Vengan, tomen, aprendan

Siempre me ha conmovido cuando Jesús, con una ternura única —signo de la presencia y de la misericordia de Dios— nos invita y nos dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré… Aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11,28-29). 

La invitación del Señor es sorprendente: me llama a seguirlo con sencillez. Me dice le presente mi vida, mis crisis, mis problemas familiares y económicos, mis enfermedades, la de mis seres queridos y también la muerte de los míos. Me promete descanso y alivio acercándome a Él y su invitación es dirigida en forma imperativa: “Vengan a mí”; “Tomen mi yugo”; “Aprendan de mí”. 

El primer imperativo es: “Vengan a mí”. Se dirige a aquellos que están cansados y oprimidos. Jesús se presenta como el Siervo del Señor descrito en el libro del profeta Isaías: “El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento”. (Is 50,4). 

Muchas veces a estos desconsolados de la vida, el Evangelio une también a los pobres (Mt 11,5) y los pequeños (Mt 18,6) ya que solo ellos pueden confiar en Dios. Ellos son conscientes de sus humildes  condiciones. Saben y esperan de Él la única ayuda posible porque dependen de su misericordia y con la invitación de Jesús finalmente encuentran respuesta a sus expectativas.  

Reciben la promesa de encontrar consolación para toda la vida convirtiéndose en sus discípulos y quieren ir al encuentro de Jesús para encontrar el alivio que solo Él les puede dar y poder descansar y seguir adelante.

El segundo imperativo dice: “Tomen mi yugo”. En el contexto de la Alianza, la tradición bíblica utiliza la imagen del yugo para indicar el estrecho vínculo que une el pueblo a Dios y, de consecuencia, a la obediencia a su voluntad expresada en la Ley.  

Les quiere enseñar que se descubre la voluntad de Dios mediante su persona. Que es mediante Jesús, no mediante leyes y prescripciones frías que Él mismo condena.  

Él está al centro de la relación con Dios, está en el corazón de las relaciones entre los discípulos y se pone como apoyo a la vida de cada uno. Recibiendo el “yugo de Jesús” todo discípulo entra así en comunión con Él y es hecho participe del misterio de Su cruz y de su destino de salvación.

Sigue el tercer imperativo: “Aprendan de mí”. Jesús presenta a sus discípulos un camino de conocimiento y de imitación. Jesús no es un maestro que con severidad impone a otras cargas que Él no lleva. Esto era la queja que Él hacía a los doctores de la ley. Él se dirige a los humildes, a los pequeños, a los pobres, a los necesitados porque Él mismo se ha hecho pequeño y humilde. 

Comprende a los pobres y a los sufrientes porque Él mismo es pobre y ha experimentado los dolores. Para salvar a la humanidad Jesús no ha recorrido un camino fácil; al contrario, su camino ha sido doloroso y difícil. Como lo recuerda San Pablo: “Se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,8). 

Cuando tengamos momentos de cansancio y de desilusión, recordemos en estos momentos del Señor. Nos dará mucha consolación y nos hará entender si estamos poniendo nuestras fuerzas al servicio del bien. 

De hecho, a veces nuestro cansancio es causado por haber puesto la confianza en cosas que no son esenciales, porque nos hemos alejado de lo que vale realmente en la vida. 

El Señor nos enseña a no tener miedo de seguirlo, porque la esperanza que ponemos en Él no será defraudada.  Estamos llamados a aprender de Él para ser instrumentos de misericordia, de mansedumbre y para que aprendamos a ser humildes y misericordiosos con los demás.

El Señor te bendiga.

El autor es sacerdote católico. 

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