En su solemne bendición pascual urbi et orbi (a la ciudad y el mundo), el pasado 9 de abril al celebrar la cristiandad católica mundial el Domingo de Resurrección, el papa Francisco volvió a expresar su sentimiento de cercanía solidaria con la Iglesia católica y el pueblo de Nicaragua.
Urbi et orbi, según explica el medio electrónico Catholic.net, era la fórmula que usaban los emperadores romanos para dirigir sus mensajes a la gente de Roma y de todo el mundo romanizado. Cuando Roma se cristianizó, la Iglesia adoptó la fórmula para designar la bendición solemne que el papa imparte cada año el día de Navidad, el 25 de diciembre, y el Domingo de Resurrección, o de Pascua, al culminar la celebración de la Semana Santa. Y la imparten también los papas cuando son elegidos como sucesores de San Pedro al frente de la Iglesia de Jesucristo.
En una parte de su bendición pascual del domingo pasado, el papa Francisco pidió: “Sostiene, Señor, a las comunidades cristianas que hoy celebran la Pascua en circunstancias particulares, como en Nicaragua y en Eritrea, y acuérdate de todos aquellos a quienes se les impide profesar libre y públicamente su fe”.
Un mes atrás, el 10 de marzo pasado, el santo padre habló también de Nicaragua en la controversial declaración periodística al medio argentino de comunicación, Infobae, en la cual comparó al régimen nicaragüense con “la dictadura comunista (soviética) de 1917 o la hitleriana del (año) 35…”
Ahora, en la bendición urbi et orbi del Domingo de Resurrección, el papa Francisco fue cauteloso como corresponde en un acto y una oración de tanta solemnidad religiosa. Y al hablar de “todos aquellos a quienes se les impide profesar libre y públicamente su fe”, el papa se refería a los católicos de Nicaragua, a quienes en la Semana Santa recién pasada las autoridades policiales no les permitieron celebrar las procesiones religiosas rituales y tradicionales.
La población nicaragüense es mayoritariamente católica, al menos 45 por ciento de toda ella, según la jurista Martha Patricia Molina, quien se dedica a investigar y documentar la situación de la Iglesia en Nicaragua. Pero cualquiera que sea su tamaño poblacional, los católicos y las personas de cualquier otra religión tienen derecho y deben tener libertad para profesar su religión, según los ritos eclesiales y las tradiciones históricas y culturales.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos establece en su Artículo 18: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o creencia, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”. Este derecho fundamental está consagrado en todos los tratados internacionales de derechos humanos, así como en la misma Constitución de la República de Nicaragua, Título IV, Capítulo III, Artículo 69.
La Iglesia católica no es enemiga del Estado. Por su naturaleza, por la vocación del episcopado y el clero, y por sus directrices pastorales, la Iglesia católica no representa una amenaza real ni potencial contra el gobierno, como dicen algunas personas.
La Iglesia católica predica la paz y promueve la reconciliación humana, social y nacional. Esto debería ser comprendido por los representantes del poder estatal y las instituciones políticas.
Pero lamentablemente no es así. Por eso el papa Francisco en su bendición urbe et orbi del Domingo de Pascua pidió a Dios por Nicaragua. Para que los católicos de este país recuperen plenamente su derecho de creer y profesar libremente su fe.