La vida de Jesús fue un verdadero testimonio de amor. Amor a los hombres que nos enseña que el verdadero amor es capaz hasta dar la propia vida a favor de otros: “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn.15,13).
El extremo del amor de Cristo hacia los hombres fue hacer realidad sus promesas. Primero: en el milagro de la multiplicación de los panes y peces: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo», dijo. «Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo les voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn.6,51).
Y segundo: en la Última Cena cumpliendo su palabra: “Tomó pan, dio gracias, lo partió y se los dio diciendo: Este es mi cuerpo que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía” (Lc.22,19).
Esa es la razón por lo que la Eucaristía es el sacramento del verdadero amor: es el signo vivo del amor de Cristo hacia los hombres.
Por eso es que en la fiesta del Corpus Christi arreglamos lindos altares, entonamos Cantemos al Amor de los Amores, Tu Reinarás, Bendito, Bendito… que significan nuestro grito al mundo de ese gran amor de Cristo hacia los hombres en el que se hizo pan para estar siempre junto a nosotros y que jamás nos falte la vida y el compromiso de una vida compartida.
Pero, así como Cristo se hace pan para todos y se da a sí mismo de una manera gratuita por amor, la Eucaristía no puede encerrarse solamente en ser “el símbolo del amor de Cristo”, sino que precisamente por eso mismo, la eucaristía tiene la fuerza que nos une a los hombres a amarnos los unos a los otros como Cristo nos amó: “Este es mi mandamiento: Que se amen los unos a los otros como yo os he amado” (Jn.15,12).
Y tal como San Pablo nos dice: la eucaristía, es pan compartido, que nos une a todos en el amor: “El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan” (1Cor. 10,16-17).
La eucaristía es pues el símbolo del amor de Cristo hacia los hombres y, por ello, el símbolo de amor de y para todos cuantos en ella participan: el símbolo de su amor, que nos une a todos por amor.
Es una comunión con aquel que se nos da como pan: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y Yo en él” (Jn.6,56), y comunión de todos entre sí.
Es con este espíritu con que celebraban los primeros cristianos: “Se mantenían constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan… Todos los creyentes estaban de acuerdo y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hech. 2,42.44).
En la eucaristía que compartimos y repartimos, nos debería llevar a repartir y compartir nuestro pan con quienes hoy no lo tienen para crear y desarrollar el compromiso de: compartir nuestro pan cómo Jesucristo lo hizo y se hizo Corpus Christi, una vida compartida.
El autor es sacerdote católico.