Nicaragua ha sido —y sigue siendo— un país de héroes y mártires. Esto es así por su destino trágico de sufrir de manera recurrente en la historia regímenes basados en la fuerza y el desprecio a la libertad, la democracia y el Estado de derecho.
En el siglo pasado, el sandinismo fue pródigo en dar a la nación héroes y mártires que se enfrentaron con valentía y abnegación, hasta el extremo de sacrificar sus vidas, a la dictadura somocista que duró el período de dos generaciones.
Con el derrocamiento del somocismo casi todos los nicaragüenses creyeron que había llegado una era de libertad, democracia y respeto de los derechos humanos, que nunca más habría necesidad de que la patria alumbrara héroes y mártires. Que a partir de entonces solo habría los que ya estaban inscritos en la memoria nacional.
Pero resultó que el somocismo fue sustituido con otra dictadura en muchos aspectos peor que la anterior. Y como siempre hay quienes se rebelan y luchan por su libertad y la de los demás, aparecieron otros héroes y mártires que ofrendaron su vida luchando contra la tiranía, cívicamente o con las armas en la mano. Igual que en tiempos de la dictadura somocista.
Con el triunfo electoral en 1990 de doña Violeta Barrios de Chamorro, quien enarboló la bandera de la libertad sustentada en la paz, la reconciliación nacional y la sanación de las heridas políticas con el remedio de la democracia y el Estado de derecho, otra vez la mayoría de la población creyó que en lo sucesivo no habría más héroes y mártires políticos y de conciencia. Y la verdad es que se avanzó en esa dirección, hasta que la frágil transición democrática fue descarrilada por la alianza espuria de la corrupción con la avidez de poder absoluto y sin límite de tiempo.
Y aquí está Nicaragua otra vez gestando y alumbrando héroes y mártires, como los de abril y meses siguientes en 2018. Y como el obispo Rolando Álvarez Lagos.
Como ya hemos escrito en otra ocasión, un mártir —en el estricto sentido de la palabra— no es solo la “persona que padece muerte en defensa de su religión”. También lo es aquel “que muere o sufre grandes padecimientos en defensa de sus creencias o convicciones”. Y quien “realiza una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble”.
Esos conceptos retratan a monseñor Álvarez, quien, aunque a Dios gracias sigue con vida, sufre dolorosos padecimientos físicos y morales por las creencias que profesa; y por defender la causa más noble posible, como es la libertad.
En el siglo XXI, después de los grandes progresos científicos, tecnológicos, económicos y sociales logrados por la humanidad, ya no debería ser necesario que haya héroes y mártires por razones de fe y causas políticas. Debería prevalecer en todo el planeta el principio fundamental de que todas las personas nacen libres, que la dignidad humana depende de la libertad y que para convivir pacíficamente y en armonía los derechos de cada uno y de todos tienen que ser escrupulosamente respetados.
Lamentablemente no es así. En muchas partes del mundo sigue imperando la opresión en diversas formas. De manera que también continúan surgiendo personas que se sacrifican por los demás y se convierten en héroes y mártires, como sin duda es el caso ejemplar del obispo Rolando Álvarez Lagos.