Para la oposición lo acaecido en abril hace cinco años fue una insurrección cívica, espontánea, brutalmente aplastada por un gobierno sangriento. Para este fue un violento intento de golpe de Estado planificado por sus enemigos. Preguntados sobre cuál versión es la correcta, la mayoría de los nicaragüenses se inscribirán en una y otra sin matices intermedios. Pero ¿cuál podría ser el juicio de la historia?
Como historiador aficionado no he podido resistir la tentación de examinar los acontecimientos buscando ser lo más objetivo posible. No es nada fácil y es posiblemente pretencioso. Porque no he sido neutral. Marché en las protestas y ahora estoy expatriado y confiscado. Con todo, y consciente de lo difícil de librarme totalmente de mis simpatías y antipatías, creo que vale la pena hacer un esfuerzo por atisbar la verdad detrás de las versiones dominantes.
Una de mis conclusiones es que no se trató de una insurrección cívica, sino de una que comenzó como tal, pero que en muchos casos devino en violenta. Cívica es sinónimo de pacífica y dentro de los marcos legales. Las protestas comenzaron así: manifestaciones mansas de viejitos contra las reformas del Seguro Social. Protestas pacíficas, aunque naturalmente alborotadas, de estudiantes. Pero fueron enfrentadas con violencia; primero por turbas de la Juventud Sandinista que dejaron manifestantes heridos y luego, ya entrado el 19 y del 20 en adelante, con balas vivas que dejaron ¡22 muertos y centenares de heridos en los primeros tres días! Eso cambió todo. Ver cadáveres de jovencitos en charcos de sangre hace hervir la sangre. Más de la mitad del país estalló en indignación y muchos, entre ellos clérigos, ofrecieron refugio y solidaridad a los muchachos.
Para poner las cosas en perspectiva consideremos que, en Cuba, con todo y tener un gobierno muy represivo, en las masivas protestas populares de julio de 2021 solo hubo un muerto, y en los violentos motines en la Francia de Macron, ninguno. ¿Por qué reaccionó así la policía nicaragüense? ¿Sería la orden de “¡vamos con todo!”?
La verdad es que con muertos multiplicándose cada día la insurrección perdió rápidamente su carácter cívico y fue deviniendo, espontáneamente y sin que nadie que la dirigiera, en una insurrección con matices cada vez más violentos. Ya la grita no era revertir las reformas del Seguro sino botar a Ortega. Trancar las calles con adoquines, aunque entendible como defensa contra la saña gubernamental, era un acto de fuerza, violento, igual que quemar locales del FSLN y tumbar arbolatas. Los hechos deleitaban a la multitud enfurecida, pero endurecían las posiciones. El hecho de que el pueblo en masa tomó las calles y el control de casi todos las ciudades y pueblos del país, desbordando totalmente a la policía, sembró el terror entre los sandinistas. Más aún cuando algunos de sus militantes fueron amarrados, ultrajados y, en algunas instancias, muertos, por las indignadas turbas antigobiernistas.
Sin embargo, grandes sectores de la oposición mantenían en medio de todo su compromiso con la no violencia. Una muestra fue la gigantesca marcha pacífica del 30 de mayo, Día de las Madres. Pero esta vez, de nuevo, francotiradores del gobierno asesinaron al final de esta a ocho jóvenes desarmados. Parecía que, perdida las calles y con la con la policía rebasada, el régimen, con la complicidad secreta del mando militar, decidió aplastar de una vez por todas a la resistencia opositora armando a millares de sus militantes con armas de guerra.
Paralelamente se armaban también algunos manifestantes con armas de cacería y pistolas hechizas. Se multiplicaron entonces los muertos en ambos bandos, pero con una desproporción mucho mayor en el bando opositor. Paramilitares y policías, capturaban, torturaban y hacían ejecuciones extrajudiciales, pero también hubo un número indeterminados de gobiernistas asesinados y más de veinte policías muertos. Cuando el régimen desató la operación limpieza entrando a sangre y fuego en las ciudades del país los muertos superaron los 300. Aunque se abrían en Managua mesas de diálogo entre gobierno y oposición, a nivel de la calle no hubo intentos serios de tregua o conciliación en ninguno de ellos. Terminados los tiros los corazones de ambos quedaron humeantes de odio.
Yerra hoy la oposición al conceptualizar lo de abril y sus secuelas como un levantamiento cívico y pacífico, cuando tuvo aspectos violentos después de sus inicios. Acierta cuando denuncia que la repuesta gubernamental fue brutalmente sangrienta. Yerra el gobierno cuando afirma que el levantamiento fue planeado y financiado por sus adversarios, cuando fue totalmente espontáneo. Acierta cuando dice que se trató de un golpe de Estado, entendido como intento de reemplazarlo, pero aclarando que este surgió como reacción a su inusitada violencia.
Rara vez las cosas en la historia son blancas o negras. Suelen haber matices intermedios que, descubiertos, pueden ser útiles para el entendimiento.
El autor fue ministro de educación y es sociólogo e historiador aficionado. Publicó el libro “Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua 1492-2019, disponible en librerías locales y en Amazon.