El régimen de Nicaragua ha decidido instituir oficialmente el 19 de abril como Día Nacional de la Paz. Pero es una decisión unilateral repudiada por las organizaciones y activistas opositores, que están radicados en el exterior porque dentro del país no es posible hacer oposición.
El rechazo a esta decisión gubernamental es porque la consideran una burla a la memoria de las personas que murieron en la rebelión de abril de 2018. Y porque, según dicen, el régimen pretende cambiar la historia de aquellos hechos considerados por la oposición tan trágicos como gloriosos.
La fecha del 19 de abril tiene un gran simbolismo tanto para el régimen como para la oposición, pero por razones diferentes. No se trata de crear realidades paralelas, como dicen algunos, porque eso es imposible. La realidad es única, se puede interpretar de distintas maneras, pero no se puede inventar. Solo hay una realidad histórica de abril de 2018 aunque sea interpretada de dos maneras opuestas.
Es lo mismo que ocurrió con la Revolución Sandinista del 19 de julio de 1979, que para los revolucionarios fue una epopeya heroica y sublime, pero para las víctimas fue un acontecimiento doloroso y nefasto.
George Orwell, el célebre autor inglés que escudriñó y denunció la naturaleza y el funcionamiento del totalitarismo en obras como 1984 y La granja de los animales, señaló en una de sus columnas que publicaba en el periódico socialista británico Tribune, que “la historia la escriben los vencedores”. Lo cual es cierto relativamente, porque se refiere a la historia oficializada escrita por o para quienes resultaron vencedores en un conflicto violento nacional o internacional.
Pero en realidad la historia también la escriben los vencidos, que ofrecen sus propias versiones y valoraciones de los hechos acontecidos de acuerdo con sus intereses, afiliaciones políticas y definiciones ideológicas.
Tal es el caso de la rebelión de abril de 2018, acerca de la cual se ha escrito y divulgado más en los medios opositores y favorables a los vencidos, que en los del bando del régimen o sea de los vencedores.
Ahora bien, la institución del 19 de abril como Día Nacional de la Paz podría ser una buena iniciativa si hubiera una buena intención. Es decir, de cerrar las heridas muy dolorosas que hay en el alma de la nación; de poner fin a la extrema polarización política e ideológica que divide a los nicaragüenses; de restablecer la concordia nacional…
Pero esto solo podría ser posible si resultara de un acuerdo patriótico que concilie las posiciones, anhelos y objetivos de los unos y los otros. Que en principio no es imposible, pero que por ahora no parece factible. Es imposible que la paz impuesta por los vencedores en la rebelión de abril de 2018 sea aceptada por los vencidos. Además, no es esa “paz” la que necesita la sociedad nicaragüense para sanar sus profundas y dolorosas heridas.
La paz, como se ha repetido tantas veces, no es solo la ausencia de guerra y de violencia en cualquier forma. La paz es una situación de armonía, de seguridad ciudadana, de tranquilidad y bienestar. Lo que requiere compartir valores y prácticas de justicia, de tolerancia y de diálogo como medio para resolver los conflictos que surgen en la las relaciones humanas, sociales, políticas y culturales.
Eleanor Roosevelt, una de las redactoras de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, advirtió con certeza que “no basta con hablar de paz. Uno debe creer en ella y trabajar para conseguirla.” Y Nelson Mandela aseguró, también certeramente, que “la paz no es simplemente la ausencia de conflicto; la paz es la creación de un entorno en el que todos podemos convivir y prosperar”.