1648) que puso fin a las guerras europeas causadas por la Reforma Protestante y la Contrarreforma.

“Surgió así —escribe el doctor Calduch Cervera— la necesidad de constituir unas oficinas encargadas de administrar las relaciones diplomáticas y la política exterior de los Estados. Paralelamente va configurándose un cuerpo de funcionarios especializados en las tareas diplomáticas que pasaron a depender de un Secretario de Estado, nombrado por el monarca entre la nobleza de su confianza, constituyendo así el antecedente remoto de los actuales Ministros de Asuntos Exteriores”.

Agrega el maestro hispano en Diplomacia y Derecho Internacional Público, que en aquel tiempo “existían muy pocas normas de derecho diplomático… el agente diplomático actuaba como un representante personal del soberano, y/o de la correspondiente dinastía… con frecuencia interviene en la vida política interior de los Estados ante los que se encuentra acreditado, apoyando a los grupos o facciones cuyos intereses coinciden más estrechamente con los móviles políticos y económicos de sus monarcas. Desde esta perspectiva, el agente diplomático es también un agente político de su país”.

Por eso decimos que de aquella clase de diplomáticos del siglo XVII es el actual embajador de Colombia en Nicaragua, para quien su pasión política partidista evidentemente le importa más que los intereses del Estado que representa. Y sobre todo más que el respeto que le debe a la nación nicaragüense que mayoritariamente no es sandinista; una nación que ideológica y políticamente es diversa y plural.

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