¿Es cierto que los obispos nicaragüenses son golpistas? Golpistas, en su acepción más generalizada, quiere decir personas confabuladas para derrocar violentamente a un gobierno. Ortega los llamó así el 19 de julio del 2018, por un documento que le presentaron días atrás. Su argumento fue que los obispos habían abandonado su papel mediador, para tomar partido a favor de la oposición golpista, y que le habían planteado una serie de ultimátum.
Desde entonces ha repetido numerosas veces su acusación, añadiendo recientemente que ellos pedían la disolución de los poderes del Estado, “un verdadero disparate”, y confesando que esto provocó su decisión de acabar con los tranques usando la fuerza policial y los paramilitares. ¿Fue justificada esta reacción?
En realidad, los obispos, que hasta entonces jugaban el papel de mediadores, cometieron el error de presentar al gobierno una propuesta de cambios muy afín a la que la oposición estaba discutiendo, en lugar de dejar que esta lo hiciera. Pero esto no los convertía necesariamente en golpistas. Para merecer el calificativo habría que demostrar que tal propuesta estaba orientada a derrocar violentamente al gobierno o a romper el orden constitucional.
Un repaso somero de los contenidos centrales del documento presentado permite concluir que sus puntos principales eran, adelantar las elecciones para el año siguiente (2019); reorganizar el poder judicial y electoral de forma que actuaran en forma imparcial; y un calendario para que la Asamblea aprobara estos cambios, dentro de la Constitución, y para que los otros poderes del Estado los efectuaran a tiempo.
Como puede observarse, los obispos no estaban proponiendo derribar por la fuerza a Ortega, sino elecciones libres, honestas y adelantadas como salida a una muy grave crisis nacional. Ya existían precedentes: en 1989 el mismo Ortega había decido hacerlo. ¿Por qué no ahora? ¿Podía pensar Ortega que, en el fondo, ellos querían sustituirlo? Quizás. Pero aun si su sospecha fuese acertada, desear reemplazar un gobernante por medios cívicos y pacíficos no es ser golpista. Lo es solamente cuando se buscan medios violentos, algo que jamás sugirieron ni han sugerido los obispos o el clero.
En todo caso, si la propuesta era inaceptable para el gobierno, este hubiera podido contraproponer o negociar otro tipo de salidas. En su lugar vino la descalificación indignada, el rompimiento, y ríos de sangre. ¿Será porque los Ortega ven como golpista a cualquiera que no apoye su continuación indefinida en el poder?
Ahora le toca el turno al clero diocesano soportar las furias y una nueva acusación; la de ser lavadores de dinero, es decir, receptores de fondos sucios o ilícitos. Pero esta vez se trata de algo totalmente insostenible. Dice la policía que encontraron en distintas parroquias bolsas de dinero con “centenares de miles de dólares”. Pero ni dan sus nombres ni enseñan fotos, lo cual, no lo dudemos, hubiese ocurrido si fuese cierto.
Luego otro inverosímil: que esos platales: ¿200 mil, 400 mil dólares?, procedían de traidores con cuentas congeladas. ¿Cómo es posible? Cuando te congelan tus cuentas ellas desaparecen completamente del radar; de tu pantalla o celular. Ya no puedes hacer nada, ni saber nada. Tu chequera se vuelve inservible. Tus tarjetas bloqueadas. ¿Cómo sacar cien mil o más dólares en efectivo?
Hacerlo siempre ha sido complicado, no solo por las estrictas reglas de la superintendencia, sino por las exigentes precauciones contra el lavado de dinero impuestas a todos los bancos del mundo tras los acontecimientos del 9/11. ¿Qué gerente de banco —que son tan cautelosos— se atrevería a desafiar todo esto, más a sabiendas que cayó preso Luis Rivas, el de Banpro? Casos como estos ¿no muestran más bien que las acusaciones de lavado de dinero, endilgada también a Funides y otras instituciones honorables, así como las de golpistas, conspiradores, traidores, terroristas, o agentes del imperialismo, no son más que recursos fabricados para castigar a los percibidos como opositores? Con el agravante de su completa indefensión. Porque ¿habrá abogado —que vive de su profesión— que se atreva defenderlos a sabiendas de que han encarcelado o cancelado el título a quienes lo han hecho?
Si los obispos son golpistas, por desear una Nicaragua distinta, ¿no es también golpista el grueso de la población?
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.