Acabo de regresar de una misión de observación electoral en Guatemala. Creo no haberme perdido una sola cita desde 1999, cuando Alfonso Portillo ganó la Presidencia, así que uno presume que pocas sorpresas pueden depararle ya estos procesos tan estructurados y repetitivos. Un par de años después comenzó también mi observación de todas las elecciones de Nicaragua, cuya decadencia gradual he vivido y sufrido a través de los años como una más de las destrucciones institucionales del país, haciéndome imposible a día de hoy no ya observar, sino ni tan siquiera poder acercarme libremente a un colegio o a un palo de mango nicaragüense.
En cualquier caso, los antecedentes de los últimos meses en Guatemala no presagiaban nada bueno: el sistema político que ha usurpado todos los poderes fácticos, tanto públicos como privados, ha sido definido como un “pacto de corruptos” y en él se incluyen diputados, jueces y magistrados, fiscales, cámaras empresariales y, en lo alto de la cúspide, el presidente de turno. Esta coalición de intereses para perpetuarse en el poder y saborear sus beneficios ha tenido víctimas evidentes, como el reciente caso del encarcelamiento del periodista José Rubén Zamora (y el cese del periódico que dirigía) o la inhabilitación de la abogada Thelma Aldana para que no participara como candidata presidencial en las elecciones de 2019 (propuesta por el Movimiento Semilla: quédese el lector con el nombre del partido).
El deterioro democrático de Guatemala, a quienes muchos han llegado a equiparar con la lenta consolidación de un narcoestado, alertaba a la región y a toda América. Por si no bastara con las veleidades autoritarias del tuitero mayor de Centroamérica, Nayib Bukele, y con la pareja desequilibrada que arrasa con todo rastro de libertad en Nicaragua, también el caudillaje chapín amenazaba con llevar a su población hacia el precipicio. Ni la CICIG se salvó, pues los malhechores amenazados por sus investigaciones lograron desmantelarla y así preservar su impunidad futura. Solo algunos conatos de protesta popular, como las manifestaciones y el paro nacional de 2015, fueron el antecedente para la caída del presidente Otto Pérez Molina, sin que esa revuelta llegara a tener nuevas secuelas posteriores de suficiente calibre (aunque de ahí nació precisamente un movimiento político que ya les debe sonar: Semilla).
Lo que nadie esperaba es lo que sucedió este domingo 25 de junio. Hay que reconocer que todavía existía un resquicio para la protesta cívica en el mejor ámbito posible, y es que, a pesar del contexto de corrupción reinante, el sistema electoral era un engranaje que funcionaba al menos desde un punto de vista técnico. Las múltiples palancas de seguridad típicas de los sistemas centroamericanos (boletas selladas, firma de cada votante en el censo, dedos manchados con tinta indeleble…) hacen difícil el fraude a pie de urna, y eso facilita que los votos se puedan contar. Las trampas, allí donde las hay, suelen hacerse antes o después, pero en cada mesa se realiza un escrupuloso escrutinio del voto, como yo mismo he podido constatar votación tras votación.
La sorpresa saltó en cada urna de boletas presidenciales y fue mayúscula. La gente decidió hablar no en las calles sino en los centros electorales, y no fue necesario ni un solo acto de violencia para que su voz se escuchara atronadora: en primer lugar, cada cinco votos aparecía una boleta manchada, rayada o utilizada como pizarra libérrima para despotricar contra todos los candidatos. Un 17 por ciento de votos nulos convirtió esta opción en la más votada: un bofetón simbólico en la cara de todos ellos. Y, en segundo lugar, un hombre del que era casi imposible encontrar su cara en el marasmo de propaganda electoral en las calles, del que ninguna encuesta hablaba y que hasta usaba un tono de voz calmado y discreto, se convirtió en el segundo candidato más votado y pasará a la segunda vuelta de agosto. Bernardo Arévalo iba en la casilla (ya les sonará a estas alturas) del Movimiento Semilla.
Una primera lección de todo esto parece obvia: la democracia, ese sistema aburrido y previsible, sigue siendo el único capaz de ofrecer cauces razonables para rectificar a tiempo y permitir que el pueblo se exprese. El entramado corrupto que gangrenaba las instituciones se olvidó de lo más importante: de la espoleta por la que ahora, esperando que llegase su momento, la gente aprovechó su voz y se hizo sentir. Sólo el voto podía abrir una grieta de dimensiones todavía desconocidas y hacer zozobrar la trama de intereses construida durante años. Y el hartazgo acumulado puede hacer presidente de Guatemala a Arévalo en dos meses con un partido que es hijo del descontento popular.
Pero también es evidente que estas agradables sorpresas solo ocurren cuando ha pervivido algún resto de honradez en medio de la podredumbre. Un oasis en el desierto. El sistema electoral, con sus observadores acreditados, los fiscales de partidos en cada mesa y un sistema de transmisión y publicación de resultados más que aceptable, se presentaba como la última oportunidad de impulsar el cambio sin que se derramara una sola gota de sangre. Incluso con sus imperfecciones, con un TSE de dudosa imparcialidad, con la exclusión previa de candidaturas por razones espurias, con la compra de votos tan recurrente en las zonas rurales: incluso con todo eso y más, la democracia tiene la capacidad de desbordar a sus propios protagonistas y convertirse siempre en un arma de paz para que la ciudadanía la utilice como el cortafuegos más potente.
Lo saben bien aquellos que, ya sin pudor ni límites visibles, deben derribar cada vestigio democrático sistemáticamente, no vaya a ser que por alguno de ellos se les cuele el temido pueblo. Daniel Ortega y Rosario Murillo eliminaron hace tiempo la posibilidad de escoger a los representantes en las instituciones de Nicaragua, conscientes de que someter a las urnas su poder implicaría su salida inmediata del mismo. Nicolás Maduro teme que una elección libre le saque del poder en 2024, y nadie sabe qué rumbo tomará Bukele cuando, algún día no muy lejano, su descomunal apoyo popular se convierta en minoritario y haya que hacer las maletas. ¡Si hasta los niños se cansan de sus propios juguetes!
La lección guatemalteca podría enrocar más a los gobiernos autoritarios, a sabiendas de que ningún pueblo va a retroceder en sus ansias de libertad y que deben seguir taponando grietas para no caerse del trono. Pero nunca hay que menospreciar esa capacidad de las masas para, sin ponerse de acuerdo previamente ni haberlo premeditado, confluir en una única voz de emancipación y rabia. Ocurrió en abril de 2018 en las calles de Nicaragua, acaba de pasar ahora en Guatemala en las urnas. En esa diferencia de espacios, entre la desapacible intemperie de la barricada y la funcionarial rendija por donde meter el voto, hay un mundo: el que va de la dictadura a la democracia. Y ahí vamos, buscando sin cesar el lugar por donde colarnos todos.
El autor es lingüista español y experto en cooperación internacional.