Uno de los grandes peligros que corre cualquier sociedad es llegar a ser dominada por antisociales, también llamados psicópatas. La American Psychological Association (Asociación Psicológica Americana), los define como “aquellos que tienen una disposición crónica a menospreciar los derechos de los demás, distinguiéndose por su tendencia a explotar, engañar, despreciar las normas y la ley, ser impulsivos e intemperados, y, más que todo, por carecer de sentimientos de culpa, remordimiento y empatía”.
Un 20 a 25 por ciento de los criminales pertenecen a esta categoría. Un subtipo extremo del anterior es la de aquel que no solo carece de sentimientos de culpa, sino que goza con la maldad infligida; el que deriva placer de ver sufrir a sus enemigos reales o imaginarios. Son personalidades verdaderamente malévolas, que rayan en la demencia mental aguda. Constituyen un porcentaje ínfimo de la población, pero son un peligro mayor.
Existe también un subtipo moderado. La periodista norteamericana Peggy Noonan los denomina “psicópatas sutiles”, describiéndolos como aquellos que no te apuñalan de frente y que más bien son inteligentes, atractivos y exitoso, cualidades que les permiten escalar muy alto en los círculos empresariales, sociales y políticos, sin ser detectados.
Todos estos tipos son peligrosos, pero lo son mucho más cuando adquieren mucho poder, y peor si este es político. Mientras un psicópata en el mundo de los negocios sueña con aplastar competidores usando cualquier medio, el jefe de una nación puede oprimir a su pueblo y soñar con expandir su imperio, aunque tenga que sacrificar millares. El dolor de sus víctimas les tiene sin cuidado y, en el caso de los más malvados, hasta les deleita.
Aunque ningún sistema político puede evitar que semejantes personajes asciendan al poder, las democracias tienen prácticas e instituciones que suelen frenar, aunque no siempre, sus desmanes. El mero hecho de tener que exponerse a elecciones libres cada tantos años, obliga a los gobernantes a tener en cuenta el sentir popular. La existencia de una prensa libre y tribunales independientes también son ayudan a exponer y detener sus abusos. No así en las autocracias. En ellas el dictador es más independiente por cuanto su poder no deriva del consentimiento del pueblo sino de su fuerza coercitiva.
Esto explica por qué la casi totalidad de las guerras han sido causadas por regímenes autocráticos y porqué, cuando son presididos por psicópatas —que no serían soportados en una democracia— suelen ser tan dañinos. Un ejemplo actual es Putin. Su ambición imperial —disimulada como defensa nacional— lo ha llevado a guerrear con Ucrania sin importarle su horrenda y dolorosa estela de destrucción y muertes. Y, como todo psicópata, invierte los términos: el agresor es el agredido y la víctima el agresor. Hitler hacía lo mismo: todas sus invasiones eran supuestamente para defender Alemania.
Pero no nos equivoquemos. Tampoco las democracias son inocentes. Evitan las tiranías unipersonales, pero bajo su manto de civilidad sus electores legalizan muchas veces la matanza en masa de los no nacidos, haciéndose cómplices de holocaustos con más víctimas que las acumuladas por los nazis o los comunistas.
Estamos pues ante el caso de quienes podrían llamarse, antisociales “normales” o unidimensionales. La mayoría de ellos no son personas sin sentimientos. Al contrario, muchas son sensibles, caritativas y decentes. Sin embargo, no sienten remordimiento por este genocidio. La razón es la misma que llevó a tantos antiguos, ilustrados y benévolos, a justificar la esclavitud: pensar que los esclavos no eran seres humanos sino bestias de carga. Para los abortistas de hoy las criaturas por nacer tampoco son humanos, sino un montón de células o tejidos, que, como un divieso, pueden extirparse si la madre así lo quiere. Y es una convicción a la que se aferran, aunque la ciencia muestre que la vida humana comienza con la concepción.
Vemos entonces que las conductas antisociales o mejor, inhumanas, pueden ser causadas tanto por psicopatologías o maldad extrema, como por ideas equivocadas, y que, si bien las democracias son más resistentes que los regímenes autoritarios al poder de los malvados, ellas pueden abrigar también legiones de antisociales entre sus ciudadanos “normales”. No es pues solo importante luchar contra los psicópatas poderosos, sino contra las ideas que pueden volver antisociales a poblaciones enteras.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.