Sombras y luces de la democracia estadounidense

Donald Trump está pasando a la historia no solo como el cuadragésimo quinto (45º) presidente de Estados Unidos (EE.UU.), sino también, y sobre todo, como el primer expresidente acusado judicialmente por una causa de naturaleza penal.

Por donde se le mire, e independientemente de cómo termine, este caso es una vergüenza para EE.UU. No para su democracia, que es un sistema de gobierno fundado en valores virtuosos inmutables, sino para su clase política, y para sus ciudadanos que por su propia voluntad tienen líderes como Trump, tan popular que podría ser de nuevo presidente de ese gran país.

 Escándalos como este parecieran dar la razón a los líderes de las potencias autocráticas de China, Rusia e Irán, y sus aliados e imitadores, de que  EE.UU. es un país en decadencia política y moral y su democracia está en proceso de putrefacción.

 Porque no es solo la acusación penal contra el expresidente Trump, y otras imputaciones públicas que se le hacen por actitudes y hechos bochornosos. En EE.UU. ocurren situaciones inadmisibles en un país civilizado, como son los tiroteos en las escuelas con asesinatos colectivos de niños y maestras; la falta de voluntad política y legal para controlar las armas, inclusive de guerra, que adquieren libremente las personas que quieren tenerlas y usarlas.

Esta y otras lacras de la democracia estadounidense son consecuencia de libertades mal entendidas, como la que permite el armamentismo de personas particulares, incluso con artefactos bélicos que causan mortalidad masiva,  mientras se restringen derechos de interés social como, por ejemplo, el acceso de la gente con menos recursos a los servicios de salud.

 Situaciones como esa oscurecen y empequeñecen la democracia estadounidense, cuyos líderes siempre se han enorgullecido de que es un ejemplo para el mundo. Y que tal es la razón por la cual la mayor parte de la gente ha emigrado y sigue emigrando de todas partes del mundo, en busca de una mejor vida personal y familiar, van a EE.UU. y no a países donde no existe la democracia, como Rusia, China, Irán, Cuba y otros de la misma especie.

 Los sistemas políticos de estos países no permiten libertades a su propia gente, no respetan los derechos humanos de las personas que no son parte de las camarillas gubernamentales. De manera que a nadie con uso de razón se le ocurre emigrar hacia países como Rusia, China o Cuba.

Tampoco allí es posible que algún encumbrado miembro de la clase dirigente sea acusado ante los tribunales y encarcelado, eso solo ocurre por las purgas políticas en la permanente lucha interna por las cuotas de poder.

De la democracia estadounidense se puede decir que así como hay en ella episodios oscuros y bochornosos, como el del expresidente Trump, también es brillante y ejemplar el hecho de que nadie está encima de la ley. Y en el caso del armamentismo social y los tiroteos mortales, se discute y cuestiona libremente y es tema de las campañas electorales. Y si ganan los defensores de las armas es porque así lo deciden los ciudadanos con sus  votos.

Además, la democracia imperfecta de Estados Unidos —y de cualquier otro país del mundo— es perfectible, siempre se puede mejorar. Lo cual no se puede decir de la dictadura, el autoritarismo o la autocracia, que en el fondo vienen a ser  lo mismo. No existe algo así como una dictadura democrática. La dictadura solo puede ser sustituida con la democracia, ya sea que se haga de manera súbita o de manera gradual y pactada.

En la democracia, a pesar de todos los defectos de las personas que la gestionan, se respetan los derechos humanos, hay elecciones libres, se cambian los gobiernos pacíficamente, se respeta la libre iniciativa y el sistema está sometido a la crítica y la autocrítica permanente, precisamente para mejorarla continuamente.

A eso se debe la vitalidad permanente de la democracia, mientras no se invente un mejor sistema de vida y de gobierno.

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