En los círculos del exilio y la diáspora nicaragüense en Estados Unidos (EE. UU.) causa molestia que las autoridades migratorias de ese país favorezcan con el parole humanitario a personas que han servido al régimen sandinista-orteguista, incluso como altos cargos policiales o paramilitares durante la cruda represión de 2018.
El parole humanitario, como se sabe, es un permiso de permanencia temporal en EE. UU. que sus autoridades conceden a nicaragüenses y personas de otros países que lo necesitan de manera urgente por motivos significativos.
En los requisitos para conceder el parole humanitario no se precisan específicamente razones políticas, como sí se hace en el caso de los solicitantes de asilo. Pero supone que del beneficio del parole deberían ser excluidas aquellas personas que le hubieran servido al régimen en políticas violatorias de los derechos humanos.
Sin embargo, no está ocurriendo así. Mientras el parole humanitario se le concede a personas que a todas luces no lo merecen, otras que tienen motivos justificados para solicitar la entrada a EE. UU. son rechazadas por las autoridades migratorias estadounidenses. El rechazo lo sufren inclusive personas y familias que quieren viajar legalmente a EE. UU. por motivos de salud, de paseo o para visitar a familiares. De este desprecio son víctimas hasta sacerdotes católicos y personas que han tenido el visado gringo desde niños, cuando sus padres o abuelos los llevaban de paseo o de compras, pero ahora que quieren hacer lo mismo con sus hijos o nietos les niegan las visas tanto a ellos como a sus parientes menores de edad.
Está claro que emigrar y circular libremente entre un país y otro es un derecho humano reconocido por los tratados internacionales. Pero eso no significa que se pueda entrar a cualquier país cuando se quiera. Los gobiernos de los Estados tienen la potestad de aceptar o rechazar la entrada de cualquier persona extranjera, y hasta de expulsarlo si tal fuera el caso. Sin embargo, en el ejercicio de esa potestad estatal se cometen injusticias evidentes.
En el caso de EE. UU. no cabe duda de que a su gobierno se le debe agradecer la generosa solidaridad de haber acogido en su territorio, con el beneficio del parole humanitario, a los 222 presos políticos de Nicaragua que fueron excarcelados y desterrados el 9 de febrero pasado. Así como su hospitalidad con todos los demás nicaragüenses que por las vicisitudes políticas de su patria han tenido que abandonarla y establecerse en aquel gran país libre y desarrollado.
Pero también hay que reprocharle el menosprecio a muchos otros nicaragüenses que son rechazados en la frontera, o que sin motivo válido les niegan las visas en la oficina consular, solo por la voluntad de algunos funcionarios consulares.
Las autoridades estadounidenses siempre han sido contradictorias en su relación con la gente de otros países, sobre todo los pequeños y débiles como Nicaragua. No en vano el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal advirtió en su Diario Político (anotaciones del día jueves 1 de julio de 1976) lo difícil que ha sido siempre ser amigos de EE.UU.