La formación posgraduada

Por definición, un posgrado es una formación posterior a un grado académico previo, es decir, que para ingresar en un posgrado se requiere tener, de previo, una licenciatura o un diploma de nivel superior en ingeniería u otra especialidad.

Si recurrimos a la legislación universitaria latinoamericana son muy apropiadas, en mi concepto, las definiciones de las leyes de educación superior de Colombia y Chile. La de Colombia establece que las maestrías “buscan ampliar y desarrollar los conocimientos para la solución de problemas disciplinarios, interdisciplinarios o profesionales y dotar a la persona de los instrumentos básicos que la habilitan como investigador en un área específica de las ciencias y de las tecnologías o que le permitan profundizar teórica y conceptualmente en un campo de la filosofía, de las humanidades y de las artes. Los programas de doctorado se concentran en la formación de investigadores a nivel avanzado tomando como base la disposición, capacidad y conocimientos adquiridos por la persona en los niveles anteriores de formación”.

Nótese que la ley claramente separa los objetivos de la maestría y el doctorado y no los considera como dos etapas de un mismo programa. El egresado de la maestría debería haber ampliado y desarrollado sus conocimientos con el fin de poder dar solución a problemas de su proceso o básicos de su disciplina y, además, adquirir algunas herramientas que lo habiliten en el arte de la investigación. Por consiguiente, la definición legal de maestría atiende a la práctica del país en el que los programas de maestría se impartan y van desde los estrictamente científicos o académicos, cuyos propósitos fundamentales son los de avanzar el conocimiento de frontera y formar investigadores, hasta los estrictamente profesionales que cumplen el objetivo de ampliar los conocimientos del estudiante para desempeñarse mejor en su profesión, o inclusive, sirven para reorientación profesional del estudiante que le permitan que se desempeñe adecuadamente en un ámbito laboral al que su profesión inicial no le daba acceso. A pesar de que en todos los casos existe un requisito de investigación, la naturaleza, envergadura y profundidad de la misma varían de programa a programa. En cambio, un doctorado está estrechamente vinculado con una investigación original, de tal manera que sin ella no puede calificarse de doctorado. Así es como un doctorado se entiende a nivel internacional.

A su vez, la legislación chilena nos da las definiciones siguientes:

“Magíster: Se entiende por magíster un grado académico superior que tiene como objetivo formar graduados especializados, capacitados para el desempeño profesional de alto nivel, para ejercer docencia universitaria y para realizar investigaciones. Dicho programa podrá ser disciplinario o interdisciplinario y tener un carácter científico o profesional dependiendo de las áreas de estudio. La duración de los estudios no debe ser menor a un año académico, en jornada completa y con dedicación exclusiva. El currículo debe incluir la aprobación de su trabajo final de integración de conocimiento o de investigación, cuya presentación debe ser original y personal”.

“Doctorado: Se entiende por doctorado el más alto grado académico otorgado por una universidad y cuyo objetivo es formar graduados con un alto nivel académico y con un conocimiento profundo en la disciplina. La duración de la formación doctoral no deberá ser menor de tres años, en jornada completa y con dedicación exclusiva. El programa doctoral contempla necesariamente la elaboración, defensa y aprobación de una tesis consistente en una investigación original, desarrollada en forma autónoma y que signifique una contribución a la disciplina”.

En los Estados Unidos una licenciatura generalmente requiere entre 120 y 140 créditos en total; una maestría 30 a 36 créditos adicionales y un doctorado 90 créditos posteriores a la licenciatura. En aquel país, generalmente la formación posgraduada se imparte en las llamadas escuelas de graduados.

En nuestras universidades, el nivel de pregrado no puede ser un ámbito propicio para las tareas de investigación por su excesiva orientación profesionalizante y disciplinaria, sin perjuicio de introducir a los estudiantes en las técnicas o metodologías de la investigación científica.  En cambio, el postgrado, en particular el doctorado, es el espacio por excelencia para la investigación, como afirmamos antes.

Los estudios más recientes sobre la situación de los postgrados en América Latina, como los del venezolano Víctor Morles, nos permiten resumir las tendencias actuales de este nivel de la educación superior en los puntos siguientes:

a) Los postgrados y la investigación ligada a ellos se extenderán y profundizarán a medida que se vaya superando el modelo “profesionalizante” hasta ahora prevaleciente;

b) Los postgrados se han vuelto uno de los temas centrales de las agendas de transformación de la educación superior. Son los escenarios privilegiados para introducir las “nuevas culturas” de calidad, pertinencia y responsabilidad social;

c) Los postgrados tienden a organizarse como “subsistemas”, después de pasar por una etapa de espontaneísmo y falta de coordinación;

d)  Se está gradualmente evolucionando del postgrado puramente docente al postgrado donde docencia e investigación se vinculan estrechamente. Cuando esto sucede, se produce también una mejor relación entre el sistema de postgrado, el Sistema científico-tecnológico y el Sistema Nacional de Innovación del país; 

  • Hay un proceso de expansión y diversificación de los postgrados, aunque aún son escasos los verdaderos “doctorados académicos”. La mayor parte de las maestrías son de especialización profesional;
  • Las “especializaciones” están ligadas a lo que se llaman “los postgrados profesionalizantes”. Las maestrías y doctorados se ligan al esquema de “postgrados académicos”;
  • Los “postgrados de buena calidad de investigación, que producen conocimientos científicos y tecnológicos relevantes, están apoyados por comunidades académicas sólidas, es decir, de suficiente “masa crítica”, y cuentan con procesos eficientes de formación de investigadores;
  • Existen también los postgrados “de consumo” que, aunque se plantean en el papel la formación de investigadores o especialistas, son en realidad programas montados sobre la base de comunidades académicas endebles e inestables; su labor se centra en la “transmisión” de unos conocimientos apenas algo más especializados que los del pregrado, y atraen a una clientela que busca fundamentalmente un título.  Pertenecen a este grupo muchas de las especializaciones y maestrías surgidas a raíz de los procesos expansionistas de la educación superior”. En algunos países se les llama “postgrado por currículo”, ya que se cursan más que todo por necesidad de ostentarlos en el currículo profesional;
  • La tendencia más reciente es la de los postgrados pluridisciplinarios e interdisciplinarios, en campos como el medio ambiente, los derechos humanos, el urbanismo, cultura de paz, etc.”.

   La evaluación de los posgrados adquiere especial relevancia, tanto por representar la cúspide de los estudios superiores como porque en ellos es donde la calidad y pertinencia tienen que ser más exigentes. Algunos posgrados se transforman en los programas insignias de determinadas universidades. Además, los posgrados representan el nivel donde más se hace necesario cumplir con los estándares internacionales, a fin de que sus egresados sean reconocidos, sin dificultad, en el ámbito académico y laboral internacional.

En los seminarios donde se ha analizado el tema de la calidad de los posgrados, se ha llegado a conclusiones que coinciden en afirmar que un posgrado de calidad es el que satisface las diferentes dimensiones de la calidad (calidad de los docentes, de los currículos, de los métodos didácticos, de las investigaciones, de los recursos tecnológicos disponibles, de los estudiantes, etc.) más la pertinencia, eficiencia y eficacia, entendiendo por eficiencia como la óptima utilización de los recursos en el logro de las metas y por eficacia la consecución de los objetivos y metas propuestos.

¿Cómo saber en el mundo de los postgrados quién es quién en términos de calidad?  Con un proceso sistemático de evaluación institucional. Este proceso presentaría dos dimensiones: uno autorregulador que rindiera cuentas a la propia institución y al Estado, y que garantizaría la calidad básica de los postgrados; y otro acreditador, que rindiera cuentas directamente a la sociedad, y que promueva la competitividad en los niveles de excelencia. 

En los posgrados el compromiso con la calidad no debe ser episódico, como dijimos antes, sino constituirse en una “cultura”, es decir en algo consubstancial al quehacer cotidiano de la formación posgraduada. Es en la formación posgraduada donde más debe procurarse crear una relación estable y constructiva entre universidad y sociedad.

Señalamos antes que los posgrados, principalmente las maestrías académicas y los doctorados, representan el ámbito más propicio para la investigación. Trabajos recientes nos revelan que América Latina, en el contexto del continente americano y aún más en el concierto mundial, tiene una baja proporción de investigadores.

Los recursos financieros en I+D expresados en el aporte como porcentaje del producto bruto interior (PBI o PIB) en la región son muy limitados si los comparamos con otras regiones o países.

La formación de una buena parte de los investigadores existentes en las universidades latinoamericanas, ha tenido lugar en terceros países. La situación actual, debido a las serias restricciones financieras que atraviesan muchas universidades de la región y la necesidad de reducir la brecha científica y tecnológica obliga a reforzar aún más la formación de posgrado. No cabe duda que este nivel ha crecido de forma constantes en la mayor parte de los países de la región. Los graduados de máster o maestría reflejan una tendencia parecida a las áreas de grado.

Por supuesto debe hacerse notar que no todos los programas de maestría deben ser conducentes a la formación de investigadores en el área o disciplina de especialización. De hecho, esto sería contraproducente para cubrir las necesidades de profesionales que se necesitan en muchas otras áreas productivas y de servicio. Se debe hacer una distinción, sin menoscabo de la calidad, entre maestrías profesionales y maestrías de investigación. No así, por supuesto con el nivel de doctorado.

En términos generales, la formación de los futuros investigadores en la universidad deberá realizarse fundamentalmente dentro de la región, lo que conlleva el desarrollo de un vasto plan para incorporar la docencia de la investigación y las actividades interdisciplinarias en los estudios de grado y la organización de acciones interinstitucionales en los niveles nacional y regional, mediante exigentes programas cooperativos de posgrado e investigación, especialmente en programas de doctorado y posdoctorado. El rigor académico y la innovación serán fundamentales para evitar el riesgo de que el posgrado pueda convertirse en una vía para la acumulación de certificados y de prestigio social, en oposición a su función de profundizar el conocimiento para fines del desarrollo nacional y regional dentro de una exigencia ética profesional.

El progreso de los pueblos se ciñe, cada vez más, a su adelanto científico y tecnológico. La sociedad contemporánea está cada vez más impregnada de ciencia. América Latina necesita ingresar resueltamente en la civilización científica. Para elaborar nuestro propio proyecto histórico, debemos incrementar la investigación y ponerla al servicio de nuestro desarrollo, convencidos de que la ciencia, como decía Goethe, significa “un perpetuo esfuerzo por llegar y una llegada continua”. El camino está sembrado de obstáculos; a nuestras universidades les corresponde una gran parte de la responsabilidad en los esfuerzos destinados a removerlos.

Valgan aquí nuevamente las palabras que hace más de un siglo pronunció el maestro Justo Sierra en el acto solemne de reapertura de la Universidad Nacional de México (1910): “La ciencia avanza, proyectando hacia adelante su luz, que es el método, como una teoría inmaculada de verdades que va en busca de la verdad; debemos y queremos tomar nuestro lugar en esa divina procesión de antorchas…”

El autor es educador y académico. Fue rector universitario y ministro de Educación.

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