El hombre moderno se ufana de su progreso. Se considera moralmente más avanzado e inteligente que sus predecesores. Descalifica opiniones adversas llamándolas “medievales”, pues para él los siglos pasados fueron períodos de ignorancia, superstición y prejuicio. Pero no ve, desde su pedestal, que hay áreas que desafían su visión. Una obvia es la del arte, pues no hay comparación entre la sublimidad del premoderno y la mediocridad del contemporáneo. Otra, quizás menos obvia, pero de vital importancia, es la de la antropología, es decir, la distinta forma de ver la naturaleza humana.
El medioevo cristiano veía al hombre como dotado de una gran dignidad, en virtud de ser hijo de Dios, pero al mismo tiempo de una gran fragilidad moral, debido al pecado original que debilitó sus facultades y lo dejó vulnerable a las insidias del demonio. Su conversión a Cristo podía ayudarle a desafiar el mal, pero sin asegurarle jamás su completa inmunidad. Aún el más santo tendría que luchar hasta el final. Aún el más virtuoso podía derrumbarse en un descuido. Salomón, tan grato a Dios por haber preferido la sabiduría a los demás bienes, anciano sucumbió a la seducción de sus concubinas y adoró sus ídolos.
Esta nota de cautela comenzó a ser abandonada con bombo y platillo en el siglo XVIII. Bajo el influjo de los filósofos de la “Ilustración”, Rousseau en particular, se comenzó a pensar que la corrupción del hombre, considerado bueno en su estado primitivo, era producto de su entorno social. La nueva antropología era por tanto optimista, pues corruptibilidad podía remediarse cambiando la sociedad. De aquí que vinieran a multiplicarse los ingenieros sociales; los revolucionarios prestos a rediseñar las estructuras sociales a fin de alcanzar la sociedad ideal. La nueva óptica dejaba las creencias religiosas fuera de la ecuación. También la moral tradicional, ya que esta no dependería más de normas trascendentes, universales, sino de lo que fuera expediente para construir un mejor orden social.
También, y con el impulso proporcionado por Darwin y otros ateos, se abandonaba la concepción del hombre como hijo de Dios, a favor de la del simio premiado por la evolución. Marx dio una formulación más incisiva a estas ideas: el gran corruptor del hombre era el capitalismo o la sociedad de clases; la religión un opio. Su receta: la dictadura del proletariado. Ella establecería el socialismo regenerador del que nacería el “hombre nuevo”. El himno de la Internacional comunista lo cantaba: “No más salvadores supremos, ni César ni rey ni Dios, nosotros mismos haremos nuestra propia redención”.
La antropología marxista se hizo carne en los totalitarismos comunistas quienes combinaron sus tres ingredientes fatales: uno; confiar la concentración total del poder en hombres que, como tales, eran irremediablemente falibles y corruptibles. Dos; una moral que los libraba de cualquier freno o escrúpulo —moral, dijo Marx, es “todo lo que conduzca al triunfo del proletariado”—. Tres; un hombre despojado de su dignidad espiritual. Lo que ocurrió fue el resultado inevitable y previsible de esta fórmula mortífera: los peores crímenes y genocidios en la historia de la humanidad.
Obsérvese, por contraste, que los padres fundadores de la democracia norteamericana bebieron más bien de la antropología tradicional cristiana: conscientes de la propensión del hombre al abuso del poder, decidieron limitárselo. Conscientes de su dignidad lo declararon titular de derechos inalienables. Los resultados fueron entonces muy diferentes.
Preocupa entonces que, aunque el comunismo haya colapsado en Europa, muchos aspectos de su antropología sigan vigentes. Lo vemos en la persistente fe en los remedios institucionales, en la desaparición del concepto de pecado, en la tendencia a ver la maldad como producto exclusivo de factores sociales o psicológicos (el “abrazos no balazos” de AMLO para los narcos), en el rechazo a principios morales universales, y más grave aún, en la gradual sustitución de la imagen del hombre como hijo de Dios, por la del primate más inteligente. Por eso no sorprende que se hable hoy de los derechos de los animales, tendencia inquietante porque entre más sube la estima de estos más se acorta su distancia con el hombre, creando una creciente y peligrosa nivelación donde la diferencia entre él y la bestia es de grado y no de esencia.
Una antropología, desconocedora de la verdad sobre del hombre siempre será un gran riesgo para la humanidad.
El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.