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Había en el barrio San Antonio de la vieja Managua una pulpería pequeñita donde se vendían cigarros y fósforos. Ahí vivía doña Cipriana Poveda, maestra en el lavado y planchado de pantalones y camisas de lino. Solían reunirse en esa casa caballeros almidonados que platicaban sobre los acontecimientos en boga y nunca debía faltarles el diario LA PRENSA. A doña Cipriana tampoco.
Pese a que no había culminado la escuela primaria, doña Cipriana era una empedernida lectora de noticias y afirmaba con toda la convicción del mundo que las únicas tres cosas a las que no podía renunciar eran la leche, los frijoles y su diario LA PRENSA, que en esa época costaba 25 centavos; es decir, el equivalente a tres bollos de pan recién salidos del horno.
Su nieta, Luisa Emilia Céspedes, creció en ese ambiente y, entre tiras cómicas, carteleras y noticias, fue cultivando una devoción por LA PRENSA que, al día de hoy, a sus 90 años, todavía conserva. Debido a las circunstancias políticas actuales, la versión impresa del diario continúa fuera de circulación; pero ella se ha adaptado a las nuevas tecnologías y se informa a través de una tableta. Ya sus ojos no ven como antes y a veces ni los lentes son suficiente para enfocar bien las letras, así que se vale de una lupa o le pide ayuda a alguno de sus cinco nietos.
Todavía guarda, amarillentas y algo tostadas, decenas de ediciones de LA PRENSA que se salvaron de ser vendidas por libra para reciclaje o fabricación de piñatas. Ahí están, por ejemplo, los números publicados durante las visitas del papa Juan Pablo II y las ediciones especiales de aniversario. También hay revistas Magazine, ejemplares de La Prensa Literaria y discos coleccionables que salieron en la época de los equipos de sonido.

Los chicos de LA PRENSA
En sus inicios, el taller de LA PRENSA era un galerón oloroso a tinta y papel, donde se vendía la edición del día y las monedas se iban acumulando en panas. Doña Luisa Emilia nunca entró para ver los cuatro escritorios de los periodistas ni las cajas en las que las palabras se armaban a mano, letra por letra; pero recuerda que por fuera se veía como una más de las casas antiguas de la vieja Managua, en la calle El Triunfo.
Nacida en 1932, doña Luisa Emilia estaba viviendo los primeros años de su niñez cuando LA PRENSA ya era casi una adolescente. Más claros están sus recuerdos sobre las veladas de Los Chicos de LA PRENSA, realizadas en el Teatro González, donde se elegía a “la novia de los chicos”: Señorita Cuarto Poder.
El evento ya existía en los años 40 y, según doña Luisa Emilia, se extendió hasta los años 50 y 60, pues se recuerda asistiendo con sus amigas de juventud y, posteriormente, con la mayor de sus tres hijas, vestida y peinada para la ocasión.
En su memoria también guarda con especial cariño sus viajes en el “Expreso de occidente”, un bus con aire acondicionado y asientos mullidos que cada tarde salía de Managua rumbo a Corinto, para entregar la edición del día de LA PRENSA, que en esos años era un diario vespertino. Cuando alguien no quería viajar en medio de panas y pollos ni estropear un traje bien planchado, compraba un boleto para el Expreso de occidente, que era lo más parecido a un “viaje en avión” y se trasladaba cómodamente a León o Chinandega.
“El boleto se compraba en las oficinas de LA PRENSA. Si querías ir almidonado y perfumado, lo ideal era el Expreso de occidente. El boleto era más caro (que el del transporte colectivo), pero no ibas con gallinas”, relata Lorena Pérez, hija de doña Luisa Emilia y heredera de la tradición de leer el diario LA PRENSA.
Para esa época doña Luisa Emilia ya era una de las mejores mecanógrafas graduadas en la escuela de Fidel Saballos Morales, de donde salió en 1953 para trabajar en la clínica del doctor Inocente Lacayo, radiólogo, y más tarde en el famoso bufete de abogados Argüello Gil.
El terremoto de la madrugada del 23 de diciembre de 1972 “la agarró dormida”. La tarde anterior había ido de tiendas para comprar los presentes que entregaría en un intercambio de regalos del bufete. Se desveló envolviendo sus presentes y se fue a dormir cansada, por eso no sintió el sismo que dejó en ruinas casi todo lo que conocía, incluida una pared de adobe en su propia casa, en San Antonio.
Fue la niñera que cuidaba a sus hijas quien la despertó “para ver el desastre”. Salieron atravesando un cerco, porque el pasador de la puerta frontal de la casa se había doblado. “Eso fue horrible”, recuerda. “Se derrumbaron las paredes de adobe y la gente se ahogaba con la tierra”.
El sismo de 6.2 grados en escala de Richter duró 30 segundos, tiempo suficiente para arrasar con las instalaciones de LA PRENSA y destruir su rotativa principal. El periódico no volvería a circular sino hasta el 1 de marzo de 1973; es decir, 69 días después. Desde entonces el edificio del periódico fue ubicado en el kilómetro 4 ½ de la Carretera Norte.
El retorno del Diario fue celebrado con gran alegría por los nicaragüenses y doña Luisa Emilia por fin pudo volver a comprarlo para enterarse de las historias de tragedia y heroísmo nacidas en el contexto del sismo.

Pedro y Violeta
Como siempre fue activa y sociable, muy dada a asistir a actividades y a conocer personas, está bastante segura de que alguna vez vio a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, pero no lo recuerda. Para ella, “todo mundo respetaba y quería” al director de LA PRENSA, por eso su asesinato causó gran conmoción en el país.
En la mañana del 10 de enero de 1978 la noticia se oyó en la radio y luego fue llevada de calle en calle y de casa en casa por la gente.
“El país estaba convulsionado. Se hablaba de eso en todos lados y también daba temor porque la Guardia de Somoza era bastante represiva”, rememora doña Luisa Emilia. “Pero yo soy bien curiosa, donde quiera me gusta ir y meter mi cuchara y darme cuenta. Nos fuimos al cementerio y al volver se oyeron unos disparos. Me dio temor, andaba con mis hijas mayores y comenzamos a correr. Nos metimos a la primera casa que tenía la puerta abierta”.
La muerte de Pedro Joaquín le causó gran pesar y miedo. Fue como si hubiera presentido las consecuencias que el asesinato del periodista tendría en la historia de Nicaragua.
Tras la muerte de Pedro Joaquín, ocurrirían muchos otros acontecimientos históricos. Triunfó la revolución sandinista y cayó el dictador Anastasio Somoza Debayle. Vinieron diez años de gobierno sandinista, inflación y guerra civil. Por eso el triunfo de doña Violeta Barrios de Chamorro despertó esperanzas en buena parte de la población.
A doña Luisa Emilia le alegró que ganara una mujer. Quería a doña Violeta como había querido a Pedro Joaquín y vivió su victoria “con mucha ilusión”.
Han pasado más de treinta años desde entonces. Muchas cosas han cambiado en el país y otras siguen igual. Lo que no cambia es la fidelidad de doña Luisa Emilia por LA PRENSA, aunque ahora tenga que leerla con lupa. Y ya no quiera enterarse de todo.
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