El advenimiento de la República no implicó la modificación de las estructuras socioeconómicas de la colonia. En este sentido, el movimiento de la Independencia careció de un contenido realmente revolucionario, limitándose, en gran medida, a la sustitución de las autoridades peninsulares por los criollos, representantes de la oligarquía terrateniente y de la naciente burguesía comercial.
La crisis experimentada por el poder español, a raíz de las guerras napoleónicas, fue aprovechada por quienes más resentían su presencia en tierras americanas en cuanto a competencia en el disfrute de los beneficios derivados de la explotación de las estructuras coloniales, para estimular los sentimientos separatistas. No se trataba, pues, de reordenar la sociedad colonial sino de conservarla bajo una nueva dirección: la de los criollos. Para estos la Independencia significaba no solo alcanzar el control total del poder político, que en cierta forma habían compartido con los peninsulares desde posiciones subalternas, sino también lograr una serie de ventajas económicas largamente ambicionadas, de manera especial, la de comerciar libre y ampliamente con la nueva potencia industrial, Inglaterra, sin las cortapisas establecidas por el gobierno español. Además, sacudirse las cargas impositivas y desarrollar sus empresas.
Los mismos principios de la Ilustración, que sirvieron de apoyo ideológico al movimiento de Independencia, fueron préstamos intelectuales que abrieron el camino a otra forma de dependencia: la cultural. Las ideas ilustradas se bifurcaron en una corriente radical, representada por la burguesía comercial y las clases medias letradas, en las que prevalecía un «espíritu urbano», y otra de carácter más bien conservador y rural, representada por los «hacendados» criollos, que ya se habían opuesto a los intentos modernizadores de la Ilustración borbónica. Los afanes separatistas de estos últimos iban dirigidos, precisamente, a salvaguardar el sistema social de la colonia, frente a la Ilustración liberal.
El movimiento de Independencia representa la acción política común de ambos grupos, a pesar de sus diferentes puntos de parada filosóficos y socio-culturales.
Esto no significa que las preocupaciones por el cambio social no hayan estado presentes en algún momento del movimiento emancipador. Incluso, las primeras insurrecciones tuvieron el carácter de levantamientos populares en los cuales el reclamo por un orden social más justo se hizo sentir. Tal fue el caso, por ejemplo, del “Grito de Dolores” de Hidalgo en México, que fue una revuelta india dirigida no solo en contra de los peninsulares sino también contra los criollos.
Pero estas tentativas de revolución social fueron rudamente reprimidas por las clases dominantes, amalgamadas en un mismo frente. En realidad, las distintas clases sociales fueron a la lucha libertaria movidas por diferentes motivos y para realizar propósitos distintos y hasta contradictorios. Los de los criollos, que fueron triunfantes, ya los conocemos. Los mestizos, mulatos e indios veían en la Independencia la oportunidad de salir de la dura situación en que se encontraban, lo cual daba a su lucha un sentido verdaderamente liberador y revolucionario. Mas, esto era precisamente lo que no deseaban quienes manejaron el movimiento separatista, pues perjudicaba sus intereses económicos afincados en la explotación de los estratos sociales inferiores.
De ahí el fracaso de las insurrecciones que aspiraban al cambio social y la indiferencia con que, en general, miraron el proyecto emancipador criollo las clases populares, como sabidas del escaso beneficio que podía reportarlas o del perjuicio que a la postre les ocasionaría. Su participación en la lucha fue muchas veces forzada y, en algunos lugares, sirvieron indistintamente bajo las banderas de ambos bandos. En otros, como en Centroamérica, donde la Independencia revistió características de acto académico, su participación no pasó de ser de simples espectadores, algunas veces bulliciosos, pero cuyo entusiasmo era estimulado por los criollos. Los representantes de las capas medias ilustradas abrigaron propósitos más desinteresados y algunos de ellos, como consecuencia de un racionalismo un poco ingenuo, honestamente creían en la posibilidad de mejorar la suerte del pueblo mediante nuevas leyes o cambios en el sistema político, pero son que se les ocurriera afectar lo fundamental de la estructura económica y social.
Entre ellos se reclutaban los idealistas, cuyos encendidos discursos se hicieron oír en los debates de los textos constitucionales de las nuevas repúblicas. En estos ejercicios se distinguieron los egresados de las aulas universitarias, que trasladaban a las legislaturas las preocupaciones ideológicas del aula a fin de ponerlas en práctica, traducidas en constituciones y leyes. Su afán de copiar algunas instituciones democráticas, trasplantadas de otros medios, se estrellaba contra la dura realidad de las estructuras intocables, disimuladas con nuevas vestiduras.
La admiración por los principios proclamados por las revoluciones francesa y norteamericana, así como la pasión de los sectores ilustrados por las concepciones filosóficas europeas, entonces en boga, revela la alienación ideológica que padecían y su incapacidad para crear un mensaje propio, accesible a las masas. De ahí también la ausencia de arraigo popular, que antes mencionamos, de los pronunciamientos de las clases letradas, cuyo mensaje iluminista resultaba esotérico para las clases inferiores.
Un gran general de la aristocracia montuna de Caracas, Simón Bolívar, escribe Antonio García, salvó el movimiento independiente, al transformar el alzamiento político de la aristocracia en una guerra de liberación social, llevando a la masa de campesinos, mitayos, obrajeros, menestrales, artesanos, peones, siervos y esclavos, un mensaje comprensible y suyo: el de la abolición de la esclavitud y de las obligaciones serviles, el del arrasamiento de las alcabalas y de la tributación personal sobre los indios, el de la extinción de los estancos y del absolutismo fiscal, el de la redistribución de la tierra o el de consagración de la libertad de siembras y comercio. Esta maniobra estratégica desdobló la revolución política en una revolución social, transformando radicalmente el carácter de la guerra: pero aún antes de iniciarse la vida formal de la Primera República, se había rehecho el poder de las antiguas clases terratenientes y se había frustrado el proceso de esa revolución social.
No podemos poner en duda los altos propósitos que sustentaban los próceres, sin embargo, la distancia entre el ideal político y la realidad social, no siempre bien comprendida por ellos, les condujo a la más completa frustración, ante su incapacidad para romper “el tejido y la contextura social de las colonias”. “Bolívar, símbolo y cifra de la aurora americana, dejará los más rotundos testimonios de tan encontrados sentires: Me ruborizo al decirlo: la independencia es el único bien que hemos adquirido a costa de los demás…“La influencia de la civilización: produce una indigestión en nuestros espíritus que no tienen bastantes fuerzas para masticar el alimento nutritivo de la libertad”.
Al concluir las guerras emancipadoras y ante la necesidad de estructurar las sociedades nacionales, los fundadores volvieron sus ojos a Europa, principalmente a Francia, y a los recién creados Estados Unidos, en busca de modelos que les permitieran sustituir, al menos formalmente, el colonial. Por otro lado, la aspiración básica de los criollos, cual era ampliar sus relaciones comerciales con Europa y de manera especial con Inglaterra, que estimuló sus inquietudes independentistas para asegurar un mercado a su pujante industria, vino a reforzar la situación dependiente de las sociedades latinoamericanas, configurándolas como sociedades agroexportadoras, cuyo desarrollo se orienta “hacia afuera”, al servicio de la nueva metrópoli, a la que provee de productos primarios baratos, a cambio de manufacturas caras. Y es que en la mente criolla, la Independencia política no involucraba necesariamente la independencia económica; por el contrario, los criollos se afanaron en vigorizar los lazos con las nuevas metrópolis, sobre la base de una relación organizada de dependencia, que hizo ilusoria la Independencia política e incrementó la condición colonial de estas sociedades.
La adopción del modelo napoleónico.
El hecho de que la Independencia no haya producido la ruptura del orden colonial, perdiéndose así para las sociedades latinoamericanas la oportunidad de llevar a cabo una auténtica revolución social, no significa que ideas revolucionarias no hayan circulado entre las capas letradas de esas sociedades ni que las mismas no hayan sido elocuentemente proclamadas. Vimos ya que la contradicción entre ideales y realidad es una constante latinoamericana, desde la oposición entre las declaraciones contenidas en las leyes de Indias y su falta de acatamiento por gobernadores y encomenderos, pese a sus protestas de obediencia. La ideología revolucionaria provenía de la Ilustración francesa, de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y de la Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución de 1789. La Ilustración francesa había llegado a tierras americanas, primero, en su versión borbónica española y, luego, directamente. La Independencia abrió totalmente la puerta a la influencia de la cultura francesa, que por entonces representaba la vanguardia del pensamiento de la humanidad, y cuya culminación, en esa época, era el positivismo de Augusto Comte.
El iluminismo, y luego el positivismo, fueron el alma del liberalismo criollo, más político que especulativo, que encontró su primer gran foro en las mismas Cortes de Cádiz y luego en todos los Congresos constituyentes americanos.
Dentro de este panorama de admiración exaltada por la Ilustración francesa, no debe extrañarnos la escogencia que del modelo napoleónico hizo la República, cuando se trató de reformar la Universidad colonial. Pero veamos antes que había sucedido a las augustas Casas de estudio.
Anteriormente dijimos que las luchas por la Independencia, en general, no afectaron la “vida lánguida de las decadencias sin blasones” que estas instituciones llevaron en las postrimerías del régimen colonial. Como corporación, estuvieron al margen del movimiento aun cuando la Ilustración, que logró acceso a las aulas de varias de ellas, contribuyó a formar la conciencia independentista de algunos próceres, principalmente de los que provenían de las capas medias. Salvo aquéllas que revitalizaron su enseñanza, a raíz de la introducción del método experimental, las demás permanecieron fieles a un escolasticismo esclerosado, que nada nuevo podía aportar al conocimiento. De ahí que la investigación abandonara aquellas aulas, plenas de silogismos, y buscara albergue en las nuevas academias, de donde surgirá lo que se ha dado en llamar la “ciencia americana”. Este momento sella el destino de las Universidades coloniales, pues el emigrar de ellas la ciencia su suerte está definida: la República no hará más que certificar su defunción.
En vez de buscar la renovación de los estudios por la brecha abierta por los sabios americanos, que constituía una respuesta original y hubiese conducido al arraigo de la investigación científica entre nosotros, la República, tras las pugnas entre liberales y conservadores por el dominio de la Universidad que tuvo lugar inmediatamente después de la Independencia, no encontró mejor cosa que hacer con la Universidad colonial que sustituirla por un esquema importado, el de la Universidad francesa, ideado por Napoleón, tan a tono con el momento que se vivía de asombro ante todo lo que de Francia provenía. Si la temprana fundación de universidades en nuestro continente conllevaba la intención de un “traspaso cultural”, la adopción del esquema universitario francés significó un “préstamo cultural”. En ambos casos, la respuesta careció de autenticidad, por lo mismo que no brotó de las entrañas mismas de la realidad americana ni correspondió a sus necesidades.
La imitación, el calco de la Universidad francesa, fue el camino escogido por la República para nacionalizar y modernizar las antiguas Universidades coloniales, consideradas como vestigios medievales. A su vez, la Universidad francesa acababa de experimentar profundos cambios, bajo la égida de Napoleón y los ideales educativos politécnicos que éste propició. La concepción universitaria napoleónica se caracteriza por el énfasis profesionalista, la desarticulación de la enseñanza y la sustitución de la Universidad por una suma de escuelas profesionales, así como la sustitución de la investigación científica, que deja de ser tarea universitaria y pasa a otras instituciones (Academias e Institutos). La Universidad se somete a la tutela y guía del Estado, a cuyo servicio debe consagrar sus esfuerzos mediante la preparación de los profesionales requeridos por la administración pública y la atención de las necesidades sociales primordiales. Su misión es, por consiguiente, proveer adiestramiento cultural y profesional a la élite burguesa, imprimiéndole a la vez, un particular sello intelectual: promover la unidad y estabilidad política del Estado.
La adopción de este esquema, producto de circunstancias socioeconómicas y políticas muy distintas de las que caracterizaban a las nacientes sociedades nacionales latinoamericanas, no podía redundar sino en perjuicio para el progreso de la ciencia y la cultura en estas latitudes. En primer lugar, destruyó el concepto mismo de Universidad, desde luego que la nueva institución no pasó de ser más que una agencia correlacionadora de facultades profesionales aisladas. En segundo término, hizo aún más difícil el arraigo de la ciencia en nuestros países, desde luego que el énfasis profesionalista postergó el interés por la ciencia misma. La Universidad ofreció oportunidades para estudiar una serie de carreras técnicas nuevas, que seguramente América Latina necesitaba, pero no contempló, como consecuencia de la matriz adoptada, la posibilidad de cultivar las ciencias en sí mismas, aparte de sus aplicaciones profesionales inmediatas. Por muchas décadas, en América Latina fue posible estudiar Ingeniería Civil, Medicina o Farmacia, más no Matemáticas, Biología o Química. Sin duda, la Universidad latinoamericana que surgió del injerto napoleónico produjo los profesionales requeridos para las necesidades sociales más perentorias. A ellos correspondió completar la organización de las nuevas repúblicas y promover su progreso. Pero aún estos profesionales, cuyo número y calidad jamás correspondió a las necesidades generales de la sociedad, fueron por defecto de formación, profesionistas, quizás hábiles, más no universitarios en el sentido completo de la palabra.
La burocratización de la universidad y su supeditación al Estado, acabó también con la menguada autonomía que hasta entonces habían disfrutado las universidades. La autonomía no era compatible con la idea de la Universidad como “expresión del espíritu nacional”, según la concebían los teóricos republicanos. Se imponía, pues, su identificación con el Estado, para que realmente constituyera el alma de la nueva nacionalidad y de la sociedad, más democrática y justa, que debía reemplazar a la colonial.
La investigación científica corrió aun peor suerte, pues en América Latina no se crearon o no prosperaron las academias e institutos que en Francia asumieron la tarea de promover el adelanto del conocimiento. Como consecuencia, la ciencia en América Latina ha estado prácticamente así ausente del quehacer universitario, cuya preocupación fundamental ha sido hasta ahora la enseñanza de unas cuantas profesiones liberales. Y esta situación se produce en medio de los más encendidos elogios para la ciencia y su importancia para lograr “la felicidad y bienestar de los pueblos”. El afán modernista no pasó, en cuanto a la ciencia, de estas manifestaciones retóricas.
El autor es educador, académico, escritor y diplomático, fue rector universitario.