La Reforma de Córdoba

El primer cuestionamiento serio de la universidad latinoamericana tradicional surgió en 1918, año que tiene especial significación para el continente, como que señala el momento del ingreso de América Latina en el siglo XX.

Las universidades, como reflejo de las estructuras sociales que la Independencia consolidó, seguían siendo los «virreinatos del espíritu»,y conservaban, en esencia, su carácter de academias señoriales.

Hasta entonces, universidad y sociedad marcharon sin contradecirse, desde luego que durante los largos siglos coloniales y en la primera centuria de la república, la universidad no hizo sino responder a los intereses de las clases dominantes de la sociedad, dueñas del poder político y económico y, por lo mismo, de la universidad. El llamado «Movimiento de Córdoba» fue el primer cotejo importante entre una sociedad que comenzaba a experimentar cambios de su composición interna y una universidad enquistada en esquemas obsoletos.

Como ha sido señalado por varios estudiosos de la problemática universitaria latinoamericana, esta no puede ser entendida en su verdadera naturaleza y complejidad sin un análisis de lo que significa la Reforma de Córdoba, desde luego que ella aún representa, como dice Darcy Ribeiro, la «principal fuerza renovadora»de nuestras universidades, y con ella entroncan todos los esfuerzos de reforma universitaria que buscan su transformación, por la vía de originalidad latinoamericana que inauguró.

Pero el movimiento, que evidentemente no se dio por generación espontánea sino como respuesta a una nueva situación social, no puede ser examinado únicamente desde su ángulo académico universitario, por importantes que sean los cambios que en este campo propició, como que de ellos emergen las características que distinguen a la actual universidad nacional latinoamericana. Necesariamente, tenemos que considerarlo dentro del contexto socio-económico y político que lo originó. «Quien pretenda reducir la Reforma Universitaria al mero ámbito de la universidad, nos advierte Luis Alberto Sánchez, cometería un grueso error». Ellarebasa el hecho pedagógico y adquiere contornos de singular significación para la evolución social de nuestros países.

Esta es, según Augusto Salazar Bondy, la perspectiva correcta para juzgar el movimiento de la reforma universitaria latinoamericana desde la época de Córdoba: «Lo primero que hay que tener presente es que ella respondió a un proceso muy amplio e intenso de agitación social. Cambios en la correlación internacional de las fuerzas político-económicas, derivadas de la guerra y cambios internos, vinculados con la expansión del capitalismo en Latinoamérica y la emergencia de una clase media que había aumentado considerablemente su número y su participación activa en el proceso social, así como una notoria inquietud en el proletariado que ya se hacía sentir en los principales centros urbanos, determinaron la presencia de un clima propicio a las más hondas transformaciones”.

La clase media emergente fue la protagonista principal del movimiento, en su afán de lograr la apertura de la universidad, hasta entonces controlada por la vieja oligarquía terrateniente y por el clero La universidad aparecía ante los ojos de la nueva clase como el instrumento capaz de permitirle su ascenso político y social. De ahí que el movimiento propugnara por derribar los muros anacrónicos que hacían de la universidad un coto cerrado de las capas superiores. La creciente urbanización es otro factor, que ligado a los anteriores, contribuyó a formar la constelación social que desencadenó el movimiento, que ha sido calificado como la «conciencia dramática» de la crisis de cambio que experimentaba la sociedad argentina y buena parte de la sociedad latinoamericana en general.

Sin que signifique que pretenda explicar el Movimiento de  Córdoba como un fenómeno meramente ideológico, es indudable la influencia que las corrientes filosóficas de entonces y las Ideas de algunos pensadores americanos tuvieron en las declaraciones y en la mentalidad de los principales dirigentes de la reforma. En algunos casos, existen testimonios escritos de estos mismos líderes reconociendo esas influencias. En otros, esta se percibe en los textos de los manifiestos que tratan de fijar la posición del movimiento.  De ahí que convenga reseñar, aunque sea muy brevemente, sus fuentes ideológicas.     

No obstante su trasfondo positivista, en realidad varias corrientes de pensamiento se advierten en el movimiento, aunque todas convergen en la búsqueda de una respuesta nacional y americana. A José Carlos Mariátegui debemos un análisis de la ideología del movimiento, escrito en plena época reformista. Afirma Mariátegui que en ideología el movimiento estudiantil careció, al principio, de homogeneidad y autonomía. «Acusaba demasiado la influencia de la corriente wilsoniana. Las ilusiones demoliberales y pacifistas que la predicación de Wilson puso en boga en 1911-19 circulaban entre la juventud latinoamericana como buena moneda revolucionaría», cosa que también ocurrió en España aún entre los viejos partidos socialistas.

En la lucha, y gracias al contacto con el proletariado, las ideas se irán aclarando y adquiriendo un contorno más social y revolucionario, abandonando la postura inicial romántica, generacional y mesiánica. Alfredo Palacios, uno de sus mentores, predica que la reforma no podrá tocar las raíces recónditas del problema educacional mientras subsista el mismo régimen social.

¿Tuvo la Reforma de Córdoba maestros? El drama de la Reforma Universitaria, nos dice uno de sus principales expositores, Gabriel de Mazo, es el drama de una ansiedad discipular sin respuesta, o con la indignante falsificación de una respuesta. «Por eso, la autodocencia fue la única salida en el conflicto». Y aun cuando los reformistas reconocerían después la influencia que ejerció en su pensamiento el magisterio de algunos intelectuales como José Ingenieros, Alfredo Palacios, Alejandro Korn y Saúl Taborda, lo cierto es que la autodocencia, como dice del Mazo, fue la actitud predominante en una juventud que desesperadamente buscaba una respuesta. Muchos de los militantes del movimiento que participaron en las primeras manifestaciones estudiantiles o en los actos que desencadenaron el proceso reformista, se transformaron después en autoridades de las universidades reformadas y escribieron obras o ensayos que han contribuido a la decantación del pensamiento reformista. 

Señalé antes que la Reforma de Córdoba trató de encontrar una respuesta americana a la crisis del momento. El «americanismo» fue otra característica del movimiento que conviene destacar, así como su consecuente denuncia del imperialismo. Ya en el manifiesto de junio de 1918, los jóvenes cordobeses aseguran estar viviendo una «hora americana». Había llegado el momento de dejar de respirar aires extranjeros y de intentar la creación de una cultura propia, que no fuera simple reflejo o trasplante de la europea o norteamericana. La juventud, bajo el impacto de la guerra mundial, espera determinar con la deficiencia «querer regir la vida americana con mente formada a la europea».

Esta actitud del reformismo, merece ser destacada, pues aun cuando no dio todos los frutos que cabía esperar, este deseo de originalidad latinoamericana señala un rumbo que los actuales procesos de renovación universitaria no deben de perder de vista. En su americanismo la juventud expresaba su anhelo de superar todas las formas de dependencia. Por eso, Gabriel del Mazo llega a decir que la Reforma «es uno de los nombres de nuestra Independencia» de la «vieja independencia, siempre contenida o adulterada, pero siempre pugnante por revivir y purificarse».

El magisterio de Darío de los Cantos de Vida y Esperanza; el arielismo de Rodó y las encendidas prédicas de Manuel Ugarte, Korn, Ingenieros y Francisco García Calderón, incidieron en el americanismo de los jóvenes reformistas. Congruente con esta línea y sus planteamientos sociales, el movimiento adoptó muy pronto una clara postura antimperialista, que más tarde el APRA, que fue la concreción política más importante del reformismo, incorporó como punto medular de su programa dándole, relieve continental.

De ahí que Gabriel del Mazo califique a la reforma como: «Una conciencia de emancipación en desarrollo». La afirmación de lo propio, frente a lo foráneo, robusteció el sentimiento nacionalista del movimiento, actitud que traducida al ámbito universitario implicaba la «nacionalización» efectiva de la universidad.  «La Universidad, escribe del Mazo, no había interpretado lo nacional, como que era intelectualmente extranjerizante y estaba socialmente incomunicada». Se trataba pues, de dar sustancia y contenido real a lo que hasta entonces no pasaba de ser simple adjetivo: edificar la auténtica «universidad nacional», la «Casa de la Cultura Superior” que la Nación demandaba.

El movimiento fue contemporáneo del triunfo de la Revolución Rusa y que en América Latina las ideologías generalmente se difunden con un atraso apreciable. Con todo, las corrientes socialistas y marxistas estuvieron presentes en la trama ideológica que impulsó la Reforma, como mencionamos antes. Será a José Carlos Mariátegui en el Perú, a quien le corresponderá traducir el reformismo universitario en una propuesta de reforma social, amalgamando la Reforma con la lucha por la liberación de los indios y mestizos. Sus «Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana», fueron lectura obligada de los jóvenes reformistas latinoamericanos de la década del treinta.

«El ideario de la reforma, dice Darcy Ribeiro, expresado admirablemente en el Manifiesto de Córdoba, correspondía —como era inevitable— al momento histórico en que ella se desencadenó y al contexto social latinoamericano, cuyas élites intelectuales empezaban a tomar conciencia del carácter autoperpetuante de su atraso en relaciónalas otras naciones y de las responsabilidades sociales de la Universidad, para reclamar una modernización que las volviese democráticas, más eficaces y más actuantes hacia la sociedad».

¿Cuál era la situación de las universidades latinoamericanas, en general, y de las argentinas, en particular, a la época del estallido de Córdoba? Por lo que a estas últimas respecta, mejor descripción, por patética que sea, del estado en que se encontraban no la podemos encontrar que la incluida en el propio Manifiesto de 1918: «Las Universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y —lo que es peor aún— el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara. Las Universidades han llegado a ser así el fiel reflejo de estas sociedades decadentes, que se empellan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil».Demoledora denuncia, por cierto aplicable a la situación universitaria general del continente.

Las universidades latinoamericanas, encasilladas en el molde profesionalista napoleónico y arrastrando en su enseñanza un pesado lastre colonial, estaban lejos de responder a lo que América Latina necesitaba para ingresar decorosamente en el siglo XX y hacer frente a la nueva problemática planteada por los cambios experimentados en la composición social, debidosa la urbanización, la expansión de la clase media y la aparición de un incipiente proletariado industrial. Los esquemas universitarios, enquistados en el pasado, necesariamente tenían que hacer crisis al fallarles la base de sustentación social.

La universidad, escribe Luis Alberto Sánchez, no había encarado aún su problemática esencial. Vivía en el campo de las ideologías de prestado y dentro de una corriente de marcado autoritarismo institucional y franco centralismo cultural. De espaldas a la historia, no se percataba de los torrentes que ahora pasaban debajo de sus balcones señoriales y que pronto se arremolinarían contra ella. Había sobrevenido en las universidades una verdadera crisis de cultura, nos refiere Alejandro Korn, provocada por la persistencia de lo pretérito, la corruptela académica, el predominio de las mediocridades, la rutina y la modorra en los hábitos académicos, la orientación puramente profesional y utilitaria, el olvido de la misión educadora y la entronización de un autoritarismo de la peor especie.

Estas características, que prevalecían en el ámbito universitario latinoamericano, tenían su más alta expresión en una «oscura universidad mediterránea» de la República Argentina, en la provinciana y claustral Universidad de la no menos conservadora y monacal ciudad de Córdoba “sobrecogida de sonidos patriarcales y polillas eclesiásticas».Ahí, en medio de iglesias y conventos, se produjo el estallido reformista que luego se extendería como reguero de pólvora, por todo el continente. Veamos cómo ocurrieron los hechos.

Fundada a comienzos del siglo XVII, la Universidad de Córdoba era, a principios del siglo XX, uno de los bastiones del clero y del patriarcado argentino. De las universidades argentinas era la más apegada a la herencia colonial Sobre ella seguía proyectando su sombra su fundador Fray Fernando de Trejo y Sanabria, obispo de Tucumán. Y para quienes pudieran suponer que esta descripción obedece a un impulso juvenil, capaz de exagerar los aspectos sombríos de la situación, apelemos al testimonio de una personalidad argentina, el Dr. Juan B. Justo; quien semanas después de publicadas las denuncias del Manifiesto, hizo ante el Congreso Nacional de su país, una verdadera disección de la Universidad de Córdoba.

Los postulados liberales de la Revolución de Mayo de 1810 no habían hecho mella en los claustros cordobeses, más bien empeñados en desvirtuarlos. Las inspecciones ministeriales no hacían sino confirmar «el estado ruinoso de la universidad»,  pero las iniciativas para sacarla de su postración no pasaban de los aspectos puramente estatutarios.  «Solo el espíritu de la juventud revolucionaria, irrespetuosa, rebelde, insolente, podría iniciar la nueva era», vaticina Alfredo Palacios.

Y así fue. Los hechos se desencadenaron luego con gran rapidez y virulencia. El primer acontecimiento que escandalizó e irritó a los sectores clericales fue una conferencia «herética» sobre «Los Incas», pronunciada en 1916 por el Joven poeta Arturo Capdevilla en la Biblioteca de Córdoba, y que encendió la polémica entre conservadores y liberales. Ese mismo año asume la presidencia del país el dirigente radical Hipólito Irigoyen Las opiniones se dividen en cuanto a la neutralidad argentina en la Primera Guerra Mundial. Al año siguiente estalla la Revolución Rusa. A fines de ese mismo año se produce la chispa: el Centro de Estudiantes de Medicina de Córdoba protesta por la supresión del internado en el hospital de clínicas y rechaza las razones alegadas de moralidad y carencia de recursos.

Señala también las deficiencias en el sistema de provisión de cátedras. Las demandas no son atendidas. Se unen los estudiantes de Medicina, Ingeniería y Derecho: en marzo de 1918, organizan un Comité pro reforma que decreta la huelga general y expide un Manifiesto «A la juventud argentina» en el cual expresan: «La Universidad Nacional de Córdoba amenaza ruina; sus cimientos seculares han sido minados por la acción encubierta de sus falsos apóstoles; ha llegado al borde del precipicio impulsada por la fuerza de su propio desprestigio, por la labor anticientífica de sus Academias, por la ineptitud de sus dirigentes, por su horror al progreso y a la cultura, por la inmoralidad de sus procedimientos, por lo anticuado de sus planes de estudio, por la mentira de sus reforma s por sus mal entendidos prestigios y por carecer de autoridad moral». 

Nuevamente las autoridades universitarias deciden «no tomar en consideración ninguna solicitud de los estudiantes»y les responden con la clausura de la Universidad. Los estudiantes se lanzan a las calles entonando «La Marsellesa» y proclamando su decisión irrevocable de seguir adelante. Mientras tanto, en Buenos Aires, se funda la Federación Universitaria Argentina (FUA).

El Manifiesto fue expedido para justificar la actitud de los estudiantes, explicar las razones de su decisión de desconocer al Rector electo e invitar a todos los jóvenes universitarios, no solo de Argentina, sino de toda América Latina, a sumarse a la revolución que se acaba de iniciar: «Creernos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten estarnos pisando una revolución, estamos viviendo una hora americana». 

Tras de denunciar la situación académica obsoleta de la Universidad, en los párrafos vigorosos que antes transcribimos, los estudiantes atacan el «arcaico y bárbaro concepto de autoridad»: las universidades se transforman en «un baluarte de absurda tiranía para proteger la falsa competencia». Contra ese principio, y contra el «derecho divino del profesorado universitario» se alza la recién fundada Federación Universitaria de Córdoba y reclama «un gobierno estrictamente democrático» y sostiene que «el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio, radica principalmente en los estudiantes». “Toda la educación, agrega, es una larga obra de amor a los que aprenden». «Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y de consiguiente infecunda».

De Córdoba, las inquietudes reformistas se extienden a Buenos Aires y a las demás universidades argentinas. Después desbordarán las fronteras, dando aliento a un movimiento continental.

El autor es educador, académico y escritor. Fue rector universitario y ministro de Educación de Nicaragua.

COMENTARIOS

  1. Hace 3 años

    Si observas detenidamente la arquitectura del edificio administrativo original de la Universidad de Córdoba es casi idéntico al de la UNAN-León. La Universidad de Córdoba fue fundada por los Jesuitas. Cuando estos fueron expulsados de Argentina asumieron la dirección de la universidad los franciscanos. En 1885 se aprobó la Ley de Avellaneda, primera ley en materia de universidades, que dispuso las formas en que podían reformarse los estatutos de las universidades nacionales argentinas y su régimen administrativo, dejando el resto de materias a cargo de las propias universidades. En 1886 se modificaron los estatutos de la universidad de Córdoba para adecuarlos a la nueva ley. En junio de 1918 el estudiantado de la universidad de Córdoba lanzó un movimiento, al que pronto prestaron su voz otros en todo el continente, para luchar por una genuina democratización de la actividad académica nacional. Hasta ahora controladas por intereses relacionados con la Iglesia Católica y los legisladores conservadores vinculados a la nobleza terrateniente, las universidades argentinas obtuvieron una autonomía sin precedentes luego de estas reformas.

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