Las monjitas y el diablo

¿Por qué la pareja Ortega Murillo ha expulsado de Nicaragua a monjas totalmente apolíticas y dedicadas exclusivamente a servir a Cristo entre los más pobres? Las primeras en sufrir esta decisión fueron las 18 Misioneras de la Caridad, en junio del año pasado. Luego siguieron las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús, en septiembre, y las Hermanas Dominicas de la Anunciata, este abril. A esto podría añadirse la reciente confiscación del monasterio que tuvieron que abandonar las monjas trapenses de Chontales.

A las expulsadas el gobierno dio un plazo de 72 horas para abandonar el país —y a los pobres que amaban y servían— para luego confiscar sus propiedades construidas con limosnas, donativos y mucho sudor. ¿Qué hicieron para cosechar estas sanciones tan injustas como odiosas? En el caso de acciones contra clérigos, como monseñor Rolando Álvarez y contra centenares de expatriados, el gobierno las ha justificado como castigo a sus reales o supuestas posiciones políticas. Pero ¿y con las monjas? Ninguna de ellas había abierto su boca para criticar al gobierno ni tampoco albergado a opositores. Las Misioneras de la Caridad entregaban sus vidas, desde la madrugada hasta la noche, atendiendo a niños con problemas y ancianos. Las monjas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús guardaban la eucaristía en la Diócesis de Matagalpa. Las Hermanas de la Anunciata tenían 24 años de atender ancianos en el asilo que construyeron en Rivas.

Entonces, si desde el punto de vista político no había razón alguna para tratarlas como si fuesen elementos indeseables, ¿cuáles pueden ser las motivaciones para hacerlo? El gobierno no ha suministrado ninguna, lo cual añade a la intriga. Porque, obviamente, razones debieron tener, sobre todo considerando que la expulsión de las monjas no le traería el más mínimo beneficio sino, como efectivamente ha sucedido, un mayor desprestigio y un gran costo político, entre él la muy importante antipatía del papa. Algunos podrían argumentar que eso les tiene sin cuidado. Pero esto no responde a la interrogante de por qué los Ortega-Murillo actuaron con tanta hostilidad, y sin beneficio discernible alguno, contra unas monjitas consagradas exclusivamente al servicio de Cristo.

Ante la dificultad de responderla, cabe entonces plantear otra pregunta: ¿no estará, obrando alguna motivación de carácter espiritual, oculta y ajena a todo cálculo político y cuyo blanco final es Cristo?  En efecto, toda esta ofensiva contra la Iglesia, incluyendo el cierre de universidades católicas, la prohibición de procesiones, el cierre de Cáritas, las calumnias insólitas contra el Vaticano, y tantas otras acciones contra la Iglesia en general, parecieran sugerir la presencia de un mismo odio. Si es así, ¿de dónde procede?, ¿qué fuerza espiritual lo podría inspirar?

La pregunta abre la puerta a una sospecha causada por los propios gobernantes. Cuando en la celebración del 19 de julio de 2021, la vicepresidente adornó la plaza de la república con un hexágono invertido de flores, algunos dijeron que ese era el símbolo de satanás. Muchos lo pensamos disparate, hasta que, hurgando en Google, encontramos en Wikipedia la descripción de satanismo y, ¡bingo!, a mano derecha aparece, para quien lo quiera ver, el símbolo mundial de los satanistas: un hexágono invertido idéntico al desplegado en la plaza. ¿Será coincidencia?

Obviamente, hablar del diablo es algo que choca con la mentalidad moderna, para quien dicho personaje es solo un mito creado para explicar el mal. En consecuencia, se esfuerza por explicar los comportamientos irracionales o agresivos como resultados de factores estrictamente económicos, psicológicos o sociales. El problema es que limita así la capacidad de entender la actuación del hombre y de paso deleita a satanás. Pues su mayor truco”, decía Charles Baudelaire, “es convencernos de que no existe”.

Hay situaciones, sin embargo, donde es difícil explicar ciertas conductas en base a factores meramente naturales. Como ocurre en quienes en casos de exorcismos han presenciado la fuerza descomunal de los posesos y su terror al agua bendita o a los crucifijos. Como ocurre también a quienes presencian odios gratuitos contra seguidores de Cristo y ven a sus perseguidores erigiendo ornamentos al diablo. La sospecha está allí. Corresponde al gobierno disiparla explicando por qué expulsaron las monjitas, o invitándolas a regresar.

El autor, el expatriado doctor Humberto Belli, fue ministro de educación y es sociólogo e historiador aficionado. Publicó el libro “Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua 1492-2019, disponible en librerías locales y en Amazon.

COMENTARIOS

  1. Hace 3 años

    Nada nuevo bajo el sol. La Chayo es adepta al satanismo. Ahora, para comprar lealtades están confiscando a gente inocente para dar esos bienes robados tanto muebles como inmuebles a miembros del ejército o a civiles claves en su nomenclatura. Llegará un momento en que todo lo habran robado y no tendrán nada mas que darles a sus compinches.

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